VISITA A CUBA DEL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA, HUGO CHÁVEZ

(14 de diciembre de 2004)

A diez años de un sueño 

NIDIA DÍAZ

Aún sin creer merecerlo, llegó a La Habana. Lo hizo en un momento difícil y aciago para el movimiento revolucionario mundial. Cuando no pocos creyeron que todo intento por un mundo mejor había llegado a su fin. Cuando muchos se apresuraron en desmarcarse de su pasado de apoyo a la Revolución cubana, así proliferaba entonces el oportunismo y la coquetería con el amo imperial.

Foto: JORGE LUIS GONZÁLEZEl Comandante en Jefe Fidel Castro y el Presidente Hugo Chávez Frías en un encuentro con estudiantes venezolanos, en el Teatro Karl Marx.

Venía de sufrir en carne propia un serio revés al ver frustrada una justa insurrección militar que lidereó porque como le había leído a Bolívar, "las gangrenas políticas no se curan con paliativos".

La propia Cuba, a la que llegó aquel 13 de diciembre de 1994, estaba sometida, como nunca antes, a un fuego cruzado y a un doble bloqueo por la simple razón de que no se dejaba vencer; y como expresión de todo ello y del triunfalismo con que Washington recibió el derrumbe y la traición del socialismo en el Este europeo, en Miami acababa de concluir la Cumbre de las Américas que, convocada por la Administración de Willian Clinton, pretendió rematar cualquier aspiración de independencia continental.

En aquellas circunstancias, el teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías, en un gesto de valentía, aceptó la invitación que desde nuestro país le cursara el Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal Spengler y a La Habana vino cargado de sueños y convicciones y, sobre todo, con el ansia de comenzar a construir lo que devino indestructible amistad a prueba de piruetas políticas.

Foto:JORGE LUIS GONZÁLEZ Chávez viajó a Cuba por primera vez en diciembre de 1994, cuando era el máximo dirigente del Movimiento Bolivariano Revolucionario-200.

Desde que puso sus pies en la losa del aeropuerto internacional José Martí, expresó: "Yo no merezco este honor, aspiro a merecerlo algún día en los meses y en los años por venir".

Cuatro años después, el 6 de diciembre de 1998, el líder del Movimiento Bolivariano Revolucionario-200 arrasó en las urnas y se alzó con la victoria en los comicios presidenciales. Al hacerlo, dio el tiro de gracia al sistema bipartidista que en esa nación andina se alternaba en el Palacio de Miraflores, depredando los destinos de los venezolanos e hipotecando su futuro.

Chávez, a pesar de la corrompida maquinaria electoral, de la feroz campaña mediática para descalificarlo y estigmatizarlo, de no contar con recursos y solo con la fuerza de sus ideas, logró imponerse y vencer.

Los cubanos no fuimos sorprendidos. El nos había dicho que "estamos en una era de despertares, de resurrecciones, de pueblos, de fuerzas y de esperanzas".

Y nos lo dijo en el Aula Magna de la Universidad el 14 de diciembre de 1994, con un optimismo fuera de toda lógica —teniendo en cuenta el escenario político internacional de entonces—, pero cargado de profundas convicciones patrióticas. Allí comenzamos a conocer mejor al Comandante Chávez y sus posibilidades infinitas de victoria.

Tres banderas enarboló como objetivos de su lucha: la bandera bolivariana y, como parte de ella, la integración continental; la del trabajo al interior de Venezuela para crear un movimiento social que no excluyera a nadie y, finalmente, la creación de un proyecto estratégico de largo alcance que hiciera nacer un modelo económico soberano y en el cual, predijo, "los cubanos tienen y tendrían mucho que aportar".

En aquella primera visita, auguró, además, que "el siglo que viene, para nosotros, es el siglo de la esperanza; es nuestro siglo, es el siglo de la resurrección del sueño bolivariano, del sueño de Martí, del sueño latinoamericano".

Hace apenas unos días que se colocó, en El Cuzco, Perú, la piedra fundacional de la Comunidad Sudamericana de Naciones. Si en 1994, la Cumbre de las Américas bajo el convite de Norteamérica intentó perpetuar el coloniaje y castrar las ansias de emancipación con la complicidad de algunos, lo que distingue el quehacer continental hoy es la conciencia de lo imperioso de la integración, como parte del combate por la soberanía y la conquista de la definitiva independencia, gracias al empuje de hombres como Chávez, y al de otros líderes hemisféricos que se suman a su sueño.

La Comunidad Sudamericana de Naciones, en ciernes, está llamada a hacer realidad un nuevo tipo de relación internacional basada en la cooperación sin condiciones y en la solidaridad. Extender el tipo de relaciones como el que se ha consolidado entre Cuba y Venezuela, afincado en el respeto mutuo, los principios y la igualdad de intereses en los que el pueblo es el depositario y el eje central. El mismo modelo de cooperación que se fragua con los acuerdos energéticos entre Venezuela y Brasil y Argentina, el que desarrolla con naciones del Caribe y al que se aspira con la creación del Canal del Sur para que la realidad y la verdad de América Latina no pasen por la manipulación y la distorsión de Estados Unidos.

Fidel, al dirigirse a su hoy entrañable amigo Hugo Chávez aquel 14 de diciembre de 1994 se refirió a algunas coincidencias históricas. Recordó nuestro Comandante en Jefe: " Martí nace 23 años después de la muerte de Bolívar pero se empató, se van empatando las generaciones de revolucionarios, las generaciones de luchadores. De estas condiciones, de estas realidades nacerá el vivero de las ideas y de combatientes". Y como para que no nos quepa duda, Hugo Chávez, nació el 28 de julio de 1954 cuando casi un año llevaba preso Fidel en la entonces Isla de Pinos por el ataque al Cuartel Moncada.

Chávez y Fidel se han empatado en el tiempo revolucionario y se levantan como paradigmas de la sociedad nueva, de esa de la que nuestra América ha estado grávida por tantos años, esperando a hombres como ellos que sepan alumbrarla.

Una década es apenas un segundo en la historia de la humanidad, quizás menos , pero sobre todo a partir del triunfo de Chávez se ha demostrado cuánto se puede hacer en el rescate de la unidad nacional y continental, por dignificar a las masas siempre engañadas y oprimidas.

El camino no le ha sido fácil a Hugo Chávez. Como a El Libertador, a él también se le podrá recordar como el hombre que supo enfrentar y vencer las dificultades.

Desde aquel 2 de febrero de 1999 en que recibió la banda presidencial en el Palacio Legislativo de Caracas, los remedos de la exigua y magra oposición, representante de la oligarquía venezolana y soporte de una sociedad decadente, en franca comunión con los intereses de Washington, no le han dado tregua y no se la han dado porque no ha cesado un solo minuto de construir un modelo de sociedad en el que la democracia sea participativa, en el que no haya exclusiones sociales, en el que la educación y la salud sean derechos fundamentales para todos.

Es la sociedad de las Misiones: Barrio Adentro, Robinson, Ribas, Sucre. La sociedad que tiende la mano a sus vecinos caribeños cuando un fenómeno natural los castiga; la que preconiza y suscribe relaciones económicas y comerciales justas; la que no impone condiciones y la que eleva la voz en cualquier foro internacional para defender y acompañar las causas más justas.

Esto es lo que no le pueden perdonar al vigoroso mandatario venezolano y, sobre todo, su lealtad con el pueblo de Cuba y las múltiples e inocultables expresiones de amistad con Fidel.

La historia la conocemos. La guerra mediática, el paro empresarial y petrolero dirigido a apuñalar el corazón mismo de la economía venezolana y luego el golpe fascista que en uno de sus primeros por cuantos, eliminó el nombre de República Bolivariana de Venezuela. Mirándolo con frialdad y a distancia fue quizás lo más cuerdo que hicieron en aquellas locas 47 horas de facto porque jamás Bolívar hubiera estado en el convite de la traición. Y, como si faltara algo al libreto, la desacreditada oposición se la jugó al someter a referéndum revocatorio a quien es ya el alma de la nación venezolana, pretendiendo sacarlo del poder, con olvido total de que quienes lo llevaron a Miraflores y lo rescataron del encierro a que lo sometieron los fascistas, son los mismos que llenan por millones las calles de Caracas al grito triunfal: Chávez no se va. Ese Referéndum ratificó la estirpe de triunfador de este hombre salido de las entrañas mismas del llano venezolano.

 

   

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