ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Cuenta la historia que un hombre, ante los recurrentes derrames de comida del anciano padre al sentarse a la mesa, le hizo a este una rústica vasija, consistente en un fragmento de madera ahuecado para que comiera aparte y sin verter los nutrientes, a fuerza del temblor constante que se apoderaba de sus longevas manos.

Su pequeño hijo, al verle actuar así con el abuelo, quiso adelantársele al tiempo y propinarle a su progenitor una in­deleble lección, y comenzó a zanjar el interior de un trozo de árbol. El padre, impactado, inquiere por la razón de su proceder, a lo que el infante responde: “es para ti, papá, cuando seas viejo”.

Si bien la moraleja visualiza perfectamente el porqué “los niños hacen más lo que ven hacer que lo que le dicen que haga”, hay más por aprender de esta supuesta historia infantil. Al encuadre del problema, subyace una realidad no menos acuciante: la del (mal) trato a los ancianos y el (ir) respeto a los años.

De ese binomio —irrespeto-maltrato— se desprenden mu­chos análisis y aún más detonantes de los que se pueden identificar a priori, y también, diferentes aristas y expresiones de un mal común. Acercarse al tema impone desafíos a corto plazo y respuestas desde la sensibilidad y el tacto, especialmente en una Cuba inclusiva, que ve entre los menos espigados y los más vetustos no una brecha generacional irreconciliable, sino una alianza por el mañana de un país y una ca­rrera de relevo por la memoria histórica de una cultura.

Cuántas veces, al interior de la familia, su­bestimamos el criterio de los más experimentados, sea por puro capricho, o por asirnos a una rebeldía sin causa, pero sí con efectos invaluables en quienes herimos. En el peor de los casos, están los que pretenden esquivar o anular la sabiduría que llega con la ex­periencia, por los bajos ingresos de los adultos mayores, y limitan su aporte a la dinámica familiar a una matriz económica.

Cuántas veces en nuestro centro de trabajo, damos “doble clic” a sátiras sin lugar, ante el criterio de los más experimentados, por simple inmadurez y creer que sus palabras pecan de anticuadas o que a los veinte y tantos años “nos las sabemos todas”.

Otras dimensiones del problema apuntan al acorralamiento, al restringirle las fronteras físicas y virtuales del espacio a su privacidad. También, a una tendencia peligrosa a ignorar la valía de los años cuando, contrario a la mitología popular, la vejez no es la cárcel del cuerpo, sino el estadio superior de la liberación del espíritu; emancipación que se entiende como despojo de ataduras y una capacidad de empatía que madura con los años.

Tal vez eso es lo que falta: empatía, a tenor de un corto andar por la vida, para darles la atención y el respeto que sus arrugas merecen.

Invisibilizarlos, minimizar o ignorar sus ne­cesidades, sería desconocer hacia dónde va­mos y, con ello, estaríamos renunciando a buena parte de lo que somos.

La vida, su goce, no acaba cuando empieza a correr el calendario de los sesenta. Es, simplemente, una nueva fase. Hay muchos cuerpos jóvenes atrapados en almas viejas y muchas almas mozas viviendo en cuerpos veteranos. Hay, sobre todo, muchos mitos que destejer y un imaginario popular que desmontar al respecto. Y es que la sexualidad a esos años no es ridícula, como tampoco lo es idealizar, soñar un futuro, hacer planes, aventurarse a nuevos proyectos y a nuevas facetas. Asumir ciertos riesgos.

Pero ello implica desafíos tanto para longevos como para quienes les rodean. A los primeros corresponde hacer que respeten sus derechos; a nosotros, respetarlos. Y eso exige de una respuesta desde la cultura, más que de la jurisprudencia.

Se necesita romper con el aburrido y simplificador este-reotipo de reservarles a los abuelos un rinconcito baldío y soso en las de­cisiones de la familia, y con la práctica re­petida de imponerle nuestras necesidades y supeditar sus planes a los nuestros.

El alto índice de envejecimiento de la po­blación cubana, de­viene pues, reto mayor a la mesura y al reconocimiento de una ge­neración que, lejos de representar estrictamente al pasado, es pilar del presente y condición inalienable de nuestro futuro.

Entendámoslo así y dejémonos llevar por la letra de una canción italiana que invita a descubrir —y sentir— los secretos y la sa­piencia que esconden una piel arrugada y un gran pecho dentro del ánima, o “las manos que ahora tiemblan porque (simplemente) el viento sopla con más fuerza”.

Ya lo dijo el cineasta sueco, Ingmar Ber­g­man: “envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre”. Ya lo estampó para siempre Martí: “la ancianidad es sublimemente sintética. Habla como los pueblos antiguos, en frases cortas, con grandes palabras”.

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.

Luis Manuel Martínez Martínmez dijo:

31

5 de noviembre de 2015

08:18:43


Hola sheila muy bueno tu artículo excelente ojalá que muchos lo lean y lo tomen en práctica saludos atentamente Luis Manuel Martínez de Consolación del Sur

Rolando Dornes dijo:

32

12 de noviembre de 2015

03:38:19


Aunque en muchas ocasiones no estemos de acuerdo con nuestros padres, el respeto debe existir siempre, nada de gritarles, ofenderles, dejarle de hablar, sentir que son un estorbo, pues algún seremos nosotros los viejos, y vamos a querer que nos traten bien y nos entiendan.

ketty dijo:

33

17 de noviembre de 2015

17:06:01


Quien pudiera llegar a esa edad, como no cuidarlos, recuerdo cuando dabamos a asignatura educacion formal que maravilla que falta hace en estos tiempos, digo este comentario porque cabe en este blok. Presiamente el sabado me dirijia al cerro con mi mami de 82 años como no tengo carro me traslade en el carro grande que utiliza casi el 90% de la poblacion el llamado P primeramente hice la travesia desde mi lugar de residencia hasta cerro y boyeros de pie con mi mami porque no hubo ni mujer ni hombre que cedieran el haciento muchos hasta bajaban la cabeza, seguimos, al momento de apearse tampoco hubo una mano para cederle a mi vijita como apoyo para no caerse , hasta cuando estaremos hablando de ser amables con las personas y mas con los niños y ancianos, esas cosas aunque no lo crean es maltratar, nunca pensamos que esa persona pudiera ser mas tarde uno mismo, o un familiar de uno, cuando estas cosas pasan me averguenzo, me duele en lo mas profundo, porque somos un pis que desde los primero momnto de la vida nos enseñan buenos modales y les brindamos a otros pueblos nuestra ayuda