ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Los reality show no reflejan «la realidad»; sino una crisis de valores difícilmente calculable. Foto: panorama.com.mx

Trump creó y condujo un reality show para aspirantes a directivos empresariales: El Aprendiz. Cuando iba a sacar del juego a un competidor, vociferaba: «¡Estás despedido!». Al empezar la campaña presidencial, fue sustituido por Arnold Schwarzenegger. Bajó la popularidad del programa, y Trump ridiculizó por Twitter al actor: «Contrataron a una estrella de cine para que me reemplazara, y ya vemos cómo le fue, los índices de audiencia terminaron en el basurero. Solo quiero rezar por Arnold para que tenga televidentes». Y hasta se jactó de su superioridad: «Arnold fue destruido en comparación con la máquina de audiencia de Donald J. Trump».

Alcanzar altos índices de audiencia es la obsesión de los productores de realities. No tienen ningún tipo de intención artística. No pretenden que el público viva una experiencia significativa intelectual o estéticamente. Solo les interesa que crezcan más y más los seguidores de sus programas (y sus ganancias) y para ello acuden a resortes sicológicos diversos, en particular a aquellos asociados a «la tentación de mirar por el ojo de la cerradura». En esa carrera en busca de popularidad, no hay límites éticos ni de ninguna índole.  

Los realities competitivos, como el de Trump, muestran el comportamiento de voluntarios (no actores) que deben reaccionar de manera «espontánea» en un entorno fabricado por los productores. Se pone a prueba su capacidad de resistencia. Los más débiles son eliminados en el camino, a partir de la votación de los televidentes o del jurado. Los mejor dotados llegan triunfalmente al final, reciben una buena suma de dinero, se convierten en «famosos» (al menos por un tiempo) y pasan al siguiente ciclo. En la variante «de supervivencia» se les somete a situaciones extremas, jaulas, casas embrujadas, islas con alimañas, campamentos de entrenamiento para Rambos, etc.   

En otro formato, comparecen ante entrevistadores indiscretos o ante un «tribunal» para revelar experiencias traumáticas de la infancia, problemas domésticos y deseos obscenos para que sean debatidos y juzgados públicamente los asuntos más escabrosos.

Los realities cuentan con defensores y críticos. Los primeros dicen que responden a aficiones instintivas de la gente y por eso gozan de tanta aceptación.

Los segundos los consideran «una farsa», algo «trucado», sin espontaneidad alguna, donde todo ha sido planeado por los productores, desde la selección de los voluntarios hasta su conducta. Subrayan además el exceso de humillaciones, narcisismo, morbo, exhibicionismo, manipulación sentimental y el afán puramente mercantil. Algunos sostienen que «sacan a la luz lo peor del ser humano». Para el actor y realizador británico Gary Oldman los realities son «el museo de la decadencia social». Tiene razón: no reflejan «la realidad»; sino una crisis de valores difícilmente calculable.       

Entre los analistas que denuncian los realities hay pedagogos. Han propuesto, incluso, que se hagan talleres de discusión en las escuelas con los adolescentes adictos a estos programas. No parece una mala idea.

La llamada «reina de la televisión basura», del ciclo británico Celebrity Big Brother, enfermó de cáncer. Con su consentimiento, los productores aprovecharon mediáticamente la enfermedad hasta el final. En medio de la agonía, se casó ante las cámaras y firmó con Living TV la exclusiva de sus últimos días. Mientras el cáncer avanzaba, la «reina» moribunda fue ofreciendo cada detalle a la audiencia. El sepelio se convirtió en otro show televisivo.

En 2007, en El show del donante concursaron tres pacientes urgidos de un trasplante renal. Una enferma terminal debía decidir entre los tres el beneficiario de su riñón. Por medio de mensajes de texto, el público opinaba cuál de ellos debía ser elegido. Se dijo después que había sido un montaje teatral «para crear conciencia sobre la donación de órganos».

Un componente sexual explícito y rebuscado condimenta muchos realities. En un programa de EE. UU., 16 hombres heterosexuales y otras tantas mujeres lesbianas debían competir para conquistar a una modelo. En el reality porno colombiano Los pichones, los participantes practicaban sexo colectivo con ingredientes sadomasoquistas.
Por cierto, no sabía que Arnold Schwarzenegger tenía sentido del humor. Pero leí que respondió a las burlas de Trump en Twitter con este mensaje:

«Donald, tengo una gran idea. ¿Por qué no intercambiamos trabajos? Tú te encargas de la TV, porque eres experto en índices de audiencia, y yo asumo tu cargo. Así la gente podrá dormir tranquilamente de nuevo».

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.

Danny dijo:

1

13 de junio de 2019

23:00:59


Se q tal vez me critiquen pero a mi me encantan los realities y entretienen

arey dijo:

2

14 de junio de 2019

03:47:08


Totalmente de acuerdo con el artículo. Es realmente una pena que se haya caído tan bajo. Ya nuestros hijos no quieren ser médicos, ingenieros, obreros calificados....Sólo desean imitar a estos "personajes famosos" y cobrar. La incultura se ha adueñado de la sociedad y la televisión tiene gran parte de la culpa

Me encanta Barbara Eden dijo:

3

14 de junio de 2019

10:43:15


Que ironía que el Anaranjado tiene el mismo cumpleaños de Antonio Maceo y Che Guevara.

Williams dijo:

4

14 de junio de 2019

14:31:39


Arnold le respondió como debía hacerlo

Aram Joao Mestre León dijo:

5

14 de junio de 2019

14:37:05


Yo me jacto de no ver este tipo de programas, ni de las Kardashian ni de nadie. Veo los concursos musicales que tienen ciertas dosis de reality y es algo que no me gusta mucho.