ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
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El equipo Cuba celebra su medalla de oro. Foto: Ricardo López Hevia, ENVIADO ESPECIAL

BARRANQUILLA, Colombia.–Pasión, intensa, perenne… No hay ningún sentimiento que defina mejor al equipo femenino cubano de hockey sobre césped, flamante monarca de los XXIII Juegos Centroamericanos y del Caribe, cita en la que sortearon obstáculos, distancias y duros oponentes para escalar a la cima más dulce.

El camino, como era de suponer, fue una cresta empinada, una carrera de larga duración que va mucho más allá de los partidos disputados en Barranquilla, una batalla en la que se deben incluir los tensos pleitos del Campeonato Nacional y los meses de duro trabajo previo a los Juegos.

En este equipo pesó el ímpetu de las más jóvenes, de las ocho que nunca habían vivido la experiencia de una cita multideportiva; pesó la garra de las que llevan años de batalla; pesó el team work que aportaron las seis guerreras de Las Tunas, catalogadas por una colega como «campeonas por siempre», tras conquistar de manera sensacional el título doméstico, hace poco más de cinco meses.

Pero mucho más que una provincia o una jugadora, el Cuba fue un elenco que salió con el puño apretado, con la cabeza alta y con un objetivo claro: mantener a Cuba en lo más alto del podio regional, como ha sucedido en cada una de las presentaciones de los últimos 25 años.

«Han sido capaces de escuchar orientaciones, de disciplinarse y cumplir los objetivos. Teníamos el gran reto de defender con mucha garra los éxitos alcanzados en los ­Centroamericanos durante más de 20 años, y lo hemos conseguido, gracias al tremendo esfuerzo de las jugadoras. Para ellas solo tengo palabras de agradecimiento por su entrega», expresó el técnico Guillermo Stakemann.

La entrega de todo el plantel fue palpable, desde la portera suplente Yusnaidy Betancourt, quien asumió los primeros partidos del torneo por una enfermedad de Yurismailis García, hasta la talentosa Sunaylis Nikle, la capitana Yaniuska Paso y las experimentadas Brizaida Ramos y Mileysi Argentel.

Precisamente Argentel, quien acortó los plazos de recuperación tras la maternidad, es una de las grandes referentes del plantel, no solo por su impacto en la cancha, sino también por el valor emocional de su figura.

«Yo fui cesárea, y al quinto mes tuve que incorporarme a los entrenamientos. Los técnicos me decían que era muy importante mi regreso al equipo, porque le daría impulso gracias a mi experiencia. Ese proceso fue bien difícil, y no hubiera podido lograr nada sin el apoyo de mi familia, fundamental en la vida de cualquier atleta», aseguró Mileysi en exclusiva con Granma.

«Separarme de la niña ha sido muy complicado, porque no tiene cuatro o cinco años, es una bebé de ocho meses. Afortunadamente, antes de venir a Barranquilla estuvimos en una base en República Dominicana que me sirvió de preparación sicológica para lo que venía. De todas formas, los hijos son lo más grande de la vida, y ya estoy loca por regresar a verla. Todo este sacrificio ha sido por ella», añadió la defensora, para quien la clave del triunfo estuvo en la unidad.

«En el deporte es crucial tener sentido de pertenencia y mucho amor por lo que se hace. Todos los atletas son sacrificados, pero en los colectivos un grupo de personas con diferente carácter y forma de pensar deben unirse por un objetivo único, que en nuestro caso era regresar a Cuba con la medalla de oro», apuntó la capitalina.

Ya terminados los Juegos, ya terminado el reto de Barranquilla, estas chicas no se irán a descansar del todo, porque desde ya piensan en la lid panamericana de Lima 2019, donde aspiran a superar la actuación de Toronto 2015 y la mejor ubicación histórica, un cuarto lugar alcanzado en Mar del Plata 1995. El camino vuelve a ser empinado, pero ellas andan firmes con el grito unánime de que «imposible no es nada, soñar no cuesta».

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