ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
La Muralla de Juyongguan, ubicada en las afueras de Beijing. Foto: Madeleine Sautié Rodríguez

BEIJING.–La Gran Muralla China tiene, desde que era niña, un espacio en mi pensamiento. A los diez años, en 5to. grado, supe que un soberano llamado Shih Huang Ti  –primer emperador de la China Unificada, entre el 221 A.N.E. al 210 A.N.E., también conocido como Qin Shi Huang o Ts'in Shi Huangdique– había mandado a construir un inmenso muro, para proteger el territorio de los ataques foráneos.

Las clases de Historia constituyen una de las más eficaces ventanas al mundo y yo tuve la suerte de mirar por una ancha y elocuente, de la mano de mi maestra María Teresa Font, quien me enseñó las maravillas de la Antigüedad, un contenido que seduce y despierta un apetito que solo se sacia con la lectura y el seguimiento permanente de esas culturas, cunas todas de las civilizaciones posteriores, aunque sea a Mesopotamia a la que se le haya adjudicado tal distingo.  

Supe desde entonces de los grandes ríos que bañaron esas tierras. Y que si a Egipto lo bendijo la Natura con las aguas del Nilo, fueron el Oan Ho y Yang Tse los que humectaron a esa China, que aporcelanada e inmensa, vio nacer bajo su cielo el papel, la imprenta, la brújula y la pólvora, y fue suelo próspero para la agricultura, la artesanía y el comercio.

De China resaltaba la afamada Ruta de la Seda, iniciada hacia el primer año de nuestra era, con el propósito de transportar, por medio de ella, diversos productos, no solo textiles, para conectar comercialmente al país con el resto del continente, Europa y Asia. Y esos saberes nos fueron comunes. Pero de ahí a imaginarme un día subiendo los peldaños de la Gran Muralla, la distancia realmente era impensable.

«De delirios y sorpresas también se erige la vida», pensé al saber que entre los sitios visitados por los participantes del Foro Internacional de Periodismo de la Franja y la Ruta, estaba la Muralla de Juyongguan, uno de los Tres Pasos Mayores de la Gran Muralla China, considerado entre los principales sectores de importancia estratégica debido a su posición que conectaba a Beijing, a más de 50 km de allí. Y admití la suerte. Pero estar ante esa construcción milenaria provoca, más que dicha, una conmoción inaudita.

El pecho se agita y al pensamiento le cuesta organizarse. Muchas son las conjeturas que se juntan a un tiempo. Admirar bajo el sol de China, tantas veces vista en libros, la extraordinaria proeza ingenieril, considerada la mayor frontera del mundo, con sus torres de defensa donde –dicen– vivían por meses los soldados, hasta que eran relevados por otros que harían lo mismo, es algo que impacta poderosamente al visitante.

No puede admirarse tamaña imponencia sin pensar en el hormigueo agotador de los hombres que durante largos siglos la construyeron, en la fatiga de la faena, que logró una obra cuya terminación tardaría 2 000 años y fuera declarada en el siglo XX Patrimonio de la Humanidad. Para muchos la Muralla –aunque esencialmente fuera una barrera física– funcionaba también como trinchera psicológica, capaz de sugestionar a un enemigo que tendría que batirse contra una franja flanqueada por todos sus espacios y no faltan los mitos que aseguran la presencia de huesos humanos en la amalgama que integra su materia.

Entre tantos visitantes extranjeros, el color y el movimiento que desfila ante la vista, procuro buscar un pedacito de Cuba, pero salvo mis colegas –que significan mucho, ¡claro está!–, no hallo referente físico que me anuncie a la Isla. En esto pienso sentada a la sombra, después de mi breve ascenso por un tramo de la muralla.

Vivir gratas experiencias me une más a lo que siento mío. Repaso rostros amados y pienso en José María Heredia, el romántico nuestro, que ante la belleza del Niágara buscó las palmas y procuro recordar el modo en que lo dijo.

Cierto es que la belleza nos mueve a lo sagrado. Y que ante la fastuosidad el ánimo se encoge. Inconscientemente me acomodo y enderezo mi credencial, que tiene en su parte superior izquierda la banderita cubana. De modo ingenuo, digo, porque hacerlo y oír al joven paquistaní que me habló entonces fue la misma cosa: «¿Eres de Cuba?», me dice y ya empiezo a sentir en la emoción la holgura.

La palabra llave, la que busqué inútilmente en la muralla, me sonó a garantía. Un intercambio rápido y elemental tiene lugar entre el muchacho y yo, que, por suerte para mí, logra comunicarse en su exiguo español, un castellano que apenas domina.

Y se exalta, ahora sí, esa dicha de saber que Cuba pasó por allí, en el instante indecible, no solo con la escalada de los cubanos. Que la banderita que nos identifica fue advertida, entre tanto por ver, por otro visitante, turbado como los otros ante la fastuosidad de la muralla, y sin embargo, detuvo sus ojos en la amantísima insignia, la bandera que se lleva por delante cuando no estamos en nuestra tierra.

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.

Jorge Jesus Gutierrez dijo:

1

13 de julio de 2018

09:28:45


Precioso y a la vez muy emotivo este articulo. Su autora me recuerda a, creo, su padre, quien fuera uno de mis profesores anos atras. Muchas gracias por esas letras.

Yunia dijo:

2

13 de julio de 2018

15:04:48


Muy bonito el artículo, y es cierto que cuando se esta tan lejos uno piensa mucho en su país, tuve la suerte de ir a China y a pesar que lamentablemente no pude conocer la Muralla, si visite muchos lugares espectaculares, y aunque los ojos no te dan para admirar tantas maravillas, se extraña mucho nuestra tierra y nuestra gente. Felicidades, realmente muy lindo el artículo