Luis viaja en guagua, en trenes, en carretones; Luis viaja de un pueblo a otro, como si los pueblos fuesen las baldosas del piso de su casa y él las saltara en juego y en serio. Son sus manos dos periódicos, dos diarios que reflejan su vida, la vida de todos.
Él va siempre activo, juvenil, tiene más de ocho décadas y aún mantiene el vaivén de cuando visitara la playa, de cuando corrió detrás de una muchacha, de cuando vendió periódicos la primera vez.
Luis los vende, los pregona en las calles de Caibarién, de Remedios, indaga en la puerta de cada casa por potenciales compradores, seres que igual leen periódicos viejos y nuevos, papeles que dan la sensación de vaivén, de salto de una baldosa a otra.
Conocí a Luis cuando niño, yo estaba en la esquina y jugábamos a identificar personas del pueblo. Él venía y vio cómo un amigo mío lo imitaba. Nos quedamos allí, asustados, él sonrió y se fue calle abajo con el manojo de periódicos.
Aprendí a leer la prensa gracias a Luis, eso fue unos años después. También decidí ser periodista con aquellos papeles revueltos por toda la casa, con el semanario Orbe y las secciones de cine, de crítica, de crónicas, días enteros que pasé leyendo.
Luis fue mi maestro y él no lo sabe.
Hace unos dos años le confirieron el título de Hijo Ilustre de Remedios, pues nació en la calle de El Carmen, en el mismo corazón de la ciudad a la que siempre regresa (vive en Caibarién desde mucho tiempo). Luis no sabe nada de títulos, o no le interesa saber. Sí le gusta que lo llamen remediano, que le palmoteen la espalda cuando anda las callejas enrevesadas de la villa, cuando pregona los periódicos viejos con su voz siempre nueva. Es un promotor, un alma, es un sujeto único y lírico, es una vida que no terminará.
Luis es hijo ilustre, él prefiere ser solo hijo. Una vez me llamó en una calle de Caibarién, trajo un radio y sintonizó la emisora que transmitía una novela basada en la historia de Remedios. Lo vi radiante con la leyenda del güije y los demonios, con los sonidos de los fantasmas de todas las calles que ahora salían al mundo, para que su villa se oyese en los confines, para que fuese más bella y misteriosa.
Luis sigue viajando de un pueblo a otro, sus saltos traspasan el tiempo, su juventud se nutre de la eternidad de su villa, el rostro le resplandece cuando alguien le compra un periódico o cuando explota un volador de sus amadas parrandas.
Recordaré al hombre del periódico así, con la timidez con que recibió su título de Hijo Ilustre, con el entusiasmo con que siempre impulsó aquellos viajes a Bejucal para ver las Charangas, primas hermanas de las fiestas mayores de Remedios.
Luis viaja en guagua y camina las dos ciudades de una punta a la otra, las ama, hombres como él les dan sentido a los sitios, significan un hito en la pertenencia.
Luis viaja y mientras lo hace salta las baldosas de un juego infantil, donde prima la ternura y nace lo eterno.




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Orlando dijo:
1
12 de febrero de 2016
08:02:00
jp dijo:
2
12 de febrero de 2016
16:14:08
francisco dijo:
3
16 de febrero de 2016
13:53:50
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