ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

La vida, el interés por las cosas bellas, los momentos agradables, no terminan con la llegada a la tercera edad. Varían las artes y mañas para asumir esa realidad, cuando es preciso hallarle aristas positivas a la existencia en aras de sentirse útil, sin renegar ante la gradual disminución de la versatilidad de la mente y el cuerpo.
El paso inicial para encontrar acomodo en el inminente devenir, es aceptar el cambio, por ejemplo, al estilo de aquellos veteranos eternamente jóvenes, orgullosos y convencidos de que cada edad posee su en-canto.
Si los más activos de la familia tienen plena conciencia de su rol, han de considerar que los abuelos no son muebles en desuso a los que se les arrincona y mucho menos se les niega opinar sobre cualquier tema, solo porque ya no poseen las mismas condiciones para aportar como en el pasado. Es injusto condenarlos a que se conviertan en simples mandaderos velando por cuanto producto llegue a la bodega, o limitarlos a cuidar de los menores para que sus padres salgan a disfrutar de una fiesta.
Mientras el envejecimiento gana terreno en Cuba, ello nos exige aumentar los puntos de apoyo que los descendientes debemos propiciar a quienes contribuyeron, desinteresadamente, con nuestra formación como hombres y mujeres, y hoy continúan esa bella obra amantes de los nietos.
La preocupación por mantenerlos saludables —en primer lugar correspondiente a la familia— ha de perdurar, con independencia de que la Revolución pone especial énfasis en mejorar las condiciones de los Hogares del Adulto Mayor, en los Círculos de Abuelos y continuará incrementando las garantías para las personas de la tercera edad.
Gracias a las instituciones antes mencionadas, a los programas de salud y al constante hincapié en que se ejerciten para elevar la calidad de vida, hoy muchos abuelos entran en su séptima, octava o novena década de vida con capacidad para valerse por sí mismos, dispuestos a departir en el hogar y con los vecinos del barrio. En cualquier lugar de la Isla donde residen, se convierten en un símbolo para la comunidad, son dignos de admiración y respeto.
CUIDAR AL CUIDADOR
También la realidad nos coloca ante el caso de un familiar urgido de ayuda para satisfacer sus necesidades y requiere de las atenciones de un cuidador. Este, más allá de los sinsabores, en reiteradas oportunidades descubre en sí mismo cualidades que nunca imaginó poseer.
Intensa es la experiencia, transitar por ella suma vivencias que pueden insuflar aliento y enriquecer el espíritu de otros de igual manera responsabilizados con la vida de una persona mayor apremiada de una asistencia especial.
El diario quehacer de alguien dedicado a velar por un ser querido acusará cambios sustanciales, situaciones para las que deberá prepararse, al variar sus relaciones con el resto de la familia y sus amistades, ver afectadas la posibilidad de trabajar y su economía, además de reducírsele el tiempo libre.
La sobrecarga abrirá paso a la aparición del llamado síndrome del cuidador (agotamiento, trastorno del sueño, irritabilidad, ansiedad, cefaleas, sentimiento de tristeza). Por ello —de existir las condiciones— conviene asumir la faena entre varios integrantes de la familia, para aliviar el peso físico y síquico.
A contrapelo de los anteriores riesgos prevalecerá la convicción de por qué se afronta tal responsabilidad. Ello reconforta y da fuerzas para no claudicar en el deber de retribuir con el esfuerzo la entrega de los abuelos, pues los empeños por atenderlos como merecen no se comparan con lo que hicieron por nosotros, incluso, desde antes de haber nacido.

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