ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

BEIJING.–No podría decir ahora mismo el nombre con el que aparece registrado en su acta de nacimiento el intérprete chino que ha estado acompañando a la delegación cubana en el Foro internacional de periodismo de la franja y la ruta, un espacio que, entre otros propósitos, pone sobre el tapete el papel reporteril de cara a las iniciativas generosas, que integran regiones y hermanan a los hombres. No podría.

Porque desde que lo tuvimos delante se nos presentó como Patricio. «Mejor llámenme así. Es el nombre que he elegido para cuando hablo en español».

«¡Patricio!» –me dije. Y aunque se sabe por la historia que la palabra apunta a la nobleza, a mí, al oírla a pocos instantes de tocar tierra oriental, me sonó a Patria. Después supe que no fue disparatado el instinto y que en la calidez protectora del joven que por más de una semana se convirtiera en nuestra más cercana forma de comunicación con China había algo parecido a lo que se siente cuando estamos en suelo propio.

De antesala la sonrisa. Patricio se nos acerca y con rostro sonriente nos dice adiós, esperanzado de volver a vernos cuando cumpliera en pocos meses su ardoroso deseo de visitar Cuba. Fue de su mano que China se nos abrió a los ojos, como la dama seductora que se sabe bella y muestra su esbeltez para ser admirada. En minutos, y ya con nuestros nombres bien aprendidos, su voz nos hizo sentir de allí, ofreciendo la confianza que tanto necesita quien acaba de llegar al otro lado de la Tierra.  

Un dominio impecable de la lengua española, con la que nos hace conocer evidencias y secretos de su país, caracteriza al joven de 25 años que durante cuatro estudió la lengua de Cervantes y se apasionó por ella. No es demasiado común poseer en la primavera de la vida una cultura tan exquisita como la de nuestro chino más íntimo, y menos aún poder transmitirla a un idioma tan distinto como el español, pero tratándose de Patricio y en materia de palabras, casi todo es posible.

Los días con sus noches son para Patricio un ir y venir del chino al castellano y de este a su lengua materna como si el recorrido lingüístico no exigiera esfuerzo alguno.

Carácter apacible; asedado el sentido del humor, que provoca la risa permanente unas veces por el chiste, otras por la gracia de la traducción perfecta; sabias reflexiones no ya chinas, sino personalísimas, afloradas como respuesta cerrada a alguna pregunta de las que les hacen sus «polluelos» cubanos, a los que no les pierde ni pie ni pisada; cuidados rayanos al extremo, que van desde la corrección de alguna palabra, para que no perdamos ni un milímetro el sentido, hasta la correspondencia de las peticiones, ya sea consultar la menor inquietud, contar una vivencia especial o cantar en español una canción de moda.

Así se nos da Patricio, que es todo hospitalidad y entrega, que se traduce él mismo en ese confort del espíritu que asegura a sus invitados el buen anfitrión. Grande es la suerte de la delegación cubana que –sin demeritar al resto de los facilitadores, también valerosos– tiene a Patricio con ellos y siente desde su corazón el profundo respeto que inspira la lejana Isla.

Más que chino, Patricio es China. En sus gestos no podemos menos que percibir la nobleza de un país que ama y admira al nuestro, que apuesta por nosotros y en la perseverancia a nuestro lado se alista. Es la nobleza de una tierra que se siente grande cuando confraterniza, que extiende sus brazos para juntar pueblos.

Él es su gente y su país. El tesón con que ha conseguido dominar el español es un reflejo de la tenacidad china, del amor por la cultura que encarna a ese pueblo. Con estudio y talento se puede llegar a ser un magnífico intérprete, pero Patricio es más que un intérprete de primera clase. No puede la excelencia alcanzar la entrega absoluta de un propósito si no pone en ello el corazón, lo cual define a Patricio, que devela su patria en todo lo que dice.

Sin ser consciente de ello nos remite a la nuestra. Verlo convertir en palabras comprensibles para nosotros la magnificencia de su suelo nos deja ver el amor que destila todo él al contarla en español. Y en el diálogo oportuno que inevitablemente produce algún paralelo, Cuba –guardada pero viva– se nos asoma.  

Llegada la hora de partir, de China no nos vamos sin Patricio. Entre lo mejor que traeremos consigo está él, que resume de muchos modos todo lo hermoso que aquí hemos vivido. Le dejo un ejemplar en español de la novela El Equipaje amarillo, de Marta Rojas, que detalla la inmigración de chinos hacia Cuba, y confío en su palabra de leerlo cuanto antes, una promesa de puro gozo que profiere mirando agradecido a los ojos occidentales que lo verán cada vez que delante de sí se hable de China.

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