Aquel Fidel escrito con sangre aún nos corta el aliento

Hace 43 años, el destacado periodista Santiago Cardosa Arias publicó un reportaje en el periódico Revolución, con la reconstrucción de aquel último aliento de un joven revolucionario que lo llevó a escribir con su sangre un mensaje: FIDEL

SANTIAGO CARDOSA ARIAS

—¡¡Laplace!!... ¡¡Laplace!!... ¿Estás bien? Dime. ¿Cómo estás?

—¡Bien!... ¡¡Tírate al suelo!! ¡Otro avión!

El joven que gritó primero vio venir el B-26 vomitando fuego. Ya el compañero interrogado en medio del estrépito de las calibre “50” se había regado por el pasillo que comunicaba con el dormitorio de donde salió la voz. El “pase” del B-26 con sus ocho ametralladoras dejó sus huellas destructivas en la gruesa pared. El estremecimiento inclinó el reloj, ligeramente. Marcaba las 5 y 50 de la mañana. De un buró saltó un pequeño almanaque. El joven, también tirado en el suelo, miró la fecha: 15 de abril de 1961.

Afuera, frente al edificio central del Cuerpo de Operaciones de las FAR, se oía el ruido, confuso, torpe, de los hombres sorprendidos por el ataque aéreo. Todos corrían a sus puestos de combate, en busca de sus armas.

—¡¡Avión!! ¡¡Viene otro!!

El sol ascendía lentamente y ahora era fácil advertir los grises vientres artillados de los dos B-26 enemigos. Por tres minutos las máquinas yankis sobrevolaron la pista y el edificio de las Fuerzas Aéreas Revolucionarias.

5 y 51 minutos. Carlos Laplace Martínez, de la Batería 6, y Eduardo García Delgado, artillero de las “4 bocas”, permanecen aún en el segundo piso. Cristales, muebles, libros, han sido convertidos en escombros por las ráfagas. Todo está revuelto, destruido.

—¿Estás bien, Laplace? —vuelve a preguntar Eduardo.

—Sí. ¿Qué pasará allá abajo?

5 y 52 minutos. El combatiente que inquiría constantemente por su compañero abandonó su posición de refugio. Cruzó el pasillo, rumbo a la habitación contigua, en busca de su “metralleta”.

—¡Tírate, Eduardo! ¡¡Viene otro...!!

El seco tabletear de las “50” ahogó la frase. El B-26 voló tan bajito, que parecía iba a aterrizar en la pista agujereada por la metralla. En un rápido movimiento, “la panza” del aparato casi roza el edificio, a la par que las “50” dejan escapar su mensaje de muerte. Eduardo, sin tiempo para lanzarse al piso, exhibe en el costado derecho una simétrica costura de balas: solo está herido a sedal.

Laplace le mira el rostro y ve, no el dolor, sino la indignación, la impotencia del herido que no ha tenido tiempo de llegar a su “metralleta” y mucho menos a la “4 bocas” emplazada cerca de la pista. El B-26 yanki tiene que alejarse. Las piezas antiaéreas ya están llenando su cometido, y todo el escenario atacado es un infierno. Los compañeros de Laplace y Eduardo también utilizan sus “Fal”.

5 y 53 minutos. Carlos Laplace se incorpora. Ya cerca de Eduardo, ve la sangre que fluye de su herida. En los ojos del herido hay un odio cuando mira hacia el cielo por la ventana acribillada. —Mi “metralleta”...

Ha sido casi un susurro. Los disparos no dejan oír las órdenes que imparten los superiores. Laplace agarra por una mano a su amigo y compañero. Aquella mano llevaba unos segundos extendida, reclamando ayuda para ir en busca del agresor. La sangre salía. El pasillo se fue manchando, pero Eduardo no se quejaba.

Los gritos de afuera anunciaban una nueva y última incursión del B-26. Laplace lo ve venir. Siente la mano de Eduardo que se le va de dentro de la de él. El herido hace un esfuerzo por incorporarse. Pero no puede. Se arrastra hasta la puerta, mientras su compañero, llevándose la mano a la cabeza y pegando todo lo posible su cuerpo al suelo, espera. El aparato se acerca. Sus motores retumban en los oídos de los dos combatientes acorralados en el segundo piso. El tiempo se ha detenido.

—F — I — D — E — L

La mano firme de Eduardo le gana un tiempo, un mínimo segundo, a los tripulantes del B-26. Cada vez está más cerca el enemigo. Las paredes, el cemento, y la madera de las ventanas, saltan al aire como serpentinas. Eduardo ahora no gritaría nada al compañero. Mira para la puerta y ve las letras escritas con su sangre. Es un FIDEL escrito uniformemente. Rojo, que sobresalía entre el polvo levantado por la metralla.

Esperar. Segundo que no pasa como si el reloj también estuviese herido de muerte. El B-26 repitió la operación anterior. Ahora, además del fuego de ametralladora, ha lanzado dos “rockets”. Laplace ve venir los proyectiles directamente sobre ellos. Siente el silbido sobre su cabeza. Y al fondo, a un lado, donde Eduardo mira el FIDEL, la explosión levanta, estrepitosamente, todo lo que hay en la pequeña habitación. Incluyendo el cuerpo de Eduardo.

Una estela de humo negro, espeso, deja el B-26 en la retirada. Uno de sus motores ha sido tocado por los compañeros de Eduardo y Laplace. Al avión lo devora el horizonte. El reloj marca las 5 y 53 minutos, con 30 segundos.

El joven miliciano, instructor revolucionario que llegó a convertirse en el Segundo del teniente Pedro Hernández Alpízar, yace a unos pasos de su “metralleta” que no pudo alcanzar. Está con ropa interior, forma en que fue sorprendido. Cerca están, destrozados, los libros que leía todas las noches. Y los libros donde apuntaba las distintas posiciones de las compañías de combate para enviarles los periódicos, las revistas y otros materiales de lectura que sus compañeros esperaban con ansiedad “en algún lugar de Cuba”.

Hay otros recuerdos de Eduardo García Delgado, de 29 años. La metralla destruyó las notas que guardaba celosamente sobre su participación en el curso de alfabetización de las FAR. Él había sido uno de los maestros. La pequeña habitación quedó llena de otros recuerdos acumulados desde octubre de 1960 en que ingresó en la compañía de milicianos en el campamento aéreo de Marianao. Siempre activo, noble, desinteresado por el dinero; siempre revolucionario.

Pero la metralla no destruyó sus letras rojas, su mensaje: FIDEL.

El “Profe”

Uno de los nueve hijos de Ángel García y María Delgado, Eduardo, nació en Cienfuegos el 13 de octubre de 1935. Su familia se dedicaba a labores del mar en la zona costera sur del centro de la Isla, entre Cienfuegos y Trinidad.

Estudió en el Instituto de su tierra natal hasta el segundo año del Bachillerato. Al morir el padre, Eduardo se traslada a La Habana para aliviar la precaria situación económica de su familia. Encontró empleo, por 45 pesos mensuales, en una oficina de la calle Chacón, en La Habana Vieja. Esa labor la alternó con clases nocturnas de Mecanografía y Taquigrafía.

Cuando Fidel hizo un llamado a los milicianos, en un acto efectuado en la Universidad de La Habana, Eduardo dio el paso al frente y se integró a las Fuerzas Armadas Revolucionarias, donde se formó como artillero e instructor revolucionario, tarea que le ganó el apodo de “El Profe”.

El 15 de abril de 1961, cuando se produjo el ataque aéreo mercenario organizado por el gobierno de Washington, Eduardo se encontraba en uno de los tres puntos que bombardearon las fuerzas enemigas: el aeropuerto militar de Ciudad Libertad.

La sangre numerosa

Para Eduardo García, miliciano que antes de morir escribió con su sangre el nombre de Fidel

Cuando con sangre escribe 
Fidel este soldado que por la Patria 
muere,
no digáis miserere:
esa sangre es el símbolo de la
Patria que vive.
Cuando su voz en pena,
lengua para expresarse parece que
no halla,
no digáis que se calla,
pues en la pura lengua de la Patria
resuena.
Cuando su cuerpo baja
exánime a la tierra que lo cubre 
ambiciosa,
no digáis que reposa, 
pues por la Patria en pie 
resplandece y trabaja.

Ya nadie habrá que pueda
parar su corazón unido y repartido.
No digáis que se ha ido:
su sangre numerosa junto a la Patria queda


NICOLÁS GUILLÉN

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