ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

No son exclusivas de nuestro entorno —pueden observarse en diversas latitudes y periodos históricos—, pero su incidencia en proyectos de superación colectiva, éticamente signados por el afán de mejoramiento humano en todos los órdenes, como es el nuestro, retrasa y lacera el compromiso de quienes están convencidos de la importancia del factor subjetivo en el cumplimiento de planes, programas y aspiraciones.
Desde el humor, con fino escalpelo, Héctor Zumbado, en aquellas deliciosas estampas que entregó a Juventud Rebelde décadas atrás, describió a dos especímenes que sobreviven en la actualidad y a los cuales hay que negarles oxígeno para que se reproduzcan: el sinflictivo y el majá dinámico.
Ingenio aparte, Zumbado hablaba muy en serio. Como muy serias son las implicaciones de esos que no quieren buscarse problemas, que todo les parece bien, que se dejan llevar por la corriente —sinflictivismo es apatía, inercia, acomodamiento, falta de combatividad—, y se muestran ante sus semejantes como la imagen inmaculada del buen proceder.
Gente así carecen de auténtico compromiso y pueden incitar por reflejo a la desmovilización cuando se trata de romper esquemas y dinamitar rutinas a la hora de poner en práctica medidas e iniciativas laborales y productivas o de acometer experiencias impostergables.
Lo peor es que detrás de esa apariencia, no pocas veces se enmascara la simulación. Ante los ojos del colectivo actúan como si todo anduviera sobre ruedas, mientras que en círculos íntimos contaminan opiniones y pareceres con el virus del desaliento o el de la permisividad. Cuántas veces no los hemos escuchado decir: "Esto no hay quien lo arregle... ".
El majá dinámico también es un simulador por excelencia. Expansivo, extrovertido, hace como que hace mucho y nada hace. Se ufana por forjarse y transmitir la estampa del entusiasmo, la consagración, la imprescindibilidad. Pero solo es mera estampa. Es como el jugador que corre por toda la cancha pero no concreta porque eso no es lo suyo, nunca lo pretendió ni se lo impuso a sí mismo como principio. En el fondo, y hasta en la superficie, no le gusta trabajar.
Si es de los que tiene por ocupación realizar trámites o gestiones, va una y otra vez a este o aquel lugar sin despejar el asunto ni resolver el problema, pero cuando se ausculta en qué invierte viajes y tiempo se verá que sus asuntos y problemas personales sí están resueltos.
Otra aguda observación zumbadiana gana crédito en esta época: el ejercicio de la harakrítica. Conjugaba en su solo término la ancestral práctica japonesa del suicidio mediante el vaciamiento de las entrañas con una espada y la autocrítica. Obviamente, el harakrítico no responde ni a los códigos del honor ni a la auténtica y revolucionaria autocrítica, sino a la táctica de poner el parche antes de que se haga visible la fístula.
Se advierte lamentablemente esa actitud en ciertos individuos con responsabilidades en la base o a niveles intermedios que deben responder ante otros —sean superiores o subordinados— por la ejecución de una tarea. Apelan entonces de manera recurrente a la autoflagelación, rasgan sus vestiduras, juran y perjuran que eso no volverá a pasar, que están en estudio —siempre en abstracto— medidas para evitarlo, y deslizan, si pueden, señales para que la irresponsabilidad sea compartida o al menos justificada y comprendida. Todo porque la harakrítica no se sustenta en la sinceridad sino, al igual que otras actitudes descritas, en la simulación.
Si queremos que sinflictivos, majaes dinámicos y harakríticos sean espectros del pasado, cojamos lucha, sin tremendismo pero con firmeza, para limpiar nuestro camino de obstáculos.

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