ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Anualmente se generan 50 millones de toneladas de residuos electrónicos. Foto: noticias3d.com

Aunque frecuentemente salen al mercado internacional nuevos aparatos electrónicos, al cabo de un tiempo relativamente corto es­tos se vuelven inutilizables.

Este fenómeno está vinculado a una tendencia implementada sistemáticamente desde la segunda mitad del siglo pasado: la obsolescencia programada. Consiste en la determinación  del fin de la vida útil de un producto o servicio llegado un periodo determinado, cuando en realidad este todavía no es del todo inutilizable.

Inicialmente surgió a la par del auge de la sociedad de consumo y la producción en ma­sa durante los años 20 del siglo pasado, con el objetivo de estimular el consumo mediante el in­cremento de las ventas al acortar la duración de ciertos artículos.

Bernard London, un inversor inmobiliario interesado en reactivar el consumo haciendo frente a los problemas que generaba la Gran Depresión (1928–1933), manifestó que el go­bierno de Estados Unidos debía obligar a ha­cer una obsolescencia de las mercancías  para que el consumo fuera obligatorio, lo cual reac­tivaría la economía al existir mercado.

Pero sería en 1954 que el método adquiriría popularidad cuando el diseñador industrial estadounidense, Brooks Ste­vens, lo usó como título de una conferencia de publicidad. Él definió la nueva estrategia como “instalar en el comprador el deseo de poseer algo un poco más nuevo, un poco mejor, un poco an­tes de lo necesario”.

Esta pauta marcaría la reorientación de un mercado hacia un consumidor insatisfecho, deseoso de la novedad, que luego establecería el patrón de derroche actual en el cual el modo de vida norteamericano coordinaría las ideas de felicidad y libertad con las de abundancia en sustitución de la suficiencia.

TIPOS DE OBSOLESCENCIA

Comúnmente se asocia la obsolescencia a los gastos invertidos en la adquisición de nuevos artículos debido a la introducción de una mercancía que lleva a cabo una mejor función. Este proceso está vinculado a la obsolescencia técnica que es el tipo más antiguo y permanente desde la Revolución Industrial debido a la innovación tecnológica.

Frente a él, los consumidores pueden ir a reparar el artículo, lo cual acarrea costos incluso mayores que la adquisición de uno nuevo, u optan por esta última vía, que es la más habitual.

Otro tipo es la obsolescencia de calidad. Cons­tituye una de las más frecuentes y de las menos percibidas. Mediante ella una empresa vende un producto con una vida útil muy reducida a expensas de ofrecer uno con ma­yor durabilidad.

Por último y no menos importante está la obsolescencia por modas, también conocida como de deseabilidad o psicológica. Consiste en la adopción de mecanismos para cambiar el diseño del artículo como una forma de manipular a los compradores para que adquieran un artilugio con idénticas prestaciones.

Así las personas están en una carrera ficticia para no quedar atrás en una supuesta revolución tecnológica. Este fenómeno es típico en los teléfonos móviles y las prendas de vestir. Las personas son inducidas a percibir lo nuevo con lo mejor y lo viejo con lo peor.

Para lograr esa meta, la publicidad y los medios de comunicación desempeñan un papel fundamental en las sociedades consumistas, pues el diseño y la apariencia de las cosas atraen y engañan a los televidentes bajo la concepción de un nuevo estilo.

ALGUNOS EJEMPLOS

Las primeras bombillas creadas por Thomas Edison fueron puestas a la venta en 1881 y tenían una duración aproximada de 1 500 horas. En respuesta a ello los principales fabricantes de bombillas del orbe (Osram, Philips, General Electric) crearon un cártel mundial, conocido como Phoebus, para el control de la producción de bombillas, en Ginebra, en 1924. En dicha agrupación se intercambiaron pa­tentes para controlar tanto la producción  co­mo el consumo y así no crear desventajas económicas.

Hacia 1924, fueron promocionadas bombillas de hasta 2 500 horas; pero, bajo la influencia del cártel  en 1925 se creó el Comité de 1 000 horas de vida útil. De este modo los fabricantes se vieron forzados a crear lámparas más frágiles que cumplieran con la nueva normativa, si­no, eran severamente multados.

A inicios del siglo pasado, una lavadora duraba alrededor de 15 o 20 años. Aunque una actualmente supone menos gasto económico, solo tiene una vida útil cuatro veces me­nor a las de sus antecesoras, por lo que en la práctica se invierte casi la misma cantidad de dinero y se producen más residuos.
Hoy en día un teléfono móvil no pasa de los cinco años, mientras que el marketing y la publicidad generan la necesidad de comprar nuevos dispositivos cuando todavía no han cesado las prestaciones del que se tiene.

Al construir un monitor de ordenador, las soldaduras de los chips se realizan con una profundidad de 1,5 mm en lugar de 3 mm y la aleación para la soldadura es rica en estaño y pobre en plomo lo que la hace más sensible a las temperaturas altas. Estas soldaduras débiles con el paso del tiempo y realizando un uso normal del monitor, terminarán por soltarse.

En el mundo de la moda las campañas publicitarias son fundamentales. Cada temporada, las personas compran nuevas prendas sin necesidad de hacerlo, con el único objetivo de obtener un vestido con un color, forma, corte o textura diferente acorde con lo dictado por las tendencias.

BASURA IMPERTÉRRITA

Bajo la máxima de satisfacer las necesidades del capital y no la de las personas, las sociedades de consumo  aupadas bajo el capitalismo han destruido gran parte de los recursos naturales. La generación de productos en las cadenas productivas crea millones de toneladas de basura tecnológica, la cual es muy difícil de reciclar.

Muchas naciones desarrolladas recurren entonces a la socorrida “Ayuda para el desa­rrollo” para “reducir la brecha digital”. Con ello se exportan los residuos a países del Tercer Mundo,  principalmente de África  y Asia, convertidos extraoficialmente en vertederos a nivel mundial.

Por si esto no fuera poco, el no reciclar los materiales genera un consumo extra de mi­nerales para producir los artículos. Este de­rroche aparece justificado por los defensores del consumismo a ultranza como medio pa­ra el crecimiento económico. No obstante, dichos beneficios son relativos y efímeros.

La diversificación de ramas vinculadas a la creación de repuestos para arreglar los productos dañados repercutiría positivamente en el medioambiente mediante el ahorro de materiales y el incentivo a una cultura de respeto a la naturaleza, además de la creación de puestos laborales y del ahorro de los consumidores.

Esto es fundamental para enfrentar un modelo despilfarrador en un planeta de re­cursos limitados como el nuestro. Con­sumir para vivir y no vivir para consumir: ahí estaría la clave.

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Iván D. Quesada dijo:

11

22 de febrero de 2016

08:37:32


Buena exposición. Solo dejar claro a los lectores que es necesario diferenciar entre la vida útil de trabajo de un artículo u objeto y su ciclo de vida en el mercado . Es decir, un artículo es nuevo y sin usar (no presenta desgaste físico de uso) y sin embargo puede estar moralmente desgastado pues es obsoleto ante la aparición de nuevos artículos muy superiores en desempeño.. Gracias