Plausibles esfuerzos diplomáticos de Rusia, aceptados incluso por gobiernos que contribuyen financieramente y con armas a la desestabilización de Siria, dieron lugar a conversaciones entre el gobierno y algunos grupos de la oposición siria, celebradas en Moscú.
Pero, más allá de ese deseo loable de encontrar la paz en la nación árabe, quienes representan a los terroristas que masacran a la población y destruyen la infraestructura del país, no participaron ni en ese ni en ningún otro diálogo para las negociaciones.
Una vez más, esfuerzos locales e internacionales para conseguir la paz se estrellan contra un muro de contención, que forma parte del abultado archivo donde descansan uno u otro intento en casi cinco años, sepultados todos por la metralla y las atroces acciones de esos grupos terroristas.
¿En qué mundo estamos viviendo? ¿Es que no existe fuerza, razón y voluntad política para acabar con tanta barbarie? ¿O es que más de 200 000 muertos y una nación casi destruida, no es suficiente como para que todos —dentro y fuera de Siria— se decidan por silenciar las armas?
Y digo dentro y fuera con toda intención, por cuanto tan pronto cese el financiamiento y la entrega de armamento a los grupos que quieren acabar con el gobierno de Bashar al Assad; y los poderosos vecinos y no tan vecinos pero si poderosos, dejen de propiciar esa funesta política de decir una cosa y hacer otra, la llamada “oposición” se quedará sin razones, sin dinero y sin armas para ejercer el terrorismo en Siria.
Ya suman en la nación árabe millones de seres humanos obligados a refugiarse en estados vecinos, desplazados por la guerra; y los organismos internacionales comienzan a asegurar que en Siria se ha generado la mayor crisis humanitaria posterior a la Segunda Guerra Mundial.
La búsqueda desde el exterior a la solución al conflicto sirio ha tenido las experiencias abortadas de las conferencias de Ginebra 1 y Ginebra 2, celebradas en el 2012 y el 2014, y el cese al fuego y la entrega de alguna ayuda humanitaria han sido parciales, siempre afectadas por el tronar de las armas en manos de los grupos terroristas disfrazados de oposición.
La diversidad de los grupos armados, la lucha entre ellos por liderazgo; las discrepancias en cuanto al apoyo que reciben desde el exterior y el fundamento étnico-religioso de uno y otro componente, complican no solo la ejecución de un plan de paz, sino las propias conversaciones para su búsqueda.
Agréguese a todo esto que muchos de estos grupos, y los terroristas en particular, tienen en sus filas a nacionales de otros países, fundamentalmente europeos, que son sostenidos por fondos y armas que entran a través de la frontera turca; y tienen asesoría militar norteamericana.
El año pasado apareció públicamente el llamado Estado Islámico de Irak (EI), una formación abiertamente terrorista que inicialmente —cuando se usó para “acabar con el gobierno sirio”— recibió todo el apoyo financiero de Washington y algunas monarquías del Golfo.
Hoy, aviones de Estados Unidos atacan con bombas y cohetes a estos extremistas que han buscado escondite dentro de ciudades y pueblos, tanto en Siria como en Irak, lo que hace más difícil su persecución desde el aire y más letal cada cohete que cae y mata lo mismo a un miliciano que a un niño o a un campesino de esas naciones.
Todavía hoy Washington continúa prestando asistencia militar a otro de los grupos de la llamada oposición, el Ejército de Siria Libre, que combate al presidente al Asad.
La ONU, por su parte, lleva adelante un plan de alto al fuego local, con el objetivo de detener la guerra en ciudades estratégicas. De esa forma se permite la entrada de ayuda internacional, se hacen intercambios de prisioneros y hasta se desarma a la oposición a cambio del gobierno compartido en esas localidades.
Son pasos favorables pero ínfimos a la hora de evaluar el contexto general de la situación en Siria y la inercia internacional. La ayuda en armas y dinero desde Occidente y otros países de la región a los grupos terroristas y a una oposición sin programa y dividida, son los obstáculos principales para que algún esfuerzo por encontrar la paz fructifique.
El más reciente intento de Rusia por lograrlo, la reunión del 26 al 29 de enero en Moscú, contó con la presencia de miembros de la oposición siria en el interior del país, a la vez que era rechazada por los opositores que tienen su base en el exterior.
Con toda razón, en sus últimas declaraciones públicas el presidente Bashar al Asad aseguró que “hay una oposición nacional con la que es posible dialogar", pero no con títeres pagados desde el extranjero.
Mientras el futuro sirio se debate entre esperanzas y frustraciones, la paz sigue esperando como si fuera una dádiva no merecida por ese noble pueblo.














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sergio linietsky rudnikas dijo:
1
4 de febrero de 2015
09:29:08
edo dijo:
2
4 de febrero de 2015
10:42:16
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