ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Todavía hay más mujeres pobres que hombres en esa condición. 

¿PUEDEN los sistemas tributarios de América Latina revertir el panorama de desigualdad social que viven no pocos países de la región? ¿Es la situación de las mujeres latinoamericanas más favorable para entrar al mercado laboral en la actualidad? ¿Hay equidad en la distribución de la riqueza en esta parte del mundo?

En no pocos países del subcontinente americano los sistemas tributarios benefician a las élites económicas y políticas. Según revela el informe Tributación para un crecimiento inclusivo, publicado en marzo de 2016 por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y Oxfam Internacional (confederación internacional que realiza labores humanitarias en 90 países), comparados con los sistemas tributarios europeos, los latinoamericanos son menos efectivos en lo concerniente a la redistribución de la riqueza y la reducción de la desigualdad.

Esta disparidad trae como consecuencia una carga abrumadora de tributos para los ciudadanos que perciben ingresos medios y bajos, mientras que las clases dominantes pagan mucho menos de lo que realmente deberían.

Pese a que entre finales de los 90 y 2010 en América Latina se eligieron gobiernos que desarrollaron políticas públicas para enfrentar la desigualdad, hoy analistas aseguran que la región exhibe niveles de inequidad extrema.

Llama la atención que en 2014 el 10 % más rico de la población había acumulado el 71 % de la riqueza. Los estimados de Oxfam advierten que dentro de seis años el 1% más rico poseerá más riqueza que el 99 % restante.

Si de gobiernos hablamos, los pueblos al sur del Río Bravo en la primera década del siglo XXI experimentaron la llegada al poder de líderes y partidos políticos progresistas y de izquierda. También es ese momento se crearon importantes alianzas estratégicas diseñadas para el beneficio mutuo de los países. A esto sobrevino el repunte de la derecha y junto con ella un marcado retroceso en las políticas sociales.

Esferas como la salud y la educación son muy ilustrativas a la hora de abordar este tema, pero no son las únicas, pues — por solo citar un ejemplo— aún son bastante marcadas las diferencias por sexo en el ámbito laboral y privado.

Las brechas en el acceso a la educación hacen que un individuo que pertenezca al 20 % más pobre tenga como promedio 5,5 años de escolaridad. En contraposición, si alguien es del 20 % más rico, se le auguran 12 años de estudios.

Según datos ofrecidos por Oxfam, en América Latina los niños pobres de Honduras, Haití, República Dominicana y Colombia tienen de 2 a 5 veces más probabilidades de morir en el primer año de vida que un niño del 20 % más rico de la población.

Todavía hay más mujeres pobres que hombres en esa condición. Aunque ellas están más formadas y más capacitadas, como promedio cobran un 22 % menos.

Entre 1990 y 2014 hubo un incremento notable de la presencia femenina en el mercado laboral, donde ascendió su participación en un 20%. Estadísticas presentadas en el seminario internacional El futuro de la política social en América Latina, celebrado en La Habana, revelan que la proporción de mujeres sin ingresos propios en esos años cayó 16 %, bajó 30 % en las de zonas rurales y en sentido general se redujo en las mujeres de todas las edades.

Sin embargo, el peso del trabajo de cuidado continúa recayendo mayoritariamente en el sexo femenino. Los estudios confirman que las mujeres en Guatemala dedican más de siete horas al día al trabajo de cuidado no remunerado, lo que obstaculiza su inserción en el mercado remunerado.

Incluso entre las mujeres, no todas se beneficiaron de igual modo en sus países de origen con las políticas trazadas para eliminar la desigualdad. Aquellas que poseían mayor formación académica se favorecieron de los servicios de cuidado infantil y de las licencias por maternidad, en tanto las de menos nivel escolar se ampararon más en las pensiones sociales.

Hoy el panorama político latinoamericano no es el mismo de diez años atrás, por tanto las estrategias para eliminar la pobreza y la desigualdad deben tener mayor peso en las agendas públicas. De lo contrario, los números seguirán mostrando un abismo casi insalvable entre la mayoría empobrecida y la minoría enriquecida e indiferente.•

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