[...] El problema de la discriminación racial es,
desgraciadamente, uno de los problemas más complejos y más difíciles
de los que la Revolución tiene que abordar. El problema de la
discriminación racial no es el problema del alquiler, no es el
problema de las medicinas caras, no es el problema de la Compañía de
Teléfonos, no es ni siquiera el problema del latifundio, que es uno
de los problemas serios que nosotros tenemos que encarar.
Quizás el más difícil de todos los problemas que
tenemos delante, quizás la más difícil de todas las injusticias de
las que han existido en nuestro medio ambiente, sea el problema que
implica para nosotros el poner fin a esa injusticia que es la
discriminación racial, aunque parezca increíble.
Hay problemas de orden mental que para una
revolución constituyen valladares tan difíciles como los que pueden
constituir los más poderosos intereses creados. Nosotros no tenemos
que luchar solamente contra una serie de intereses y de privilegios
que han estado gravitando sobre la nación y sobre el pueblo; tenemos
que luchar contra nosotros mismos, tenemos que luchar muy
fuertemente contra nosotros mismos. [...]
[...] Y yo me pregunto qué diferencia hay entre una
injusticia y otra injusticia, qué diferencia hay entre el campesino
sin tierra y el negro al que no se le da oportunidad de trabajar.
¿Es que no se muere igualmente de hambre el negro que no trabaja
como el campesino que no tiene tierra?
¿Y por qué la Revolución ha de tener la obligación
de resolver las otras injusticias, y no va a estar en la obligación
de resolver esa? [...]
[...] Sin embargo, hay gente que va a la iglesia y
es racista, hay gente que se llama revolucionaria y es racista, hay
gente que se llama buena y es racista, hay gente que se llama culta
y es racista.
Y acaso he venido yo a tratar esta injusticia, que
la traté con todo el cuidado con que un gobernante debe tratar los
problemas de su país, porque dije bien claramente que no debiera ser
necesaria una ley para que se pusiera fin a una injusticia semejante
que nacía de un prejuicio absurdo. Y yo soy de los que creen que los
prejuicios no se combaten con leyes; se combaten con argumentos, se
combaten con razones, se combaten con persuasión, se combaten con la
educación [...].
[...] Y dije bien claramente que había dos tipos de
discriminación: una en el trabajo y otra de carácter cultural —si se
quiere—o de recreo; que la que resultaba verdaderamente cruel, que
la que resultaba verdaderamente inhumana era aquella que le negaba a
un hombre, a un cubano, a un hermano, por ser negro, la oportunidad
de ganarse la vida trabajando.
Dije que no solamente teníamos que hacer campañas en
los centros de trabajo, una campaña nacional para que tuvieran
igualdad de oportunidades; dije que era un problema de educación,
que si los educaban separados era lógico que después no pudiesen
trabajar juntos, ni vivir juntos, ni divertirse juntos; dije que era
lógico que si los hijos de la aristocracia se educaban aparte,
después albergasen prejuicios raciales, no pudiesen sentirse
habituados al trato igualitario y fraternal con aquellos cubanos que
no fuesen del mismo color.
Hay gente muy humilde que también discrimina, hay
obreros que también padecen de los mismos prejuicios de que pueda
padecer cualquier señorito adinerado. Y eso es lo que resulta
todavía más triste.
Porque si aquí los que hubieran protestado de que yo
abordara el problema de la discriminación, hubiesen sido los mismos
que tienen latifundios, que tienen rentas, aquellos a quienes las
leyes de la Revolución hubiesen perjudicado, tendría una lógica;
pero lo absurdo, lo que debe obligar al pueblo a meditar, es que
haya levantado ronchas entre gente que ni tiene latifundios, ni
tiene rentas, ni tiene nada, que no tiene más que prejuicios en la
cabeza. Y eso es realmente lo doloroso. Lacra que hay que decírsela
al pueblo, lacra que hay que aquí escribirla y hablarla; prejuicios
que hay que erradicar, no por la ley, porque quién le va a quitar un
error de la cabeza a nadie con una ley; hay que hablarle y
persuadirle, demostrarle —porque para eso es un pueblo inteligente,
este es un pueblo que razona, este es un pueblo que oye—. Este no es
un pueblo de fanáticos. Este es un pueblo de gente de inteligencia
despierta, a quienes las luces de la razón les tienen que penetrar
[...].