Cuba contra los huracanes

Recuerdos del ciclón Flora

La estrategia cubana de defensa contra los huracanes, que hoy se vuelven más violentos y destructores, comenzó a forjarse durante la recuperación tras el paso del más famoso entre cuantos nos han azotado en los últimos 40 años. Entonces, como ahora, Fidel estuvo al frente de la pelea de los cubanos contra estos "demonios" de la Naturaleza 

MARTA ROJAS

Es cosa rara que parezca que los huracanes siempre nos sorprenden, cuando son parte de nuestra cultura y de nuestra historia. Será porque no podemos quererlos. Esto, sin embargo, no significa que nuestra institución meteorológica los ignore. Todo lo contrario, ahora más que nunca se sigue minuto a minuto la trayectoria de estos fenómenos gracias al desarrollo de la tecnología y a la devoción de los científicos. Hace años, a propósito del ciclón Flora —tal vez el más famoso y sin duda el más trágico de los últimos cuarenta años—, leí El huracán, libro extraordinario de Don Fernando Ortiz, que se remonta a la época de los indocubanos e incluye en su contenido símbolos arqueológicos, dibujos y anécdotas, los más de los Colón (Cristóbal y Diego), así como de Botasilla y Las Casas.

La caprichosa y fatal trayectoria del Flora.

Las primeras descripciones de este fenómeno tan propio del Caribe las hicieron los antes mencionados. "Son grandes tempestades por la mar y por la tierra, que no dejan cosa que no destruyan y echen a perder todo, naos en la mar y las heredades y edificios en la tierra", escribió de los huracanes fray Bartolomé de las Casas. Según Don Fernando Ortiz en El huracán, Pedro Mártir de Anglería hacía notar en sus famosas cartas que las casas de los indios, entramadas con bexuco —o sea los bohíos—, se mantenían más firmes contra los huracanes que las hechas por los españoles con tablas engalabernadas con clavos. Los españoles conquistadores de América, escribía Ortiz, pronto debieron darse cuenta del carácter giratorio de los ciclones o huracanes y los refirieron a "los cuatro vientos".

Fidel en el anfibio, en medio de
 aquel Amazonas de aguas turbias.

Las palabras de algunos de aquellos pioneros nos servirían para describir hoy cómo fue el famoso Flora, aunque no se caracterizara este por sus fuertes vientos: "...llevó a muchas personas el viento en peso, sin tocar ni poderse tener en tierra, mucho trecho... E mucho descalabró é lastimó malamente. E arrancó piedras, e abatió bosques espesos de árboles, e fue muy grande y general en toda esta isla el daño que hizo esta tormenta o huracán". También habla del agua y de las poderosas inundaciones el cronista autor de esta cita, y puede deducirse de su descripción que si Colón hubiese encontrado un huracán en octubre de 1492, no habría "descubierto" el Nuevo Mundo.

VALENTINA Y FLORA

En las Mesas Redondas a las que concurrió en los días en que Iván era una seria amenaza para Cuba, Fidel, como testigo excepcional de los huracanes que nos han azotado en más de cuatro décadas, mencionó al famoso Flora, el más errático en su rumbo, el de ir y venir haciendo un lazo, del cual yo también tengo recuerdos imborrables.

Foto: ANDRÉS TEJEIROEl salvamento y los primeros pasos
 de la recuperación contaron con la ayuda del Ejército Rebelde.

Fue en octubre. El día primero de ese mes los periódicos publicaron la Nota Meteorológica advirtiendo de la proximidad del sexto ciclón del año, que en esa fecha abatía ya a la isla de Trinidad y a otras en las Antillas, con vientos de 85 millas según el observatorio de Puerto Rico. Pero esa no era aún la noticia. Los cintillos de todos los diarios y las menciones de la radio y la televisión se concentraban en la llegada a Cuba de Valentina Tereshkova, la primera mujer cosmonauta del mundo, lanzada al espacio por la Unión Soviética.

Todos los periodistas estábamos atentos a ese suceso. Hoy no es tan extraordinario que un ser humano viaje al espacio, pero entonces sí, y tratándose de la primera mujer, más aún. Fue recibida por el Gobierno Revolucionario en pleno, encabezado por el Comandante Fidel Castro, y por multitudes a lo largo y ancho de muchas avenidas. Al día siguiente, junto con los programas oficiales de la ilustre huésped, aparecían nuevos partes del ciclón, sin peligro inminente para Cuba todavía. Pero la situación fue cambiando: en horas, el Flora amenazaba a Camagüey y Oriente. Tereshkova, entre tanto, experta en vuelos de aviones de combate Mig 15, piloteaba un IL 14 hasta Varadero. Ya se sentían efectos del ciclón.

Hubo una recepción en honor de la visitante en el antiguo Palacio Presidencial, a la que asistió Fidel. Como solía ocurrir, toda la prensa estaba en el Salón de los Espejos. No había terminado la recepción cuando Fidel se retiró. Iba hacia donde, según los pronósticos, estaría el huracán. La alerta llegaba desde Las Villas y Camagüey. El Flora estaba en Cuba. Valentina se ofreció para ayudar en lo que pudiera, pero no se le permitió que corriera ningún riesgo.

Foto: LIBORIO NOVALFidel estuvo todo el tiempo 
al frente de las operaciones 
de auxilio a los damnificados.

Al mismo tiempo se libraba una batalla en Naciones Unidas contra los atroces y sistemáticos planes norteamericanos contra Cuba, que entonces solo tenía relaciones en el continente con México y Canadá. Como si fuera poco, los corresponsales daban la noticia de un ataque pirata de la CIA por Cayo Güin, en Baracoa. Fue destruido un aserradero, pero era ya de tal peso la noticia del huracán que esta otra pasaba a un plano de menos interés. Los periodistas, quienes habían ido abandonando la recepción de Palacio, llenaron las redacciones. Su nuevo rumbo lo trazaba el Flora, saber cómo llegar a Oriente era la prioridad. No hubo medio que no se movilizara: por carretera, en aviones de fumigación, helicópteros, botes de remos o motor, e incluso anfibios de las Fuerzas Armadas.

CUERPO A CUERPO CON EL CICLÓN

Hubo episodios, allí donde azotaba el ciclón, de una fuerza dramática incomparable con cualquiera otra que hayamos podido vivir después:

Fidel dirigía las operaciones de auxilio. En esa labor estuvo a punto de sufrir un accidente: el vehículo anfibio en el que iba por el río La Rioja, con el comandante Vallejo como ayudante, estaba sobrecargado de gente y abierto atrás. La agilidad y audacia de un campesino evitaron que las aguas lo arrastraran: metió al río un camión Zil provisto de sogas y pudo impedir el accidente. Pero la preocupación y meta de Fidel era el lugar de mayor peligro: el río Cauto, convertido en un "Amazonas embravecido". Según se dijo entonces, las aguas de nuestro río principal se extendieron fuera de su cauce unos 20 kilómetros, arrasando cuanto obstáculo pueda imaginarse: troncos, tejas, reses...

Desolación y muerte en
kilómetros y kilómetros
 del territorio oriental.

"Nosotros llegaremos allá", al Cauto, decía Fidel. Anfibios y helicópteros fueron los medios idóneos para avanzar, pero no se desestimaron ni el bote ni el caballo. Apenas podía verse a 50 metros de distancia, en un ambiente brumoso.

Las montañas más débiles amenazaban con desmoronarse. No hubo que esperar demasiado, Pinalito sucumbió. Por allí vivían muchos campesinos, entre ellos haitianos y jamaicanos, "inmigrantes indeseables", quienes durante años venían a trabajar en las zafras y luego permanecían en la Isla para la recogida del café.

Mientras por todas partes se brinda ayuda, Fidel está pensando en la reconstrucción y en cómo evitar la catástrofe que cobraría miles de vidas. El presidente del Instituto de Recursos Hidráulicos, comandante de la Sierra y del Llano, Faustino Pérez, es mandado a llamar, junto con su equipo de expertos, para reordenar el proyecto hidráulico iniciado por la Revolución. Sobre la capota de un yipi abren un mapa, y con los ingenieros, estudian los primeros pasos.

Líneas del ferrocarril en Oriente
 y en gran parte de Camagüey
 retorcidas o desprendidas. 

En cuanto a Pinalito, una de las primeras medidas de la reconstrucción fue reparar una injusticia: los haitianos y jamaiquinos, y sus descendientes, cobrarían por primera vez en su vida un seguro social.

El salvamento y los primeros pasos de la recuperación contaron con la ayuda fundamental del Ejército Rebelde, cuyo Cuerpo de Ingenieros, sin la experiencia de los linieros eléctricos y otros trabajadores de hoy, se lanzaron ordenadamente a tareas como la construcción de puentes, que al igual que las carreteras, el ciclón había levantado en Oriente y en parte de Camagüey.

EL SUDARIO DE SACO Y LAS VACAS LOCAS

Los pilotos de helicópteros del Ejército laboraban día y noche, buscando entre las tinieblas grupos de personas en los techos de las casas que afloraban en medio de las aguas. Hubo un caso excepcional, que fotografió Liborio Noval, del diario Revolución. Una familia pedía auxilio. El helicóptero se acercó, con la orden por anticipado de salvar al máximo posible de personas de acuerdo con su capacidad de carga. La familia quería que subieran con ella un saco de yute a todas luces muy pesado, y los pilotos que no. Pues, entonces, dijeron los que estaban en el techo, ellos se quedaban junto al saco, porque dentro estaban ¡sus muertos que habían rescatado de la corriente y querían sepultarlos! El saco fue izado.

En medio de las noticias trágicas que llenaban los periódicos y ocupaban casi todo el espacio en los demás medios, los pescadores de Manzanillo anunciaron que escuchaban bramidos de reses en los cayos cercanos. Eran reses embravecidas. Monteros de la zona llegaron en botes. Las reses estaban vivas pero malheridas, con los vientres hinchados a reventar porque el agua furiosa del Cauto les había penetrado por el ano, arrastrándolas hacia los cayos adonde corrían como fieras desesperadas. Pescadores y campesinos se unieron y con lazos y trampas las capturaban e iban subiéndolas a las patanas. Un veterinario a bordo las examinaba y aquellas cuya carne podía aprovecharse, eran sacrificadas y destazadas en las mismas patanas, que luego las llevaban al frigorífico de Manzanillo. Este espectáculo insólito, igual que otros de similar dramatismo, me serviría años después como base para una novela sobre el Caribe, los huracanes y las migraciones de jamaicanos y haitianos a causa de estos despiadados fenómenos naturales. (1)

Semanas después del balance de las pérdidas —cultivos arrasados por las aguas, líneas del ferrocarril en Oriente y en gran parte de Camagüey retorcidas o desprendidas, más de la mitad del territorio nacional afectado por el ciclón...— en el sector pecuario se anunciaba que la ganadería de Oriente sería repoblada con animales de Occidente. El Consejo de Ministros acordaba dedicar, solo para planes hidráulicos, 200 millones de pesos.

Una vez más, en medio de todo, Fidel convertía el revés en victoria: la construcción de presas iniciada entonces sería el gran paso adelante para evitar que se repitiera en Cuba tan grande desastre.

BUEN VECINO HIPÓCRITA

En medio de aquel panorama desolador, el Gobierno de los Estados Unidos ofrecía una ayuda. Carlos Lechuga, embajador cubano en la ONU, recibía la orden de rechazarla. Luego Fidel, en comparecencia por televisión explicaba que aquel no era más que un gesto hipócrita del "buen vecino", y lo demostraba enseñando ante las cámaras minas imantadas que mercenarios al servicio del Gobierno yanki tenían planeado colocar para destruir medios de transporte e industrias, parte de la poca riqueza que le quedaba al país en aquellas condiciones. Los agentes de la CIA encargados de esa misión terrorista fueron capturados el 31 de octubre de 1963, cuando todavía se trabajaba para borrar las profundas huellas del Flora, un trabajo que demoraría años y recabaría el valor de todo un pueblo que ofreció a las víctimas del desastre ropas, alimentos, zapatos y otros bienes escasos para todos. No faltó la solidaridad internacional, de países como la antigua Unión Soviética y Argelia, entre otros, y de personas amigas.

Cuba, otra vez, y una vez más con Fidel al frente, capeaba el temporal.

(1) El Columpio, de Rey Spencer, Letras Cubanas.

11-10-2004

Cuba contra los huracanes