Quizás el más difícil de todos los problemas: la discriminación racial

(Comparecencia del Comandante en Jefe Fidel Castro en el Canal 12 de televisión. La Habana, 25 de marzo de 1959.)

[...] El problema de la discriminación racial es, desgraciadamente, uno de los problemas más complejos y más difíciles de los que la Revolución tiene que abordar. El problema de la discriminación racial no es el problema del alquiler, no es el problema de las medicinas caras, no es el problema de la Compañía de Teléfonos, no es ni siquiera el problema del latifundio, que es uno de los problemas serios que nosotros tenemos que encarar.

Quizás el más difícil de todos los problemas que tenemos delante, quizás la más difícil de todas las injusticias de las que han existido en nuestro medio ambiente, sea el problema que implica para nosotros el poner fin a esa injusticia que es la discriminación racial, aunque parezca increíble.

Hay problemas de orden mental que para una revolución constituyen valladares tan difíciles como los que pueden constituir los más poderosos intereses creados. Nosotros no tenemos que luchar solamente contra una serie de intereses y de privilegios que han estado gravitando sobre la nación y sobre el pueblo; tenemos que luchar contra nosotros mismos, tenemos que luchar muy fuertemente contra nosotros mismos. [...]

[...] Y yo me pregunto qué diferencia hay entre una injusticia y otra injusticia, qué diferencia hay entre el campesino sin tierra y el negro al que no se le da oportunidad de trabajar. ¿Es que no se muere igualmente de hambre el negro que no trabaja como el campesino que no tiene tierra?

¿Y por qué la Revolución ha de tener la obligación de resolver las otras injusticias, y no va a estar en la obligación de resolver esa? [...]

[...] Sin embargo, hay gente que va a la iglesia y es racista, hay gente que se llama revolucionaria y es racista, hay gente que se llama buena y es racista, hay gente que se llama culta y es racista.

Y acaso he venido yo a tratar esta injusticia, que la traté con todo el cuidado con que un gobernante debe tratar los problemas de su país, porque dije bien claramente que no debiera ser necesaria una ley para que se pusiera fin a una injusticia semejante que nacía de un prejuicio absurdo. Y yo soy de los que creen que los prejuicios no se combaten con leyes; se combaten con argumentos, se combaten con razones, se combaten con persuasión, se combaten con la educación [...].

[...] Y dije bien claramente que había dos tipos de discriminación: una en el trabajo y otra de carácter cultural —si se quiere—o de recreo; que la que resultaba verdaderamente cruel, que la que resultaba verdaderamente inhumana era aquella que le negaba a un hombre, a un cubano, a un hermano, por ser negro, la oportunidad de ganarse la vida trabajando.

Dije que no solamente teníamos que hacer campañas en los centros de trabajo, una campaña nacional para que tuvieran igualdad de oportunidades; dije que era un problema de educación, que si los educaban separados era lógico que después no pudiesen trabajar juntos, ni vivir juntos, ni divertirse juntos; dije que era lógico que si los hijos de la aristocracia se educaban aparte, después albergasen prejuicios raciales, no pudiesen sentirse habituados al trato igualitario y fraternal con aquellos cubanos que no fuesen del mismo color.

Hay gente muy humilde que también discrimina, hay obreros que también padecen de los mismos prejuicios de que pueda padecer cualquier señorito adinerado. Y eso es lo que resulta todavía más triste.

Porque si aquí los que hubieran protestado de que yo abordara el problema de la discriminación, hubiesen sido los mismos que tienen latifundios, que tienen rentas, aquellos a quienes las leyes de la Revolución hubiesen perjudicado, tendría una lógica; pero lo absurdo, lo que debe obligar al pueblo a meditar, es que haya levantado ronchas entre gente que ni tiene latifundios, ni tiene rentas, ni tiene nada, que no tiene más que prejuicios en la cabeza. Y eso es realmente lo doloroso. Lacra que hay que decírsela al pueblo, lacra que hay que aquí escribirla y hablarla; prejuicios que hay que erradicar, no por la ley, porque quién le va a quitar un error de la cabeza a nadie con una ley; hay que hablarle y persuadirle, demostrarle —porque para eso es un pueblo inteligente, este es un pueblo que razona, este es un pueblo que oye—. Este no es un pueblo de fanáticos. Este es un pueblo de gente de inteligencia despierta, a quienes las luces de la razón les tienen que penetrar [...].

   

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