ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Todos se habían percatado. Se levantaba más temprano. Se arreglaba con mayor frecuencia y lo hacía con esmero.

Sucedió por casualidad, un día en que a la casa de los abuelos llegó una nueva invitada. Le gustaba su pelo, la manera en la que se acomodaba la saya, y el arqueo de sus cejas. Debe haberlo aprendido hace muchos años, pensó, para conquistar a los hombres, y no pudo contener una pícara sonrisa.

Ella estaba encantada con la idea de conocer gente nueva. Venía urgida de participar en aquellas actividades que le habían comentado sus amigas. Lo vio, pero ignoró su presencia en un primer momento, que ella no era una adolescente, y bien había aprendido en su momento a no dejarse llevar por la primera insinuación de aquel que la pretendía.

El tiempo pasó. Las miradas cada vez se hicieron más intensas. Ella había incorporado a su atuendo un abanico. Sabe coquetear, constató él. El acercamiento se hizo inminente, y se aventuró al saludo.

A partir de ese momento no pudo prescindir más del olor de su pelo, las curvas de su saya, y el cautivador arqueo de las cejas. Y ella, aunque sabía disimularlo bien, tampoco pudo contener el deseo de conocer cuáles eran las intenciones de un señor de tan buen porte.

Por fin descubrieron las razones del presumido abuelo. Estaba enamorado. Falta que le hacía —dijeron a escondidas en reunión familiar—. Cuando la abuela dejó de estar entre ellos, él se sumió en la tristeza, y pasaba horas sentado en el sillón sin otra diversión que sus nietos, quienes con el paso de los años permanecían menos tiempo junto a él.

A ella sin embargo, el asunto no se le hizo tan fácil. Que su familia entendiera de la existencia del pretendiente y su interés por visitarla en casa, fue mucho más complicado. Abuela se ha vuelto loca, ¿quién dice que es-tos son años para andar romanceando?, dijeron los ilusos.

Por eso la relación entre el abuelo y la abuela comenzó como esos amores prohibidos: de testigo los parques, y cada uno de los detalles que fueron haciendo suyos, en el meticuloso arte del enamoramiento.

No pasó mucho tiempo antes de que ella terminara por conocer a un hombre inteligente y maduro. Los años no habían pasado por gusto. La historia de una vida dura pero armónica en la que construyó una sólida familia, le había enseñado las lecciones suficientes para hacer de ella su mayor confidente y compañera.

Tampoco a él le demoró el encanto para quedar prendido, quién se lo diría, en las profundas conversaciones de una mujer, que amaba la música y el arte en general, quien siempre llevaba consigo un libro, porque, según ella, podía encontrar la felicidad que pocas veces tenía en la imperfecta e inacabada vida real.

Ella le hablaba de sus poetas preferidos, y disfrutaba su rostro desconcertado. Llegó a pensar que si lo hubiera conocido en otro tiempo, no le perdonaría la inopia, pero con los años viene también la tolerancia, y definitivamente ya era demasiado tarde; se había despertado en ella un extraño cariño por el abuelo, comparable solo con aquellos amores de juventud, cargados de tanta inocencia.

Pero tenía que vivir con el hecho de la oposición de su familia a aquello que iba a hacerle feliz los últimos años de su vida. No obstante, la negativa tenía una importancia ínfima, ante las historias que quedaban por contarse, todos esos secretos que se resguardan en las desteñidas canas blancas y las delineadas arrugas de los abuelos.

Tuvo que pasar el tiempo. La familia terminó por comprender que a ella le sentaba bien aquel amor oculto, el baile de salón al que asistió la semana pasada, el libro autografiado por su autor, las salidas a hurtadillas hasta el parque más cercano, y cada una de las miradas alentadoras cuando el teléfono sonaba justamente a las diez. Parecía como si una nueva adolescente hubiera en casa. ¿Y quién podría decir que no? Si según la abuela, el amor le termina devolviendo a uno esa pasión por la vida.

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Gonzalo Hernández dijo:

1

15 de marzo de 2014

22:43:39


La vida es una. Y el derecho -honesto, serio, responsible- de vivirla según su propia decision, es inalienable. Nadie, familia, amigos o autoridad, tiene derecho alguno a interferer.