ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Mostrar una fina sintonía entre pensar y actuar redunda en prosperidad. A contracorriente con esos dos verbos, aún existen quienes, por ejemplo, para elogiar a un niño, sonríen ante sus padres descargando el énfasis en una sentencia antediluviana, no siempre expresada sinceramente: ¡qué gordito y lindo se ve!
La frase cliché salta a contrapelo de la realidad en estos tiempos, cuando los médicos insisten en que la gordura no es confirmación de salud, sino sinónimo de posibles trastornos como la obesidad y la hipertensión arterial, reportados, incluso, desde la niñez.
Mirarse por dentro a menudo es acertada práctica para mantener un mesurado talante. Ese ejercicio —a manera de soliloquio— previene las calenturas causantes del desequilibrio entre lo que aspiramos a ser (teniendo en cuenta hasta dónde ascienden nuestras posibilidades) y la imagen real reflejada ante quienes nos circundan.
¿Estamos satisfechos con lo que somos, concuerda lo logrado de cara a las expectativas de vida planteadas? ¿Aportamos a la familia, al trabajo, al estudio, a las relaciones interpersonales todo lo que esperan de nosotros? Sin obviar las razones que pueden brindar en su análisis quienes nos conocen en el constante día a día, el momento idóneo para la autoevaluación certera es aquel concedido a esa introspección que valida el axioma "conócete a ti mismo".
La satisfacción se disfruta de disímiles maneras. Iniciar el día haciendo una buena acción (por ejemplo, ayudar a un ciego en su intento de cruzar la calle); leer un libro, contribuir a la superación de los hijos, trabajar con calidad, escuchar música, auxiliar a un vecino... y no se sabe cuántas opciones más.
Si ahora mismo pudiera revivir a una de las mujeres más humildes y respetadas de mi barrio —precisamente por su bondad al entregar amor— de seguro ella, una ama de casa, repetiría la frase que en más de una ocasión le escuché: "haz bien y no mires a quien". María Ordaz, recuperada para volver a caminar tras una operación de cadera, nunca reclamó agradecimientos en sus 100 años de vida. Solo condimentaba con una amable sonrisa su sabio consejo. Esa sencillez fue quizá el secreto que le mantuvo activa durante una centuria.
Dar sin reclamar, recompensa. Esa también es una forma de encontrar la satisfacción personal, porque cuando ofrecemos con desinterés no solo hacemos sentir complacido a quien va dirigida la acción, de igual modo el gesto enaltece y eleva la autoestima de su realizador.
La situación económica en estos tiempos de transformaciones o las carencias de algunos bienes materiales no han de convertirse en el pretexto para apartarse del buen proceder. El rencor, la envidia, la soberbia, el envanecimiento, el robo, la mentira, el egoísmo, la autosuficiencia y la hipocresía, desacreditan, restan transparencia al cristal con que hemos de mirar la vida y compartirla junto a los demás.
Cualquiera de estos males solo conseguirá enfermar el alma, cuando nos han llamado a la unión de todos los cubanos.

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