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(4 de mayo de 2011)

Yo fui el más pequeño de los combatientes de Playa Girón

RAMÓN JEREZ CARMENATE

Con apenas 13 años de edad, que cumplí el 20 de agosto de 1960, ingresé en las milicias junto a mi hermano Luis, que había nacido en el 46.

Somos de una colonia cañera llamada Sao, en el antiguo central Francisco, actual Amancio Rodríguez, mi casa era un cuartel del Ejército Rebelde, y mi padre fue mensajero y combatiente del comandante Camilo Cienfuegos, a su paso por allí cuando la invasión hacia Yaguajay.

Después del 1º de enero de 1959 vinimos con el viejo para La Habana, y el capitán Osmany nos puso a estudiar con su secretaria, y así pudimos aprender algo, pero la cosa se fue poniendo mala por culpa de los yankis, y decidimos hacernos milicianos.

El viejo trató de persuadirnos y nos habló de las Patrullas Juveniles y los Jóvenes Rebeldes, pero nosotros siempre quisimos hacer lo que no habíamos podido realizar durante la guerra: combatir frente a frente al enemigo.

Así, en Jaimanitas, donde residíamos, nos permitieron al fin ser milicianos, aunque por lo menos a mí me pusieron tremendas trabas por la edad, y ni yo mismo recuerdo cómo fue que me aceptaron.

El fusil FAL que me asignaron era casi más grande que yo, pero me las arreglé para entenderme con él.

Nos incorporamos al segundo curso de artillería antiaérea en la Base Granma en enero de 1961, y durante la caminata de los 62 kilómetros, mi hermano y yo, acostumbrados a caminar y correr por los montes, íbamos de una punta a la otra de aquella larga columna, dándole ánimo a los demás para que nadie se rajara y todos llegaran al final.

Durante el curso nos fue bien, y de vez en cuando hacía alguna maldad y chiquillada, porque a cada rato me salía lo de niño a flor de piel, ya que esa es la edad de los juegos y los lápices y las libretas, y yo andaba ya con fusiles y balas y ametralladoras.

Siempre me perdonaban por ser el más chiquito, aunque los tenientes me metían tremendas descargas y me ponían castigos de cuclillas, planchas y esas cosas. Pero la verdad es que los Carmenate siempre andábamos inventando algo y nos decían que éramos las mascotas de la artillería.

El 17 de abril por la mañana, mi batería que era la J, fue enviada hacia la zona de combates, que ni siquiera sabíamos dónde se encontraba. Salimos con las seis piezas de cuatro bocas checas, calibre 12,7, y al pasar por los pueblos la gente nos saludaba y nos gritaban consignas de apoyo y aliento.

Al llegar al central Australia, algunos soldados y milicianos nos miraban asombrados y decían que éramos unos chiquillos. Recuerdo que uno dijo: "si este es el refuerzo que nos va a proteger, estamos bien jodidos... ".

Después demostramos que estaba equivocado, porque los muchachitos de las cuatro bocas les dimos duro a los aviones mercenarios, y a los que no derribamos, les impedimos que cumplieran su misión de masacrar a la población y atacar a nuestras tropas.

Durante esos días sentí como si estuviera fajado con los "casquitos" de la tiranía en la Sierra Maestra o en los llanos de Camagüey y Las Tunas.

El 18 de abril, a la entrada de Playa Larga, supe de verdad lo que era el combate contra los aviones, pues nos enfrentamos a dos B-26 enemigos. Ya por la tarde volvimos a la carga, y si no es porque se había cambiado una pieza de su lugar de emplazamiento, nos hubieran ocasionado varios muertos, porque un rocket cayó donde mismo estuvo emplazada.

Después continuamos el avance hacia Playa Girón, y el 19 por la mañana nos recibieron con una verdadera lluvia de morterazos, cañonazos y ráfagas de ametralladoras 50. Allí resultaron heridos varios compañeros, y cayó combatiendo Juan Domingo Cardona, que no era de mi batería, pero por falta de un chofer, se incorporó a nosotros en la Boca de la Laguna del Tesoro.

También vi caer a varios combatientes de la PNR, que avanzaban junto a nosotros. Esas escenas de ver a compañeros heridos y muertos, lejos de darte miedo, te hacen combatir con más odio y rencor al enemigo.

Por fin los mercenarios comenzaron a rendirse y a huir, y entramos en Playa Girón junto con el Batallón de la Policía, cuyos integrantes se prendieron duro, pero duro de verdad.

Allí, para mi sorpresa, nos encontramos con el viejo, quien nos dijo que era un orgullo para él ver a sus dos hijos combatiendo como verdaderos soldados. Nos separamos y no volvimos a vernos hasta muchos días después, ya de pase en la casa.

Participé también en la búsqueda y captura de mercenarios escondidos en los montes, y en otros lugares. Recuerdo que estando en una de las cabañas de Girón, detrás de un refrigerador que estaba tapado con una lona, vi un par de botas y aquello me extrañó. ¡Y resulta que era uno de los mercenarios que se cagó del susto y nos pedía que no lo matáramos!

Le dije que no éramos asesinos como ellos, y que sabíamos respetar a los prisioneros, y lo entregamos a los compañeros encargados de custodiarlos.

De regreso a La Habana, subimos en mi camión un fragmento del avión que derribaron nuestros compañeros cerca del central Australia, y que hoy se exhibe en el Museo de la Revolución.

Después seguí un tiempo en las Fuerzas Armadas Revolucionarias, y cuando me desmovilicé pasé a trabajar como operador de equipos pesados en la construcción de carreteras y presas en Pinar del Río.

Posteriormente cumplí una misión internacionalista en Angola, entre 1977 y 1979, también como artillero antiaéreo.

Yo no sabía que había sido el más pequeño de los combatientes de Playa Girón, pero el periodista José Mayo, compañero nuestro de la artillería antiaérea y autor del libro Los niños héroes de Playa Girón, asegura que sí.

Y aquí estoy, ya no tan chiquito, pero sí con el mismo entusiasmo de siempre y mayor fidelidad a nuestro Comandante en Jefe, a quien algún día quisiera tener el honor de conocer personalmente, para nada más decirle: ¡Ordene... !

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