General de Brigada Moisés Sio Wong

Un puñado de azúcar prieta

Pausado al hablar, cuidadoso al narrar hechos históricos en que participó, reflexivo al comentar acontecimientos de actualidad, el General de Brigada Moisés Sio Wong es un militar parco en sus expresiones, pero de amena conversación. Ha tenido el privilegio, en su formación como revolucionario, de tener tres grandes jefes: Fidel, en la Comandancia de la Plata en la Sierra Maestra; el Che, en la Invasión a Occidente y en la Campaña de Las Villas y trabajar durante varios años directamente con Raúl Castro. Este descendiente de chinos, que desde muy joven se incorporó a la lucha revolucionaria, es Presidente de la Asociación de Amistad Cubano-China, desde donde realiza un esfuerzo notable por recuperar las tradiciones de esa comunidad en nuestro país, asentada en la Isla hace casi un siglo y medio, así como fortalecer las relaciones de amistad entre ambos países.

LUIS BÁEZ

¿Cuándo comenzó la emigración China hacia Cuba?

—A partir de 1847.

—¿Existen datos de cuántos llegaron?

—Solo entre 1853 y 1873 se estima que unos ciento treinta y dos mil.

—¿Se conoce el numero de participantes en la Guerra de Independencia?

—Algunos historiadores plantean seis mil. Realmente es muy difícil de conocer el dato exacto. Muchos se ponían un nombre español, lo que hace más complicada la búsqueda de esa información. Pueden haber sido más, pues hubo compañías y batallones completos de chinos.

Junto a Fidel en el momento en que es ascendido a General de Brigada.

Fue una participación importante. En Línea y L, en Ciudad de La Habana, hay un monumento que perpetúa la memoria de los chinos que derramaron su sangre por la independencia de Cuba, con una frase de Gonzalo de Quesada: ..."Nunca hubo un chino cubano traidor, nunca hubo un chino cubano desertor".

—¿De qué parte de China era su padre?

De Cantón. La mayoría de los chinos que emigraron a Cuba eran de esa provincia. La nueva pronunciación es Guan Dong. Otros provenían de Fukian.

—¿En qué año llegó a Cuba?

Alrededor de 1895. No sé la fecha exacta.

—¿Vino solo?

No, llegó con su mujer, con la que tuvo cinco hijos. Cuando enviudó se casó con mi mamá que tenía quince años. Mi madre le dio nueve hijos. Somos catorce hermanos, jerárquicamente soy el numero doce.

—¿Dónde se instaló?

En Matanzas, en San Pedro de Mayabón, en el municipio de Los Arabos. Puso una bodega. En este pueblo fue donde nací. Hasta que en 1947 nos mudamos para La Habana.

—¿Cuál fue la causa?

A papá le dio un derrame cerebral. Quedó invalido. Lo trajimos para la capital.

En esos momentos tenía nueve años. Mi hermana mayor, Angelita, me enseñó a leer y a escribir.

—¿De qué vivían?

La familia puso una bodega-cafetería-bar-restaurante en San Lázaro y Crespo.

—¿Cómo se llamaba?

Bar Kabo. Allí trabajábamos todos. Tampoco dejé de estudiar. Logré mi ingreso en el Instituto de La Habana. Allí comencé mis actividades revolucionarias.

—¿Con quién?

Con Ñico López y Gerardo Abreu (Fontán).

—¿Cómo era Ñico López?

Un ser humano extraordinario. Muy modesto, humilde. Un grupo de jóvenes nos reuníamos con él en el local del Partido Ortodoxo, en Prado. Nos explicaba los objetivos de la revolución. También nos daba clases políticas.

—¿Cómo describiría a Fontán?

Hombre muy valiente, con gran claridad política. Cariñoso, afable y exigente a la vez. Cuando lo cogieron preso, lo torturaron y no le sacaron ni una palabra. El conocía toda la organización del Movimiento en la ciudad de La Habana.

Yo pertenecía a las Brigadas Juveniles del 26 de Julio. En su mayoría éramos jóvenes estudiantes y trabajadores. Fui responsable de una Brigada. Fontán era nuestro jefe.

Muchas veces me encontré con Fontán y aún no había almorzado ni comido, tenía en los bolsillos dinero del Movimiento, pero era incapaz de coger siete centavos para tomarse un café con leche.

—¿En qué consistió su actividad?

Fundamentalmente estuvo relacionada con la propaganda. Pintamos paredes, rompimos vidrieras. Tiramos cócteles Molotov. Hasta que la situación se me puso tensa y Fontán decidió que me fuera para la Sierra Maestra.

—¿Cómo llegó a la Sierra?

Primero permanecí cuatro meses escondido en Bayamo. Me hicieron pasar por el sobrino de un chino que tenía una lavandería.

—¿Cuándo subió?

En el mes de noviembre de 1957.

—¿Cómo lo logró?

Por un contacto del Movimiento 26 de Julio en Manzanillo. Consiguieron un guía y en unión de otros tres compañeros, emprendimos el camino a las montañas.

—¿Qué tal hizo la travesía?

Muy mal. Acababa de pasar una fiebre, no recuerdo si gripe o rubéola. Me encontraba muy débil. En la primera loma me desmayé. Pesaba cien libras. No podía con mi alma.

El guía me quería dejar y le dije: "Si me dejas aquí botado le voy a escribir a Fidel y te van a fusilar, así es que mira a ver como me llevas para allá arriba". Consiguió una yegua prestada. AsÍ llegué.

—¿Adónde?

Al Alto de la Jeringa, un poquito más arriba de Santo Domingo. A la casa de Jacinto Peñate, un arriero que ayudó mucho al Movimiento. Ahí me lleve tremenda sorpresa.

—¿Cuál fue la sorpresa?

Me encontré con Fidel.

—¿Y qué ocurrió?

Escuché una voz que decía: "Fidel, hasta un chino aquí". Posteriormente supe que había sido Luis Crespo.

—Fidel, ¿qué les dijo?

De todo. Tenía tremendo encabronamiento. Echaba chispas. Nunca supe el motivo. En medio de aquel estado de ánimo empezó a hacernos preguntas.

Me había conseguido en Bayamo un uniforme, botas, mochila. El resto iba vestido de civil. Todos llegamos sin armas.

Yo le llevaba una nota de presentación que me había dado un expedicionario del Granma, que se desperdigó en el combate de Alegría de Pío. Pudo escapar. Llegó enfermo a La Habana y lo escondimos.

Después de leer la nota me dijo: "Seguro que ese se está haciendo pasar por un héroe. Ese ‘pendejo’ no tiene moral para mandar a nadie a la Sierra... ‘tao, tao’. ¿Se creen que esto es una embajada? Hacen cualquier cosita y vienen a refugiarse aquí." Entonces, le preguntó al guía: "¿Tú por qué lo trajiste?, ¿Quién te dio la autorización?".

De pronto se viró para Crescencio Pérez y le ordenó que nos metieran presos y solo nos dieran arroz de comida.

—¿Cómo se sintió?

Muy mal. Pasmado. Estaba convencido de que me iban a recibir con los brazos abiertos. Resultó todo lo contrario.

—¿Cuál fue la decisión final?

Al día siguiente estábamos sentados en la orilla del río La Plata. Fidel se nos acercó y pidió disculpas.

Nos explicó que estaban en un momento muy crítico: no había armamento, comida, ropa, botas, etc. Planteó que si queríamos podíamos regresar a nuestros pueblos.

Le expliqué mi situación en la capital. Le dije que me quería quedar. Los otros muchachos regresaron a la ciudad. Y logré quedarme.

—¿Haciendo qué?

Me remitieron a la escuadra del médico Julio Martínez Páez. Un hombre recto, muy meticuloso. En pleno diciembre, con un frío tremendo se levantaba a las seis de la mañana y lavaba su ropa en el río La Plata.

Al poco tiempo nos fuimos a mover y Martínez Páez me pidió que le cargara la mochila. Le respondí que la de las medicinas sí pero la personal no.

En esta última llevaba, entre otras cosas, un tratado de Ortopedia: dos libracos que pesaban una enormidad.

Le pedí al Comandante en Jefe que me trasladara. Accedió. Me mandó con Crescencio. Eso fue el 25 de diciembre.

—¿Qué tal era Crescencio?

Un viejo simpático, como decirte, como un abuelo, un padre. Permanecí alrededor de un mes con él.

—Poco tiempo.

Sí. También conocí al sacerdote Guillermo Sardiñas que me pidió que fuera su monaguillo.

Incluso me bautizó. No acepté su ofrecimiento. Me quedé en la Comandancia de La Plata.

—¿En qué lo pusieron?

—En diversas tareas. En esos días instalaron la planta de Radio Rebelde.

También se encontraban los locutores Ricardo Martínez, Orestes Valera y el técnico Eduardo Fernández. Por esa época Fidel me pidió que viajara a la capital.

—¿Con qué misión?

Convencer a Fontán y a Sergio González (El Curita) que fueran para la Sierra Maestra, pues ya estaban muy quemados y los podían matar en cualquier momento. Precisamente en esos días llegó la noticia del asesinato de Fontán.

—¿No bajó?

De todas maneras bajé a buscar al "Curita".

—¿En qué mes?

En marzo, pues tuve que esperar a que salieran las columnas de Raúl Castro y Juan Almeida para abrir el II y III Frentes, respectivamente.

—¿Cuándo llegó a la Habana?

El once de marzo.

—¿Vio al "Curita"?

Sí. Nos reunimos en un parque cerca del cine Mónaco, en la Víbora. Aquella noche él no tenía dónde dormir, estaba muy perseguido. Le transmití el mensaje de Fidel.

—¿Qué le respondió?

Me dijo que respetaba las órdenes de Fidel, pero como Jefe de Acción y Sabotaje no se podía ir, pues estaban en un momento muy difícil y no podía abandonar a sus hombres.

Que le dijera a Fidel que lo disculpara, pero que no podía cumplir esa orden. Regresé de nuevo a la Sierra.

—¿Qué comentó Fidel cuando le comunicó esa decisión?

Lo lamentó mucho. Estaba convencido de que lo podían matar en cualquier momento. No había pasado una semana de mi regreso a la Sierra cuando nos llegó la noticia del asesinato del "Curita".

—En la Comandancia de la Plata, ¿le dieron alguna responsabilidad?

Fidel me nombró Jefe de las Reservas Estratégicas de la Sierra Maestra.

—¿En qué consistían esas Reservas?

Diez sacos de azúcar prieta, de aquellos que pesaban trescientas veinticinco libras, cinco cajas de leche condensada y cinco cajas de salchichas "Escudo" unas salchichitas chiquitas que venían seis en cada lata.

Todo estaba guardado en una cuevita, cerca de La Plata. Al otro día Fidel salió hacia las Vegas de Jibacoa.

—¿Ocurrió algo en su ausencia?

Estuvo una semana fuera, en el transcurso de esos días pasaron por allí varios pelotones. Preguntaban si tenía algo de comer. Les daba un poco de azúcar. Así repartí cuatro sacos. A la semana regresó Fidel.

—¿Qué pasó?

Me preguntó cómo estaban las Reservas. Le informé que quedaban seis sacos de azúcar. "¡Cómo que seis sacos de azúcar!".

Le expliqué que habían pasado distintos compañeros y les había dado un poco de azúcar. Entonces exclamó: "Coño, chino, te hice Jefe de eso pero no podías repartir nada. Ni un puñado de azúcar". No me dijo más nada. Pensé que me iba a poner un fuerte castigo.

Al otro día me mandó una notica con Celia desgraciadamente se me extravió en la que me decía: "Moisés, entrégale las Reservas a Otero y tú ocúpate exclusivamente del reparto de la carne". Me acababa de destituir y nombrarme en un cargo que no existía, pues en aquello época prácticamente no se comía carne.

—¿Cómo conoció al Che?

De una manera muy singular. Fidel, desde hacía mucho tiempo, llevaba en la mochila un pedazo de tasajo uruguayo.

Un día lo sacó y se lo dio al cocinero para que hiciera un aporreado. Le dijo que aunque se demorara se lo guardara.

Alrededor de las diez de la noche llegó el Che. Fidel arribó como a las dos de la madrugada. Traía tremenda hambre. Preguntó por su tasajo. Empezó a buscar en la cocina.

De repente se escuchó una voz: "Oye Fidel, si es uno que me dio el flaco René Rodríguez, no queda nada, pues yo me lo comí".

Fidel cogió tremendo berrinche, dijo que por lo menos le podían haber dejado algo. Así conocí al Che.

—¿Dónde estaba al producirse la ofensiva?

Seguía en La Plata. En medio de la ofensiva Fidel nos mandó a Santiago Armada (Chago) y a mí con una mina y un detonador, el último que quedaba en la reserva, adonde se encontraba situado el pelotón de Ramón Paz, para impedir el paso del refuerzo que el ejército había mandado para tratar de apoyar las tropas del Comandante José Quevedo que se encontraban cercadas entre la costa y el Jigüe.

Puse la mina. La cubrí bien con hojas y me situé detrás de un palo con el mecanismo detonador. El cable eléctrico no era muy largo, tendría unos cuarenta metros.

En ese momento se escuchó por radio que el refuerzo, en vez de venir por el camino, marchaba por el firme. Paz mandó a movernos. Había que salir de la senda porque nos iban a coger entre dos fuegos.

Empezamos a subir al firme, era el último. En la travesía me percaté de que se me había quedado el cable y el mecanismo, y que el enemigo podía descubrirlo.

En ese momento creo que solo habían tres en la Sierra. Decidí virar a recogerlo.

Me encontraba desarmado, le dije a Mario Toranzo que iba a buscar el cable. Me acompañó, él tenía un fusil. Bajamos.

Ya en ese momento los guardias estaban cerca. Desconecté el cable y logré llevármelo. Después pase a formar parte de una escuadra.

—¿De quién?

De Joel Pardo. Esta escuadra estaba bajo las órdenes del Che. Participé en los combates de Casa de Piedra, Providencia y Sao Grande, hasta que se creó la Columna 8 "Ciro Redondo" en Las Mercedes y formé parte de la misma en la invasión a Occidente.

—¿Con qué grados terminó la guerra?

De soldado. Me ascendieron a Primer Teniente en los primeros días de enero de 1959.

—¿Intervino en la fundación de la policía militar?

Sí. Eso fue después del triunfo revolucionario. Ese cuerpo se organizó en la Cabaña. Esta policía era la encargada de la disciplina en el ejército.

Hacíamos patrullas por los barrios "alegres" de la capital. También estuve en Isla de Pinos al frente de una compañía. Teníamos la misión de custodiar el presidio.

Presté servicio en San Julián. Allí se organizó lo que se llamó Escuela de Policía Rural Revolucionaria. Así pasé por varios cargos hasta que en 1965 fui designado ayudante del Ministro de las Fuerzas Armadas.

—¿Qué tiempo permaneció al lado de Raúl?

Siete años.

—¿Qué fueron para usted esos años?

Una permanente enseñanza. Permanecer al lado de Raúl en una etapa dura de la Revolución.

En esos años pude apreciar sus cualidades de compañero, dirigente y revolucionario. Es un hombre disciplinado, recto, pero a la vez humano. Mientras más cerca estés de él y más importante es tu posición, más severo es contigo.

Dice las cosas de frente. Cuando tiene que sancionar a alguien no pierde un minuto en hacerlo. Es modesto, sencillo, extremadamente sensible.

Lo que más admiro en Raúl es su extraordinaria sensibilidad humana; por ello, ese amor que siente por el pueblo, esa autoexigencia para cumplir mejor su misión, esa disciplina, eficiencia y consagración que reclama de los cuadros, esa vinculación estrecha con las masas, esa capacidad de atender complejos asuntos estatales sin olvidar amor y la ternura que encierran los problemas humanos.

En el tiempo que fui Jefe de su Secretaría tuve que atender casos disímiles: desde una mujer que perdió al esposo, hasta un compañero que cometió un error y fue degradado.

Siempre ha estado preocupado porque se atiendan los problemas que plantean la población y los subordinados; la necesidad que se le dé respuesta a todo el que exprese un problema, que envía una carta. Es una constante en él que los dirigentes y cuadros mantengan el contacto con el pueblo. A veces ese vínculo se pierde.

—¿Qué importancia tiene el Organismo que usted dirige?

El Instituto Nacional de Reservas Estatales (INRE) es un Organismo de la Administración Central del Estado que tiene como tarea acumular una serie de recursos materiales para garantizar el desarrollo y normal funcionamiento de la economía.

También, en caso de desastres naturales, tener siempre reservas de medios materiales para restablecer los daños, al igual que para elevar la capacidad defensiva del país; tanto en tiempo de paz como en la guerra, las reservas desempeñan un papel muy importante.

Durante la época de las "vacas gordas" no había mucha conciencia de esto. Llamo la época de las "vacas gordas" a la etapa en que la gran mayoría de nuestros suministros provenían del campo socialista, fundamentalmente, de la Unión Soviética.

Como te he contado anteriormente, ya desde la Sierra Maestra, Fidel le prestaba una gran atención al papel de las Reservas Materiales.

Durante las décadas del sesenta y setenta se acumularon Reservas Materiales por el Gobierno. Las FAR también acumularon sus propias Reservas.

Sin embargo, a finales de los años setenta se vio la necesidad de incrementar sistemáticamente estas Reservas, así como la creación de organismo que se ocupara integralmente de la dirección y control de las mismas; similar al existente en los países socialistas y en diferentes países capitalistas.

Después de realizar los estudios correspondientes, con la ayuda de la URSS y un prolongado análisis, ya que existían diferentes criterios en cuanto al papel y lugar de este organismo, así como su subordinación; se aprobó, en 1981, la creación del Instituto Nacional de Reservas Estatales (INRE), su-bordinado al Comité Estatal de Abastecimiento Técnico Material (CEATM).

A finales de 1985, teniendo en cuenta el pobre desarrollo de las Reservas Estatales, la máxima dirección del país tomó la decisión de separar al INRE del CEATM y subordinarlo directamente al Presidente del Consejo de Ministros.

—¿Cómo llamaría a esa etapa?

La década perdida, ya que no hubo por parte de organismos y funcionarios, la conciencia de la importancia y la necesidad de tener Reservas para enfrentar cualquier eventualidad.

A pesar de las indicaciones del Comandante en Jefe y las exigencias del Ministro de las FAR, hubo que librar una batalla tremenda para impulsar esta tarea. Antes del Periodo Especial, había muchos funcionarios de diferentes niveles que argumentaban: "¿cómo si no alcanza para comer, vamos a guardar en las Reservas?".

El Periodo Especial demostró que éramos unos derrochadores de recursos y que podíamos haber acumulado más Reservas; así como demostró su importancia estratégica.

—Actualmente, ¿qué papel desempeñan las Reservas?

En la lucha heroica que ha librado nuestro pueblo, bajo la dirección de nuestro Partido, con Fidel y Raúl al frente, las Reservas Materiales han desempeñado su papel, tal como lo concibió el Comandante en Jefe desde la Sierra Maestra.

Desde el combustible para evitar la paralización de las principales actividades como la zafra, la agricultura y las principales industrias; los alimentos para garantizar la cuota básica; los medicamentos para salvar vidas valiosas y que no se cerrara ningún hospital; hasta los lápices y libretas para asegurar el curso escolar.

—Realmente, ¿los funcionarios han ganado en conciencia?

Hemos avanzado, el periodo especial ha ayudado. Pero aún nos queda un trecho largo por andar.

—¿Volvería a dar el azúcar sin autorización?

¡Qué va! Cuando el Ministro de las Fuerzas Armadas me llamó para informarme de la designación como Presidente del INRE, me acordé enseguida lo que me había ocurrido en la Sierra Maestra.

Le pedí que le comunicara al Comandante en Jefe que me podría destituir por ineficiencia, falta de capacidad, etc. pero jamás por hacer uso indebido de los recursos.

—¿Las donaciones forman parte de la Reserva?

No. Se utilizan por el Gobierno.

—¿Cómo se controlan?

Hay dos organismos: El Instituto de Amistad con los Pueblos (ICAP) y el Ministerio de Inversiones Extranjeras y Colaboración, que tienen la misión de controlar la recepción y distribución de las donaciones.

Se han tomado medidas para perfeccionar este trabajo. Aunque hay que estar alerta pues el enemigo puede utilizar esta vía para influir e inclusive corromper.

—¿Existen planes para recuperar el Barrio Chino de la Capital?

Esa es una de las tareas que tiene la Asociación de Amistad Cubano-China y el gobierno de la capital. En ese sentido, ya estamos trabajando.

La idea es recuperarlo como un centro socio-cultural. Queremos rescatar todas las tradiciones de la comunidad China en Cuba. Además, tiene un importante interés turístico.

El Barrio Chino de la Habana fue en el siglo pasado y en la primera mitad de este, él más famoso de América Latina. Estamos tratando de rescatar esas raíces del Barrio Chino.

También estamos impulsando la construcción de los Organopónicos en Ciudad de La Habana y en todo el país.

Debe recordarse que antes del triunfo de la Revolución, los chinos, generalmente, eran los que abastecían de hortalizas a los principales pueblos y ciudades.

Además, comer hortalizas es salud. La Organización para la Agricultura y la Alimentación de las Naciones Unidas (FAO) recomienda que cada persona debe consumir trescientos gramos diarios de hortalizas.

—¿Se conocen cuántos chinos autóctonos quedan en el país?

Alrededor de setecientos. Se han ido extinguiendo. Después del triunfo de la Revolución no hubo más inmigración.

—¿Pertenecieron muchos chinos al Ejercito Rebelde?

Muchos descendientes de 1ra., 2da., 3ra. generación y más participaron en la lucha, pero es difícil conocerlo porque cuando es por parte de madre, en la segunda generación se pierde el apellido. Durante la guerra había varios compañeros que eran hijos de padre chino y madre cubana o viceversa. Tres llegamos al grado de General: Armando Choy Rodríguez, Gustavo Chui Beltrán y yo.

Soy el único que es hijo de chino y china, o sea, lo que se llama primera generación.

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