Una Copa Mundial de Fútbol sirve para que varios de los mejores jugadores enseñen sus credenciales y justifiquen por qué son considerados astros dentro de una cancha. Pases, goles, gambetas, cambios de ritmo y piques en corto, deleitan a la tribuna y a quienes los observan a través de pantallas diseminadas por casi toda la geografía planetaria. La cita actual que tiene a Brasil como país anfitrión, debe servir de vitrina para que Leo Messi, Cristiano Ronaldo, Neymar, Mario Götze o Wayne Rooney, coloquen sus nombres más cerca de leyendas, como Pelé, Maradona, Frank Beckenbauer y Paolo Rossi.
Los fanáticos debaten, acaloradamente, desde la oficina de trabajo, centro escolar o establecimiento comercial, quién es el mejor jugador. Pero, poco o casi nada, se comenta de las actuaciones de los defensores centrales. Si no marcan goles o se transforman en cazadores de los delanteros, al estilo Pepe y Sergio Ramos, pocas noticias tendremos de ellos.
Descartando al dúo madridista, los marcadores del fondo igual tienen sus propias virtudes que los hacen muy atractivos para los estrategas. Algunos entrenadores componen sus equipos partiendo desde atrás, pues no conciben el funcionamiento de un once sin las cualidades de una zaga efectiva.
Hablamos de esos futbolistas de físico imponente, mirada desafiante y rudeza en sus piernas. Un defensa central es mucho más que el tipo malo del partido, el que cuando se equivoca todos quieren echar. Ellos, con escasas habilidades técnicas, se convierten en verdaderas torres cuando los centrocampistas pierden la batalla. Como marionetas, sostienen en un fino suspiro el grito de gol, una y otra vez. Son los únicos que trabajan en sincronía, el uno ayuda al otro. ¿Y por qué no…? Son quienes dan la cara cuando la derrota es más cruda.
Así son ellos, curtidos en el fragor de la ofensiva contraria. No temen hacer una entrada con un balón dividido, o encarar un mano a mano frente a veloces extremos de la talla de Arjen Robben, Gervinho o Ángel Di María. Para un defensa el balón es sinónimo de peligro, no lo tratan con ternura como lo hace un “10”.
Desde las categorías inferiores sus entrenadores les miden el temperamento, coraje y espíritu de sacrificio, con el agudo análisis de los años acumulados observando el desarrollo de verdaderos cracks. Por eso, no es extraño ver a jóvenes de apenas 20 abriles mandando en el posicionamiento defensivo dentro un terreno, o encarando a todo un rival experimentado por la falta cometida.
En esta Copa, donde los goles y jugadas deslumbrantes han estado presentes en casi todos los partidos, también apreciamos notables faenas en la zaga de algunos equipos. Obvio, no nos referimos a planteamientos conservadores con cinco hombres en el fondo como hicieron Argentina versus Bosnia Herzegovina, o México contra el inefectivo Camerún. Claro, los aztecas al proponer el mismo sistema para jugar con Brasil sí tenía lógica, pero no frente a los llamados “Leones Indomables”.
De lo mejor en estos primeros compases destacan Francisco “el Maza” Rodríguez, David Luiz y Federico Fernández, por solo mencionar unos pocos. Sin embargo, aún no han descollado Mats Hummels, Giorgio Chiellini, Vincent Kompany y Kolo Touré. Quizás aparezcan otros marcadores para consagrarse en esos partidos donde las estrellas pierden su brillo a causa del cierre efectuado por una pareja de centrales.
Y es que el Mundial también premia, aunque silenciosamente, el trabajo de los hombres encomendados a salvaguardar la última línea de juego. Los defensas no se llevan balones, ni botas de oro, pero tienen el reconocimiento de sus compañeros de equipo. El fútbol es así, caprichoso y enamorado de los goles; pero siempre se las ingenia para hacerle un giño a esos muchachos que desde la retaguardia desgastan las ideas de aquellos genios, encargados de hacer magia con la pelota.


















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