ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Una lectura consecuente de ese acontecimiento tendrá que llevarnos incluso más allá de su aspecto simbólico para extraer, tanto por parte de los gestores de la industria turística como por el movimiento artístico que se inserta y se beneficia de esta, lecciones permanentes y fecundas perspectivas.
Lo primero a considerar es el compromiso del colectivo de trabajadores, desde la gerencia hasta porteros y botones, con los valores patrimoniales que les son entrañables. Han heredado una historia, lo cual podría implicar una ventaja, pero a diario ponen el mayor empeño por preservarla y promoverla. El sentido de pertenencia que les asiste no solo se expresa en mantener el blasón del servicio eficiente y el cumplimiento de los indicadores económicos, sino mediante la toma de conciencia de que historia, memoria y cultura —acaso lo mismo— contribuyen en buena medida a la excelencia del servicio y la aportación a la economía.
Tampoco allí es asunto de congelar esos valores y confinarlos a la mera exhibición museística, sino de potenciarlos para su apreciación e integración al ambiente cotidiano de una instalación que de por sí posee sobrados méritos arquitectónicos y paisajísticos.
Ello se puede comprobar con un hecho palmario: mientras que en buena parte de los hoteles de la ciudad el turista reduce sus usos al dormitorio y la colación matinal, en el caso del Hotel Nacional de Cuba dedica tiempo de permanencia en sus galerías y terrazas, o a recorrer los enclaves exteriores que evocan los días cruciales de la crisis de Octubre, cuando no al disfrute del bar Vista al Golfo en medio de imágenes y reliquias del paso de decenas de personalidades foráneas y extranjeras desde los días fundacionales de inicios de la década del 30 hasta la actualidad.
Esta última palabra es clave para entender la identidad cultural del hotel. Hubiera sido fácil funcionar rodeado de una burbuja nostálgica, con referencias a las glorias pasadas —el glamour de los recuerdos de Johnny Weismuller y los Thyssen Borosmisza, Winston Churchill y Ali Khan, Jorge Negrete y María Félix— o a míticos y oscuros episodios —la presencia de la mafia con el habitual Meyer Lansky y la cumbre del sindicato del crimen de 1946— pero también allí se ha hecho conciencia acerca de la importancia que han tenido las últimas cinco décadas en la vida del hotel, en el patrimonio que guardan vivencias relacionadas con los avatares de la Revolución triunfante y en la palpitante actualidad de su orgánica dualidad como instalación turística e institución cultural.
El rigor y la exigencia determinan el peso de las presentaciones artísticas que se programan. Esa es la casa de la Orquesta Aragón, de la tropa de Compay Segundo, de Omara Portuondo y Buenavista Social Club, de los más destacados exponentes del arte lírico y la música tradicional cubana, de las bandas de concierto y los jazzistas más prominentes. Esa es la sede del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano y de los maestros de la vanguardia de nuestras artes plásticas.
Dicho sea todo esto para inducir a la reflexión sobre cómo es posible articular turismo y cultura de un modo consistente y productivo. No es con pintorescas representaciones que niegan la esencia del folclor, ni con exposiciones de creadores advenedizos, ni con bazares de baratijas, ni con animaciones banales, ni con esporádicas o accidentales propuestas que potenciaremos culturalmente el entorno turístico de nuestras instalaciones. Ahora que estamos abocados a la ampliación de la planta de alojamiento, pienso ha llegado el momento que en el mismo punto de partida cada nuevo hotel comience a prestar servicio con un proyecto cultural.

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