A toda máquina, rumbo a Cuba

Heberto Norman Acosta
Investigador histórico Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado

(Tomado del libro La palabra empeñada)

Todos descienden de los vehículos y aguardan unos minutos en un pequeño bosquecito, hasta emprender el camino a pie y en silencio, guiados por algunos compañeros. Llovizna constantemente y hace mucho frío. Los zapatos se hunden en el fango. En pequeños grupos avanzan por los oscuros callejones, guiados por compañeros apostados a cierta distancia. Desde su llegada, Juan Manuel Márquez colabora también en esta tarea.

Miguel Saavedra, Cándido González, Fidel Castro y Faustino Pérez (de izquierda a derecha), durante los últimos días en México.

Poco después, arriban también al punto indicado en la carretera los autos que conducen a los combatientes procedentes de Veracruz y Xalapa, los dejan en la cuneta, sacan todo lo que llevan de los maleteros y comienzan a caminar en fila, bajo una fría llovizna. Norberto Collado y un grupo caminan hasta encontrar un compañero armado y con capa que en la oscuridad les indica que continúen por allí directo. Arnaldo Pérez camina unos doscientos metros aproximadamente, cuando se encuentra la primera posta, en una montecito. No puede identificar quién es, pues está oscuro. Tiene un arma en la mano, al parecer una Thompson, y le dice que siga. Y cuando camina un tramo más, encuentra otra posta. Así va encontrando varias postas en el camino.

Algo más tarde, llega al punto indicado en la carretera el auto que conduce al grupo integrado por Ernesto Guevara, Calixto García, Roberto Roque y otros combatientes. Está oscuro y con el primer compañero que se encuentran es con Juan Manuel Márquez, quien les hace señas y los orienta hacia el lugar donde están concentrados los compañeros. A lo largo de todo el trayecto hasta el río, varios compañeros les señalan la ruta. Para Calixto García son como sombras que mueven un brazo, indicándoles seguir el camino.


Fidel, Raúl y otros expedicionarios a bordo del Granma en 1974, durante su última travesía en la bahía de La Habana antes de ser preparado para exponerlo permanentemente en el Museo de la Revolución.

El grupo de treinta y dos combatientes procedentes del rancho de Abasolo, que aquella tarde partiera en distintos ómnibus de la ciudad de Tampico, arriba cerca del anochecer a la ciudad de Tuxpan. Los que llegan más temprano alquilan algunas habitaciones en el hotel Europa, cerca de las márgenes del río, donde dejan el equipaje. El resto sólo permanece allí algunas horas. Faustino Pérez y José Smith Comas se adelantan y cruzan primero el río en el propio ómnibus con la patana hasta Santiago de la Peña, para explorar la ruta. Faustino es el único del grupo que estuvo anteriormente en el lugar y sirve de guía. Caminan hasta la orilla del río, donde está atracado el yate Granma, y luego regresan en busca de los compañeros. Cuando Faustino y Smith retornan a Tuxpan, los combatientes de su grupo continúan arribando sucesivamente en ómnibus. De inmediato, se inicia el cruce del río en pequeños botes que alquilan, algunos con techos de lona.

Luego de aguardar algún tiempo por el cruce de los primeros grupos hasta la margen del poblado de Santiago de la Peña, Faustino Pérez y otros combatientes cruzan el río y suben por la calle Nacional hasta llegar a Benito Juárez. Durante el trayecto colocan compañeros de posta para que indiquen el camino a los demás. Tuercen hacia el río y por una calle muy fangosa avanzan unas cuatro cuadras, hasta llegar a la casa. Uno tras otro, pequeños grupos de combatientes cruzan en bote el río Tuxpan, hasta llegar a la oscura calle en el punto convenido donde ocultas postas les señalan el camino. El silencio de la noche solo es roto por el persistente ladrido de los perros de la vecindad.

La noche transcurre con gran actividad en el lugar donde se encuentra atracado el yate Granma. Se suben a bordo maletas con armas, paquetes de uniformes, equipos y los pocos alimentos que se pudieron conseguir en el último momento para la travesía. Cubierto con una oscura capa que lo protege de la persistente llovizna y una subametralladora Thompson en la mano, Fidel Castro supervisa el paso de los hombres y bultos que por el largo tablón penetran en el barco. Por el fangoso sendero hacia la casa, continúan avanzando distintos grupos de combatientes. No se puede perder ni un minuto. Todo lo ha hecho coincidir el líder revolucionario para que simultáneamente lleguen al punto de partida los distintos grupos, evitando así la concentración de hombres y armas hasta el momento final.

Cuando Arsenio García y sus compañeros llegan aproximadamente a las 9:00 de la noche, está lloviendo y la noche es muy oscura. Fidel, envuelto en su capa negra y con la Thompson apoyada sobre la pierna derecha, les indica que aborden el barco por el tablón apoyado desde la orilla hasta la banda de la embarcación. Por las luces de la orilla opuesta reflejadas en el río, pueden divisar la silueta del Granma. Y así, uno a uno van pasando con cuidado por la tabla y abordando el barco, que aún está casi vacío. Haciendo el menor ruido posible, Arsenio y otros combatientes comienzan a ordenar dentro de la embarcación las cajas de municiones, los fusiles, las provisiones y todo lo que integra el equipo bélico, para aprovechar al máximo el poco espacio disponible.

Uno de los más activos aquella noche es el mexicano Antonio del Conde, que sin descanso va una y otra vez al barco cargando distintos bultos y acomodando a los combatientes que llegan en el reducido espacio disponible. Por último, penetra en la embarcación para armar las pocas subametralladoras Thompson de que se disponen y algunas pistolas, así como llenar sus cargadores, en previsión de alguna contingencia durante la salida.

Dicha tarea la realiza el Cuate auxiliado por Arsenio García y otros combatientes. En el camarote delantero abren una de aquellas maletas y comienzan a armar las Thompson. El mexicano Guillén Zelaya se pone también a llenar peines de pistolas Star 38, en el camarote principal del barco. Todo lo hacen en absoluto silencio. Después siguen llegando compañeros, pero ellos siguen llenando peines de balas.

En un oscuro bosquecito junto al río se congregan algunos grupos recién llegados. Se suceden unos y otros abrazos silenciosos de los que desde hace algún tiempo no se ven, mientras observan a pocos pasos algunas sombras que se mueven cargando bultos hacia la pequeña embarcación, cuya blanca silueta se refleja a medias en el agua. Otros grupos que arriban al lugar penetran directamente en el interior de la nave, que pronto se ati-borra de hombres en silencio. Durante algún tiempo, continúan saliendo de allí algunos combatientes cargados de bultos hacia el barco. Sin embargo, la mayor parte no entra a la casa, sino que la bor-dean y son enviados directamente a abordar la embarcación.

Melba Hernández llega al lugar acompañada por Jesús Montané y Rolando Moya. En la oscuridad del embarcadero, Fidel la reconoce y le dice que ha llegado el momento. Y cuando le pregunta qué le parece el barco, Melba todavía no ha logrado distinguir la embarcación. Al ver por fin la silueta del Granma, Melba pregunta asombrada si es realmente aquel. Parece imposible para ella que aquel pequeño yate pueda trasladar tantos hombres y armas. Cuando le pregunta a Fidel cuántos hombres van, este le expresa tranquilizándola que cerca de noventa. Melba insiste si está seguro, pero Fidel reitera la cifra y agrega con optimismo que no importa la cantidad de hombres ni las dificultades que tiene el yate con los motores, pero está seguro que la embarcación llega a las costas de Cuba.

También arriba al lugar el ingeniero Alfonso Gutiérrez, Fofó, y su esposa Orquídea Pino, acompañando a los combatientes Juan Almeida, Universo Sánchez y Onelio Pino. Estos últimos abordan de inmediato la embarcación, mientras Fofó regresa nuevamente a Poza Rica, en busca de unos equipos de comunicación. Se trata de unos walkie-talkies que enviara con un hombre a Poza Rica y, luego de recogerlos, regresa a Santiago de la Peña. Al llegar a un punto en la carretera donde hay una gran valla anunciadora, detiene el ve-hículo y monta Cándido González, quien lo aguarda. Cándido toma el volante y lo conduce hasta el embarcadero. Pero debido al mal estado en que se encuentra el camino y la premura, toma por una vía transversal con las luces encendidas. Se produce un momento de tensión en el embarcadero. Las postas, alarmadas ante la llegada de aquel inesperado auto que no cumple con la consigna establecida de avanzar con las luces apagadas, se lanzan al suelo ocupando posiciones con sus armas. El auto avanza por el estrecho camino directamente al embarcadero. La noche es muy oscura y los potentes reflectores del auto impiden distinguir a sus ocupantes. Ya casi el auto frente a ellos, Fidel Castro se acerca en medio de la oscuridad al lugar, preguntando en voz baja quiénes son. Inmediatamente Fofó y Cándido se identifican y las cosas no pasan de ahí.

Cuando concluye la carga de la mayor parte de las armas, el parque, los equipos y el escaso alimento conseguido, comienzan a entrar en el barco los últimos grupos de combatientes que aguardan en el interior del almacén.

Luego de despedirse de su esposo Reinaldo Benítez, la mexicana Piedad Solís busca en la oscuridad algún rostro conocido. No sabe aún, después de salir la expedición, con quién regresará a la capital mexicana. Preguntó a Orquídea Pino con quién regresa y esta le responde que con ellos. Piedad entonces le da una maleta toda desvencijada que trae para guardar en el auto y, al abrir el maletero, advierten que han dejado olvidados los suministros de comida que compraron para llevar en el barco.

Ya en esos momentos, la tripulación del yate se encuentra en el puente de mando, integrada por Onelio Pino, de capitán; Roberto Roque, segundo capitán y piloto; el dominicano Ramón Mejías del Castillo, Pichirilo, como primer oficial; Arturo Chaumont y Norberto Collado, timoneles; Jesús Chuchú Reyes, como maquinista, y el radiotelegrafista de la expedición Rolando Moya.

Mientras Chuchú Reyes sube y baja de las máquinas, alzando la voz para que los compañeros se quiten del medio, Roberto Roque cambia impresiones con Onelio Pino. Luego de revisar todo y comprobar que en realidad no falta nada en el barco, entonces Pino en el puente pregunta a Roque qué le parece, pero este no se atreve a responder, pues está decidido a partir en aquel barco como quiera que sea.

A estas alturas, casi la totalidad de los combatientes se encuentran dentro del barco. Una vez más Fidel mira su reloj con preocupación. Aún no han llegado Héctor Aldama y sus compañeros. Tiempo después conocerá de la lamentable confusión que impidió que fuesen avisados. Pero en esos momentos hay que tomar una rápida decisión. Ya cerca de las 12:00 de la noche, preocupado por la tardanza de Aldama, Fidel envía a Bermúdez con otro compañero a buscarlo. Salen por un costado de la casa y caminan hasta la entrada del pueblo. Están un rato esperando y, al ver que Aldama no llega, regresan y lo informan a Fidel.

Fidel Castro mira una vez más el reloj y desiste de aguardar más por los que faltan. Luego de mandar a retirar las postas a lo largo del camino de acceso al embarcadero, un último abrazo a Melba y los amigos que acuden a despedirlos. Entonces toma la Thompson que lleva Bermúdez, le hace una seña al combatiente para que lo siga y entra por el tablón a la embarcación. Ya dentro, Fidel le da instrucciones a Chuchú Reyes, que está en la escotilla, para arrancar los motores.

Cerca de las 2:00 de la madrugada del domingo 25 de noviembre de 1956, se sueltan las amarras y el yate Granma echa a andar sus motores. Con alguna dificultad se separa la embarcación del atracadero y pone rumbo río abajo por el amplio canal, con las luces apagadas. A bordo los ochenta y dos expedicionarios mantienen absoluto silencio para no llamar la atención de las postas mexicanas, que a pocos metros custodian una enorme patana.

Al inicio, Fidel ordena arrancar el motor de la izquierda y maniobrar para apartarse de la enorme patana maderera atracada a estribor y poder salir. Todo en silencio y la oscuridad más completa. Pero después que se apartan un poco de la orilla, arrancan los dos motores e inician la trayectoria por el río. El diario de campaña que por entonces comienza a escribir Raúl Castro anota: A la 1:30 ó 2 de la mañana partimos a toda máquina.

Poco antes, Fidel en el interior del barco da las últimas orientaciones. Si los sorprenden durante el trayecto del río, saldrán de todas formas, incluso a tiros. Ya ha seleccionado a algunos combatientes que se ocuparán de mantener la disciplina a bordo, a los cuales entregó las tres Thompson y algunos fusiles. Nadie debe fumar ni encender un fósforo. Cuando arrancan los motores, Fidel ordena que ocupen distintas posiciones en el barco. Arsenio García se coloca en la banda de babor del yate, agarrado de una de las ventanas por fuera de la cabina, para vigilar esa orilla durante el trayecto por el río.

En el improvisado espigón de Santiago de la Peña, cinco personas observan alejarse la blanca silueta del yate Granma por el río, entre la oscuridad y la lluvia: Melba Hernández, Piedad Solís, Alfonso Gutiérrez, Fofó, su esposa Orquídea Pino y Antonio del Conde, el Cuate.

Entre otras tareas a ellos encomendadas, el mexicano Antonio del Conde se dispone a cumplir al pie de la letra las instrucciones dadas por Fidel, de seguir por tierra la ruta aproximada del Granma, en previsión de cualquier imprevisto. Así, acompaña el barco hasta que se pierde prácticamente en las escolleras. Regresa a la casa de Santiago de la Peña inmediatamente, donde esconde en un garaje cuatro o cinco autos que dejan abandonados algunos compañeros. Después de un rato, toma su coche y se va a Ciudad México, para entregar las llaves de los autos al ingeniero Fofó Gutiérrez, para que vayan por ellos. Luego continúa viaje por toda la costa del Golfo, más o menos calculando la travesía que puede llevar el barco. Llega hasta Puerto Juárez, en la península de Yucatán, y luego va a Isla Mujeres, más o menos a cinco millas de tierra firme, en el extremo oriental de la península de Yucatán. Allí aguarda, hasta que escucha en un radio de onda corta la noticia del levantamiento en Santiago de Cuba, que es la señal de que Fidel ha desembarcado en Cuba. Pero esto sucederá días después.

En las primeras horas de la madrugada del domingo 25 de noviembre de 1956, el yate Granma navega en las aguas tranquilas del río Tuxpan. Amontonados casi unos encima de otros, los expedicionarios pueden todavía ver a esa hora a su izquierda algunas escasas luces de la ciudad de Tuxpan. A la derecha, todo es más oscuro, aunque hay luces dispersas y aisladas que, según avanzan se hacen más escasas. El barco hace un pequeño giro y todo se torna más oscuro a ambos lados. A veces en una u otra orilla parpadea una aislada lucecita. Se oye más el ruido de los motores y del agua que choca con la proa. Luego de avanzar unos minutos, de momento el yate apaga los motores y continúa navegando despacio y a oscuras, impulsado solo por la corriente del río. Cruza por encima del cable que se tiende de una orilla a otra y que arrastra la patana, pues se corre el riesgo de que las propelas se enreden en él.

Luego de atravesarlo, se vuelven a encender los motores de la embarcación y continúan la travesía por las tranquilas aguas del río. Surgen por el frente algunas luces y se perfilan las siluetas de otras embarcaciones menores que se mueven. Pueden ver también pequeñas señales lumínicas de las boyas. Más allá, la luz del faro les indica la cercanía de la desembocadura del río. Desde el lugar donde partieron hasta la desembocadura, hay aproximadamente once kilómetros, que el yate navega durante una media hora. A la entrada, un puesto naval con un faro de la Marina mexicana, frente al cual el yate tiene que pasar sin ser visto.

Jesús Chuchú Reyes va guiando el barco hasta la escollera, pues es su obligación. Aquello está tan oscuro y los sacos de naranjas le impiden alguna visibilidad, por lo que está a punto de equivocar el rumbo y tomar por la laguna de Tamiahua, que le queda a la izquierda. Pero afortunadamente se da cuenta a tiempo.

Cuando la embarcación llega a la boca del río, Chuchú Reyes va al puente de mando y le entrega a Onelio Pino y a Roberto Roque el barco para su navegación. Pino y Roque marcan de través el faro de la boca y el barco entra a la resaca de la salida del puerto, con velocidad moderada, a poca máquina.

El yate deja atrás las tranquilas aguas del río, atraviesa las escolleras de la desembocadura y penetra en las inquietas aguas del Golfo. Hay un fuerte oleaje, el viento bate con fuerza, cae una fina llovizna. La embarcación acelera los motores, se balancea de un lado a otro, caen cosas en su interior. Las olas cubren la cubierta y parte del techo. Cuando se aleja lo suficiente de tierra firme, ya en aguas del Golfo, se encienden las luces. En su interior, los combatientes se abrazan unos a otros, algunos hace tiempo no se ven. Ernesto Guevara, el médico de la expedición, comienza la búsqueda frenética de los antihistamínicos contra el mareo, que no aparecen. Emocionados, los expedicionarios cantan el Himno Nacional y la Marcha del 26 de Julio. Por último, sus gritos de ¡Viva la Revolución! y ¡Abajo la dictadura! se confunden con el fuerte viento. No resulta difícil imaginar cuánta alegría y emoción sienten Fidel Castro y sus compañeros, después de tanto tiempo soñando y luchando, cuando al fin se ven a bordo de aquel pequeño yate, que semeja una cáscara de nuez en medio del terrible oleaje del Golfo, avanzando decididos rumbo a Cuba.

(Fin del capítulo México)

No hay otra salida que la Revolución (1)

"Si salgo, llego; si llego, entro; si entro, triunfo" (2)

Comienza la hora de partir hacia Cuba (3)

Hacia Tuxpan (4)

Una empresa donde difícilmente se pueda regresar (5)

Subir