ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Delegados al 18vo. Clae comparten con colaboradores cubanos en Venezuela. Foto: Cortesía del autor

En la casa de la colaboradora Loreley Sánchez Gutiérrez, de la Misión de BioCubaFarma, se «colaron» los jovencitos Isabela Batista, Maikol Milián y Adonis Sánchez, quienes, a pesar de estudiar carreras muy diferentes –Agronomía, Medicina y Pedagogía, por ese orden–, comparten una condición especial: integran la delegación de 122 muchachos cubanos al 18vo. Congreso Latinoamericano y Caribeño de Estudiantes (CLAE).

Seis días después de sus arribos a Venezuela y envueltos en intensas jornadas de diálogos, alrededor de la mitad del grupo llegaba, con enormes ansias de Cuba, a un emplazamiento residencial de colaboradores: «Llevamos apenas una semana fuera de la patria y ya extrañamos mucho; ahora entendemos mejor su sacrificio», les había confesado en el encuentro formal la futura especialista en Lenguas Extranjeras espirituana Rachel García.

Después de que los anfitriones les explicaran que, solo en el Distrito Capital, nuestros médicos han ofrecido 12 millones de consultas desde que en 2003 naciera Barrio Adentro, después de que supieran que son 11 misiones y rondan los 23 000 colaboradores en el país, después de intercambiar en el cdi María Eugenia González con estos magos de la salud y la amistad y de abrazar a Julio César García, responsable de este trozo de Cuba en Venezuela, los muchachos querían una dosis de hogar: «¡Yo me quedo donde me den café de la Sierra!», dijo una de ellas en suspiro infinito.

Así que enseguida aparecieron ­padrinos y madrinas que los subieron a sus apartamentos en «secuestro» amoroso. Muchos anfitriones querían tener un rato en casa a cubanos distinguidos; al «estudiante de mi pueblo»..., pero no hizo falta ese encaje, porque el orden o la suerte depararon a todos una hora inolvidable que seguro asentarán en sus muy personales relatorías del Congreso.

A sorteo de afectos, el reportero fue a dar a casa de Loreley, donde nació esta estampa. Isabela, Maikol y Adonis no paraban de preguntar: cómo viven y trabajan, cómo andan una ciudad tan grande… y la anfitriona, que tiene a su hija en Mayabeque, empezó a saciarles –mientras freía para ellos una receta de exquisitez cubana– esas dudas de adolescentes cual si ellos fueran su «pequeñita» Mariam.

La colaboradora les habló de su trabajo en bien de los diabéticos venezolanos, del Heberprot-P y del profesor Berlanga, de las vidas que salvamos entre todos… de este amor de Isla inmensa.

Merendaron. El tiempo se fue en un soplo: tuvieron que tomar el café como volcán en taza y bajaron a reunirse en el grupo, donde todos se daban «envidias» recíprocas: cada quien creyó probar lo más rico del mundo. Tras esas porfías típicas de la edad, hicieron un gran círculo y cantaron: «¡Y ya llegó, y ya está aquí, el movimiento estudiantil!».

Como café de almas, el sorbo más hermoso llegó al final. Solo cuando entonaron en coro de aceros Cabalgando con Fidel fue que el cronista, que creía haber compartido en «pequeño formato», en el hogar de Loreley, entendió plenamente que no era así. Realmente, todos habíamos estado, bañados de emoción, en la misma casa de palmas erizadas: ¡Cuba, Cuba, Cuba…!

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