ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Fernando Vecino Alegret lleva la bandera que con honor defendió en Helsinki. Foto: Panchito Cano

La tarde del jueves 5 de julio de 1962 la avenida del puerto habanero era un hervidero de jóvenes que se despedían de sus amigos y familiares mientras abordaban el trasatlántico soviético Gruzia, con destino a Helsinki. Quizá lo obviaba su juventud impetuosa, pero les esperaban días históricos, inolvidables. El VIII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes marcaba el rumbo final en una hoja de ruta que llevó en la misma embarcación a 250 jóvenes cubanos y de otras delegaciones latinoamericanas, a la primera de estas citas celebrada luego del triunfo de la Revolución.

De pronto, se escuchan las notas del Himno Nacional. Y en la tribuna, un Fidel preocupado por la juventud de todos los tiempos despedía a los delegados: «Nosotros sabemos que allá, el sentimiento de amor a la Patria, al pueblo y a la Revolución, se acrecentará en ustedes».

Entre los jóvenes, lo escuchaba un muchacho alto en estatura física y humana, apasionado hasta la médula por las luchas del movimiento estudiantil, conocido entre sus amigos debido a su indiscutible rol en el Movimiento 26 de Julio, holguinero por más señas, quien portaba la bandera cubana que defendería con orgullo en Helsinki, todavía con la emoción de los últimos días vividos en su país.

Era fundador de la Asociación de Jóvenes Rebeldes y posteriormente de la Unión de Jóvenes Comunistas, alumno de Ingeniería Industrial de la Universidad de La Habana, líder de la Federación Estudiantil Universitaria. Era Fernando Vecino Alegret, quien había sido seleccionado, con 18 años, delegado directo de la colina universitaria, el mismo sitio por donde un día pasó junto a su padre, para quedar impregnado de los deseos de convertirse en su estudiante.

«Estaba naciendo la Revolución. Era la primera representación con carácter político que tenía nuestra juventud después de enero de 1959. Vino la etapa preparatoria. Todos los delegados fuimos al hotel Habana Libre. Recuerdo que Fidel estaba muy entusiasmado con el Festival. Se reunió con nosotros y nos despidió en el puerto».

Pero el evento no comenzó en la perla del Báltico, sino mucho antes en Cuba, y también en la embarcación que los trasladó durante alrededor de dos semanas hasta puerto seguro, y se convirtió en espacio para el intercambio. «Los días en el barco fueron un festival político, un festival latinoamericano», cuenta Vecino mientras recuerda a las víctimas del mareo, las extensas jornadas marcadas por los cantos y el torrente de alegría.

Diez días de intensa vorágine vinieron después. Dieciocho mil jóvenes de 137 países inundaron la capital de Finlandia con veladas, coloquios, conciertos, exposiciones, conversatorios, actividades deportivas y encuentros entre delegaciones. El joven revolucionario y militante, que había llegado hasta allí bajo el compromiso de luchar ¡Por la paz y la amistad! —como indicaba el lema del evento— prefiere evocar hoy los urgentes debates que se desarrollaban, así como los frustrados intentos de grupos contrarrevolucionarios por socavarlos.

Casi sin haberse quitado el polvo del camino, por solo mencionar una anécdota, la delegación cubana fue interceptada al acercarse al estadio olímpico. «Los enemigos de la Revolución comenzaron a lanzar ladrillos contra los ómnibus que nos transportaban. Querían golpearnos y quitarnos la bandera. Pero para quitarme la bandera tenían que matarme. Dos muchachas del equipo atlético y otros jóvenes cubanos se agruparon conmigo, para frenarlos. Pero la policía impidió que agraviaran a la delegación cubana y a ninguna otra».
Muchas son las experiencias que pueden contarse de Helsinki, pero si se trata de «la más estremecedora» –incluso de su vida- él guarda aquella visita al cementerio de Leningrado, que se realizó como parte de la atención brindada por la antigua Unión Soviética a los delegados latinoamericanos en la cita juvenil. Allí «descansan los restos de cientos de miles de muertos, entre ellos niños, víctimas del hambre, de cuando los alemanes rodearon la ciudad. La delegación me designó para que hablara. Aquella fue una de las cosas más impresionantes que me ha sucedido».

Así, rememora el día que conoció el Instituto Smolny, la Fortaleza de Brest, los lazos establecidos con la Federación Mundial de Juventudes Democráticas… «Realmente la pasamos muy bien. Fueron días inolvidables», reconoce, mientras asegura que este XIX Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes también será histórico, sobre todo porque está protagonizado por una delegación «excelente, de mucha calidad».

«Sin juventud no hay vida, no hay Revolución», arguye quien fuera conocido entre los universitarios por ser el preocupado ministro de Educación Superior durante más de 30 años, y quien es merecedor de varias medallas y títulos honoríficos de instituciones cubanas y extranjeras, por solo mencionar algunos de sus reconocimientos.

Una pregunta se impone, sobre el papel a desempeñar por Cuba en esta XIX edición. Vecino no escatima en responder: «Los cubanos hemos aprendido a creer en la unidad, como la fuerza segura para desarrollar un proyecto revolucionario.

Debemos divulgar nuestra experiencia para construir algo como la Revolución, para estrechar lazos tan fuertes, como los que unen a Cuba y a Venezuela».

Cincuenta y cinco años han pasado desde el Festival de Helsinki. Pero con mucho agrado recuerda Vecino aquella tarde en el puerto habanero, donde tuvo muy cerca a Fidel. «Difícilmente haya habido un dirigente político cercano a la talla del líder de la Revolución, que haya tenido más contacto con la juventud», admite sobre la decisión de dedicar a él la cita mundial.

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Oscar Ramso Isla dijo:

1

13 de octubre de 2017

08:33:55


La juventud debe estar unida. Aceptar lo bueno, repudiar lo malo. La revolución la defienden los jóvenes porque representan sus intereses. El hombre se hace con el trabajo diario.