ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Si la semilla del amor no fue sembrada en los hijos durante su niñez y cuidada en la adolescencia, no germinará en bondades una vez que levanten el vuelo.
Saldrán al mundo, conocerán de éxitos y reveses, querrán labrarse su propia realidad. Esa libertad para actuar no será obstáculo, pues, de haberse forjado en sus mentes el aprecio por la vida en familia, pondrán oído a favorables consejos, amén de que, al final, escojan por sí solos su derrotero.
En ocasiones escuchamos afiladas críticas a una supuesta despreocupación de algunos hijos por sus padres, incluso, los catalogan de ingratos porque pocas veces los ven visitar a "los viejos" para ponerse al tanto de su salud y ofrecerles calor.
Para los que prescinden de las vivencias de cómo los progenitores asumieron la crianza de sus niñas y niños hoy adultos, es arriesgado opinar sin poseer elementos de juicio provenientes de cada parte puestos sobre la balanza. Esa aludida desestimación bien pudiera aflorar como la reacción de quienes sintieron que uno, o tal vez sus dos seres más queridos, permanecieron en la periferia afectiva cuando ellos precisaban de una formación.
Sin embargo, siempre hay hijos que, en una entrega desinteresada y enaltecedora —desprovistos de rencores o resentimientos por no haber sido cobijados como merecían— les dedican todo el tiempo del mundo a la atención, sin distinciones, de cualquier familiar necesitado en su vejez.
Durante el disfrute de la juventud, quizás pocos reparen en que algún día avanzarán hasta la tercera edad. El paso del tiempo abre el camino a la reflexión y al convencimiento de que llegada esa etapa resulta lógico esperar por una recompensa en amor consecuente con lo aportado a la descendencia en décadas pasadas.
Es imposible apretar en pocas líneas las disímiles situaciones presentes en el devenir de las relaciones humanas, lo cual no impide comentar sobre otras más que se dan en el hogar.
Hoy en nuestra sociedad existen padres que intentan llenar con ofrecimientos materiales el vacío dejado por ellos mismos —a partir de sus conductas permisivas— en la formación de los hijos.
Aun cuando aquellos suelen ser cariñosos, expresan una marcada tendencia a la sobreprotección que les cercena su autoridad; así la educación moral y las justas valoraciones para estimular las buenas acciones, quedan relegadas.
Pongamos, por ejemplo, al estudiante que recibe un premio (un equipo de video, una computadora, etc.) a pesar de sus bajas calificaciones en el estudio. Como ya se acostumbró a que le regalen algo al final del curso, si no le cumplen, vendrá la exigencia arropada en la inmodestia y la inmadurez. A esos muchachos en no pocas oportunidades sus padres también les hacen las tareas de la escuela, quitándose de encima lo más rápido posible el cargante asunto, sin pensar en que de ese modo no contribuyen a crear la imprescindible responsabilidad en el joven.
El diálogo sobre cualquier tema, por muy simple que parezca; la disciplina y el cumplimiento de los deberes, no han de sustituirse por la rebeldía e incompatibilidad con la familia. Ese impedimento para llevar adelante juntos cualquier encomienda no lo resolverá la sumisión de los mayores para quedar bien, ni tampoco una actitud autoritaria al manifestar sus criterios.
De no existir una fraternal interacción, no habrá consenso entre padres e hijos y, sería triste para aquellos, saber que le estarían pidiendo peras al olmo.

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