General de Cuerpo de Ejército Abelardo Colomé Ibarra

Fidel es uno de los pocos casos en que se conjuga brillantemente lo político y lo militar

Abelardo Colomé Ibarra, General de Cuerpo de Ejército, es fácil al diálogo, extremadamente amable, sensible, abierto, con un fondo tremendamente humano y casi paternal. Furry, como le llaman cariñosamente todos sus compañeros, se reveló durante la guerra de Angola como un buen jefe militar; es miembro del Buró Político, del Consejo de Estado, Ministro del Interior y lleva en su pecho la estrella de "Héroe de la República de Cuba". Padre de seis hijos, desde joven le gustó la música instrumental, pero nunca aprendió a bailar. Con sus 67 años, es una de las personas más admiradas, respetadas y queridas por los revolucionarios cubanos, no sólo por su valentía, sino también por su modestia, abnegación y espíritu de sacrificio. Es un espejo en el que todos debiéramos mirarnos

(Tomado del libro Secretos de Generales)

LUIS BÁEZ

De su infancia, ¿qué recuerda?

Soy oriental. Nací en Santiago de Cuba. En un barrio que se llamaba La Beneficencia. De esa etapa no recuerdo nada porque era muy pequeño. Lo que no se me ha olvidado es cuando vivíamos en Cuartel de Pardo No. 505 y Aguilera. Ahí transcurrió mi infancia.

Mi mamá era obrera de la fábrica de galleticas Bieiro, en Santiago. Papá era gastronómico. Trabajó en El Baturro y en otros cafés. También fue empleado de los almacenes que estaban cerca de la Alameda Michelsen.

La vieja tiene noventa años. El viejo ya murió. Ella llevaba el timón de la casa. Era una mujer de carácter fuerte. Nunca le dije mamá, siempre la llamé por su nombre de Marta.

¿Quién ejerció más influencia sobre usted?

Mi madre. Era una mujer muy tenaz. Iba y venía a pie del trabajo. Subía y bajaba las lomas santiagueras para ir a la fábrica de galletas que estaba a una distancia considerable de nuestra casa.

De esa manera ahorraba diariamente veinte centavos, pues el ómnibus valía cinco kilos y como venía a almorzar a casa, eran cuatro viajes los que tenía que realizar.

La vieja me sonaba duro. Tenía una correa ancha y cada vez que la sentía en mi cuerpo, me ardía que era del carajo. Cuando podía, la cogía y se la botaba en el escusado de la casa. Al otro día conseguía otra.

De niño era muy inquieto. A mí me gustaba compartir con muchachos mayores. Me ponía a jugar con ellos a las cartas, especialmente siete y media, de a cinco y diez centavos. Si me agarraba, me daba tremenda pela.

Yo la vigilaba. Cuando la veía venir me escondía en una tapia en la parte de arriba del escusado y me ponía a leer las historietas de muñequitos que se publicaban en periódicos y revistas. Ahí permanecía hasta que se volvía a ir para el trabajo.

Los seis de enero se celebraban los Reyes Magos, como todo niño tenía ilusiones de poseer determinado juguete. Según la tradición, les escribía una cartica, les ponía maíz, agua y yerbas para que se cumplieran mis deseos. Después los reyes dejaban lo que les daba la gana. Aquello resultaba funesto, decepcionante.

Papá nunca me pegó. Él venía, almorzaba y se acostaba. Lo que le gustaba era que mi hermana Miriam y yo lo peináramos. Esa influencia de la vieja duró hasta que cumplí los quince años.

Fíjate qué clase de persona es, que mi padre murió hace más de veinte años y ella no ha dejado de vestirse de luto o medio luto. Nunca más ha ido a una fiesta. Es una mujer extraordinaria.

¿Cómo le fue en los estudios?

No fui buen estudiante. Los primeros grados los hice en una escuela pública donde una hermana de papá era maestra. Me llevaba aprisa. Si realizaba alguna travesura propia de un niño de cinco o seis años, me obligaba a estirar las manos y con la regla me sonaba.

En los días de la lucha insurreccional en plena Sierra Maestra.

Ya más grandecito, empecé a asistir a Juan Bautista Sagarra, una escuela privada. También estaban matriculados los hermanos Babúm. Nos cogimos tremenda antipatía, gratis. A cada rato nos entrábamos a puñetazos y como eran tres, siempre tuve que echar las peleas en desventaja.

También con Pepito Cuza estaba permanentemente en bronca. Jugábamos basketball y como él era un gallito de pelea, cada vez que me daba un golpe, se lo respondía y siempre terminábamos fajados.

El propietario de esa escuela tenía otro colegio de muchachas llamado Herbart, con reglamento tan estricto, que un alumno con el uniforme puesto no le podía dirigir la palabra a las jóvenes.

La secundaria la hice en la escuela pública Romeo. Al terminarla, como me gustaba más la cosa manual, matriculé en Artes y Oficios para hacerme técnico electricista, pero no llegué a terminar el primer año. Lo que sí me metía en todas las manifestaciones.

¿Por qué razón?

Como no me gustaba estudiar me incorporaba a las manifestaciones de protesta, para librarme de las clases y no por sentimientos revolucionarios.

Era la época en que los muchachos del barrio nos reuníamos para hacer cuentos, maldades, un mundo bastante normal sin mayores penas ni glorias, hasta que se produce el ataque al Moncada.

¿Dónde lo sorprendió?

En esos momentos vivía por el reparto Santa Bárbara. Cuando sentí los disparos me encaramé en el techo de la casa para tratar de ver qué estaba pasando. El comentario general era que los guardias se estaban fajando entre sí.

El General Colomé es extremadamente amable, sensible y admirado por su modestia.

Los viejos se volvieron a mudar. Esta vez para San Agustín y San Basilio. En la esquina había una farmacia en la que trabajaba como mensajero mi amigo Benigno Bravo.

Después que terminaba las clases me enganchaba detrás de él en una motocicleta y lo ayudaba a distribuir las medicinas a domicilio. También repartía mandados con Jesús, un chino cubano hijo del dueño de una bodega.

Por cierto, antes de acostarme iba a tomar por cinco centavos cada uno, en unión de Daois Santiago Díaz, un amigo de la infancia, un batido de zapote (mamey) exquisito. Jamás he vuelto a empatarme con un batido tan sabroso.

Benigno me fue introduciendo poquito a poco en los quehaceres revolucionarios. Él estaba vinculado con Emiliano (Nano) Díaz.

Empezó a darme pequeñas tareas que consistían en trasladar armas en la motocicleta. En una ocasión llevamos hasta una ametralladora 30.

Aún no era un convencimiento sólido, sino más bien un poco de aventura y de indignación contra los asesinatos y golpizas que le propinaban a la gente en Santiago.

Ante mis ojos crecía la figura de los compañeros que se enfrentaban valientemente a esa situación.

Ese sentimiento de rebeldía se me fue impregnando y comencé a poner bombas, quemar ómnibus, a ejecutar cualquier tipo de acción incluyendo prácticas de tiro.

¿Dónde practicaba?

En Barracones, un barrio de prostitutas que existía en Santiago. Practicaba en un campo de tiro 22. Cada bala costaba un medio, que poníamos de nuestro bolsillo. Hasta que llegó el 30 de Noviembre.

¿Cuál fue su participación?

En esos momentos me encontraba bajo las órdenes de Nano Díaz. La noche del veintinueve no pude pegar los ojos. Nos estrenamos los uniformes verde olivo con el símbolo del 26 de Julio.

Ese día, en la mañana, nos ubicamos en el medio de la avenida Victoriano Garzón, entre la gasolinera y el instituto preuniversitario, que hoy lleva el nombre de Cuqui Bosch.

Nano con su ametralladora, y yo con mi rifle Mendoza, le tirábamos al avión Catalina de reconocimiento, cada vez que volaba sobre nosotros.

Como donde nos encontrábamos no pasaba nada, decidimos ir para la estación de policía, ya que habíamos escuchado que se estaba combatiendo.

Nos montamos en un camión y cogimos hacia dicho lugar. Dos cuadras antes de llegar, los guardias comenzaron a dispararnos.

Atravesamos el camión en medio de la calle y respondimos el fuego. Aquello se puso muy caliente. Nano dio la orden de que cada uno se fuera por su lado y encontrarnos más tarde en una casa del reparto Vista Alegre.

Después de permanecer escondido dos, tres días, volví a mi casa sin problemas de ningún tipo. Nadie se metió conmigo ni me fue a buscar la policía.

En toda mi etapa de lucha clandestina jamás me cogieron preso, nunca me dieron golpes. Me metía en cuanta manifestación se produjera, pero mis piernas eran muy ligeras o los policías muy lentos.

¿Por qué Furry?

No es nombre de guerra. Desconozco qué relación tiene Abelardo con Furry. El problema es que mi hermana, cuando chiquita, no sabía pronunciar Abelardo y me empezó a decir Furry. Y Furry se me quedó para toda la vida.

¿En qué momento se alzó?

Formé parte del primer grupo de jóvenes santiagueros que Frank País envió de refuerzo a la Sierra Maestra. Nano fue el que me comunicó que me iba para las montañas, adonde llegué el 10 de marzo de 1957.

Los primeros rebeldes con que nos tropezamos estaban dirigidos por el Che. Nos llevamos una impresión muy mala al ver aquella gente churriosa, hambrienta, sin zapatos. Pensé: ¿junto a esos son los que vamos a pelear nosotros?

De Fidel sólo conocía el asalto al Moncada y La Historia me Absolverá. Del Che no sabía nada y del resto mucho menos. Al encontrarnos con Fidel me llevé la misma impresión. Pensé para mis adentros: ¿Qué clase de ejército es este?

Ante esa impresión, pensó en algún momento irse?

No, pues no podía hacer quedar mal al grupo.

Fidel, ¿qué les dijo?

Nos dio a entender que nos iba a cujear antes de llevarnos a combatir. Veníamos de la ciudad y ya ellos tenían cierta experiencia en las montañas. Nos mantuvieron caminando muchos días. Era un constante subir y bajar lomas. Estaban probándonos a ver quiénes resistíamos el rigor de la Sierra.

Lo más duro de la Sierra no eran los combates, sino levantarse tempranito, recoger toda tu casita, meterla en la mochila, echártela al hombro y arrancar a andar.

Era una comida en el día y el previsor guardaba un poquito para el desayuno. Solo podíamos prender candela después de oscurecer. Cocinábamos por escuadras. Como cocinero no era muy bueno.

¿Cuál fue el primer combate en que participó?

El ataque al cuartel del Uvero. Fui de ayudante de una ametralladora 30 que manejaba Nano. Eloy Rodríguez Téllez cargó las patas, y yo un par de cajas de cintas metálicas.

El combate comenzó cuando Fidel hizo el primer tiro. Estaba a nuestras espaldas en unión de Celia Sánchez y Universo Sánchez y cada vez que disparaban, los oídos se nos estremecían, pues no hay nada más terrible que el ruido de un fusil tirando detrás de ti.

Nano decidió movernos de posición. Nos pusimos más cerquita del camino. Ya estaba comenzando a amanecer. En el transcurso de la batalla Nano recibió un disparo en la frente y murió. Para mí constituyó un golpe muy fuerte verlo sin vida, pues le tenía un profundo afecto.

¿Formó parte de la columna de Raúl Castro que abrió el II Frente?

Sí. En esos momentos llevaba exactamente un año alzado. Era suboficial. El territorio del Segundo Frente era completamente diferente al de la Sierra Maestra. Había mucha más comida. Conseguimos algún carro para movernos. Establecimos comunicaciones. Era una guerra con un desarrollo superior.

Ya aquí me nombraron Jefe de un pelotón de escopeteros, en las serranías, Yambeque, cerca de Sempré y Carrera Larga, en la zona de Guantánamo; y posteriormente, Jefe de la escolta del Comandante Raúl Castro.

Después me ascendieron a capitán, con instrucciones de formar una Compañía, que más tarde sería la Compañía C Roberto Estévez Ruz de la columna 17 Abel Santamaría, bajo el mando de Antonio Enrique Lussón. Participé en diversos combates.

¿Cuáles recuerda?

Entre la Sierra y el Segundo Frente, además del Uvero, participé en los combates de Finca Chapala, Central Soledad, Limonar de Bayate, Los Palacios, Songo, Grúa Novoa, cerca de Marcané; Santa Ana de Auza, en la carretera, Minas de Ocujal; captura de norteamericanos en Guaro, asalto a la Estación de Policía de San Luis y en los tres ataques a Cueto, por cierto, en el primero me herí yo mismo.

¿Cómo fue?

Fui a tirar una granada americana. Me puse detrás de una columna. Al momento de meter en el fusil una bala de salva me equivoqué y coloqué una de combate.

Cuando disparé la granada explotó en la punta del fusil. Comencé a echar sangre por donde quiera. Pensé: qué tonto he sido, yo mismo me he matado. Me llevaron a la consulta de un dentista y posteriormente al hospital de Marcané, que estaba en manos de los rebeldes. Como no había recursos solo me suturaron la herida. Al año comenzaron a darme desmayos y a perder el conocimiento.

Después del triunfo revolucionario descubrieron que un fragmento de la granada me había roto el cráneo.

Más tarde, ese pedacito de hueso, rozando con el cerebro, creó una callosidad que cualquier tensión era capaz de producir un choque eléctrico y me caía. Me operaron y quedó resuelto el problema casi definitivamente.

A fines del mes de diciembre me ascendieron a comandante. Fidel me impartió instrucciones de unir mis fuerzas a las de Delio Gómez Ochoa y Eddy Suñol para tomar el Regimiento de Holguín.

Ese encuentro no fue posible por la rapidez con que ocurrieron los acontecimientos.

¿Cómo se produjo la rendición del Regimiento?

El día primero nos reunimos en una logia con el segundo al mando del Regimiento. El jefe se había ido.

En la conversación le planteé la rendición incondicional. El hombre me respondió que tenía algunas peticiones. Me dije: aquí mismo se jodió la cosa.

Me solicitó que no entráramos a la unidad hasta el siguiente día y que le respetáramos a los oficiales su pistola de reglamento. Le respondí que sí.

Esa misma noche ya los rebeldes estaban dentro de la guarnición confraternizando con los soldados.

¿Se quedó en Holguín?

No. Nuestra columna 17 fue escogida como parte de la vanguardia de la Caravana de la Libertad que, encabezada por Fidel, recorrió desde Oriente hasta la capital. Era la primera vez que entraba en La Habana.

A los pocos días me nombraron segundo Jefe del Campamento de Managua y Jefe de una Compañía de tanques Cometa.

En abril del propio año me designaron Jefe del Departamento de Investigaciones del Ejército Rebelde (DIER). En 1960 formé parte de la comitiva que acompañó a Fidel a Naciones Unidas.

Al siguiente año, en el mes de marzo, me situaron al frente de la Seguridad del Estado, cuya sede se encontraba en Quinta Avenida y calle 14, en Miramar.

De ahí pasé para la policía en calidad de jefe hasta que, en 1962, partí a cumplir misión internacionalista en Bolivia y Argentina.

¿Con qué finalidad?

Preparar las condiciones para un alzamiento guerrillero en Argentina que estaría encabezado por el periodista Jorge Ricardo Masetti, quien había hecho una buena afinidad con su compatriota Ernesto Che Guevara.

En esos momentos tenía veintidós años. A pesar de mi juventud, me asignaron una tremenda responsabilidad. Tuve que dar varios viajes para estudiar y preparar el terreno.

¿Con qué nacionalidad entró a Sudamérica?

Argelina. En diferentes ocasiones visité Argelia. Los argelinos habían obtenido su independencia hacía muy poco tiempo y sus principales dirigentes se portaron muy solidarios con nosotros.

Nos dieron pasaportes argelinos y nos dijeron que si teníamos algún tropiezo nos reclamarían como ciudadanos de ese país.

¿Cuál era su responsabilidad?

Buscar una ubicación para crear una base de apoyo y hacerme de una fachada para recibir el personal, las armas y pasarlos para Argentina.

No siempre se iba por el mismo camino. En una ocasión, a la semana de haberlos despedido, los veo que regresan.

Me dijeron que aquello era un monte intrincado, salvaje, no había campesinos, ni comida y que jamás llegarían a su destino.

Tuvimos que buscarles otra vía. Con la cooperación de un profesor de Cochabamba compré una finca de cuatro hectáreas en Emborozu, sitio ubicado al sur de Tarijas, muy cerca de la frontera con Argentina.

Estábamos tan apartados, que hasta al patio de la casa llegaban los monos. Preparamos la tierra para sembrar soya. Quitamos los árboles, sacamos las raíces.

Un moro llamado Jandan nos alquilaba un tractor. Contábamos con un jeep Willys y otro Toyota. La comida, la gasolina y el petróleo lo adquiríamos en la frontera.

En aquellos años no se pensaba en guerrillas. Los vecinos de la localidad estaban convencidos de que me dedicaba al tráfico de drogas. Con el transcurso de los meses, logramos hacernos de documentos bolivianos.

¿Cómo supo de la situación de Masetti?

Al regresar de Argentina, José María Tamayo (Papi) me informó que Masetti se había quedado estancado en un lugar de las montañas de Salta. En unión de Coco Peredo saqué unos pasajes en avión y nos fuimos a Argentina para tratar de hacer contacto con Masetti.

¿Adónde llegaron?

A la casa de uno que le decían El Cordobés, que se encontraba alzado con Masetti.

Al llegar, la esposa nos comunicó que la Gendarmería lo había cogido preso ese propio día en horas de la mañana, cuando iba con suministros para Jorge Ricardo.

Coco y yo decidimos trasladarnos al hogar de otro compañero, pues era un peligro permanecer en el del Cordobés, ya que si aparecía la Gendarmería no nos íbamos a poder defender, debido a que pondríamos en peligro la vida de su mujer e hija.

Según su información, ¿qué fue realmente lo que pasó?

Masetti mandó a Hermes Peña y a un argentino a casa de un campesino a buscar alimentos y le dejaron el dinero con el compromiso de recoger los víveres al día siguiente. El hombre se asustó y los denunció.

Cuando salieron con los brazos llenos de paquetes, los dos fueron acribillados a balazos.

Pienso que Jorge Ricardo, en su intento de huir, se internó en la selva y murió. A ciencia cierta nunca se ha podido saber realmente que le ocurrió. En 1964 regreso a Cuba.

¿Qué tarea le dieron?

Pasé el curso de estudios superiores en la Academia Máximo Gómez. Al terminar, fui nombrado Jefe de División en el Ejército de Oriente, responsabilidad que fui alternando con la de Jefe de Ejército por sustitución reglamentaria.

Posteriormente intervengo en la Operación Mambí, en las zafras del 68 al 70. Participo en la organización del Cuerpo de Ejército Norte, en Holguín, hasta que me pusieron de Jefe de la Dirección de Contrainteligencia Militar y en 1972 fui nombrado viceministro con la facultad de sustituir al Ministro en caso de ausencia.

También acompañé al Comandante en Jefe en diversos recorridos por Europa y África y, en 1980, fui designado primer sustituto del Ministro de las FAR.

¿En qué momento fue para Angola?

En diciembre de 1975, como Jefe de la Misión Militar. Hacía pocos días que Angola había obtenido su independencia. Aún no nos había empezado a llegar la logística. Yo estaba llevando el conflicto en el Estado Mayor, pero una cosa era aquí y otra allá.

¿Por qué lo dice?

En Angola el pararrayos era yo. Todo el mundo venía a confluir en mí; a preguntarme, qué hago. Dirigía de manera directa la elaboración y conducción de todas nuestras operaciones.

Cuando me acostaba, no me era fácil conciliar el sueño. Estaba a miles de kilómetros de la Patria. Me ponía a pensar: habré tomado la determinación correcta o me he equivocado.

Cada compañero que caía lo sentía como una responsabilidad mía. Cada vez que tenía que tomar una decisión no iba a pasar un cable a Cuba para consultar, aunque diariamente a las seis de la tarde, transmitía a La Habana un resumen informativo de cómo marchaban las cosas.

Los primeros tiempos fueron extremadamente duros. No estábamos acostumbrados a ese tipo de guerra y recibimos fuertes golpes, como fue la muerte de Raulito Díaz-Argüelles al tropezar con una mina la tanqueta en que viajaba.

Como no teníamos avión, andábamos por carretera. Era gente seleccionada. En cualquier lugar te ponían una soga con dos bidones y era un punto de control.

Una noche iba en el jeep. Nos pararon en uno de esos puntos de control improvisados. Se acercó un angolano con un arco y flecha estirado y me apuntó. Ordené no tirarle.

Les comenté que algo querría. Lo saludé y me identifiqué como camarada cubano. Me respondió: Camarada, ¿nao ten un sheruto? (no tiene un tabaco). Ese hombre arriesgó su vida por un tabaco.

Fidel quería la ofensiva. La intención era hacerla coincidir con la celebración del Primer Congreso del Partido.

Poco a poco comenzamos a obtener victorias, y a levantárseles la moral combativa a los compañeros, hasta que en unión de las tropas angolanas logramos la derrota inicial de los sudafricanos y sus títeres, en marzo de 1976.

Fidel siguió la guerra al más mínimo detalle. Conocía el teatro de operaciones a la perfección. Te decía: manda tantos tanques, morteros, ametralladoras antiaéreas. Sabía dónde estaba cada escuadra, pelotón. Además, con una visión increíble.

Fidel siempre insistió en defender el petróleo de Cabinda. Inclusive, Neto llegó a plantear que si cogían Cabinda, después se recuperaría.

Pero él lo convenció de la necesidad de evitar por todos los medios que este rico territorio cayera en manos del enemigo.

La vida le dio la razón al Comandante en Jefe. Las tropas cubanas y angolanas tuvieron que hacer una tenaz resistencia para rechazar un ataque con todas las de la ley, por parte del Frente de Liberación del Enclave de Cabinda (FLEC) y de mercenarios, quienes querían separar esa región del resto de Angola.

A través de la historia han existido grandes estadistas y estrategas militares, pero Fidel es uno de los pocos casos en que se conjugan.

¿Cómo reaccionó el Presidente Neto ante el intento de golpe?

Al conocer la noticia del golpe no sabíamos realmente qué estaba pasando, pues desconocíamos quiénes eran los sublevados y con qué fuerza y medios contaban. Fui a ver a Iko Carreiras, que era el Ministro de Defensa. Me ofrecí para ayudarlo en lo que estimara conveniente. Estaba con una gran pasividad, como esperando a que vinieran a cogerlo para fusilarlo.

Hablé con Neto y le planteé nuestra disposición de entrar en acción para contrarrestar el golpe. El Presidente me pidió que actuáramos.

En esos momentos nos habíamos quedado sin batallones de tanques. Solo había unos pocos para entrenar angolanos, en una escuela que estaba al lado de nuestra Misión.

Buscamos a un compañero que sabía manejarlos, aunque no supiera tirar con el cañón.

En esas condiciones enviamos al General de División (r) Jesús Bermúdez Cutiño al frente de un poco más de una compañía, hacia la novena brigada, que era la sublevada, y la tomamos sin problemas.

A su vez, el General de Brigada (r) Rafael Moracén se encargaba de controlar la estación de radio que se había unido al golpe.

Por esta ayuda prestada al Gobierno angolano, fui felicitado por el Comandante en Jefe.

En el transcurso de mi estancia en Angola fui ascendido a General de División y posteriormente en 1988 a General de Cuerpo de Ejército.

¿Qué fue para usted Angola?

Una gran escuela. Mucho más dura que la clandestinidad, la Sierra Maestra, el Segundo Frente, Bolivia. No llegué a estar dos años, pero en ese tiempo el pelo se me puso blanco; después se me cayó. Eso hay que vivirlo para saber el significado.

¿Qué ha representado para usted ser Ministro del Interior?

Un gran honor y una tremenda responsabilidad. Han sido años muy duros debidos al periodo especial. El problema que más fuerte nos golpea es el delito.

Hay que traer policías de todo el país para la capital, ya que es difícil encontrar a alguien en La Habana que quiera ser policía.

Los traemos, pasan un curso de un año y los ponemos a trabajar. La mayoría proviene del Servicio Militar General.

Cuando cumplen, regresan a sus provincias. Se convierte en una centrífuga. No les hemos podido crear las condiciones adecuadas de vida. La gente quiere estar cerca de sus familiares.

No contamos con el suficiente transporte para que se puedan trasladar a sus respectivas provincias.

Toda esa situación provoca la falta de policías profesionales, pues, cuando ya han adquirido algún conocimiento, se desmovilizan.

Tenemos que crear las condiciones para poderlos retener, ya que es muy importante la tranquilidad de la sociedad.

Trabajamos intensamente en la búsqueda de soluciones para este problema.

¿Son nuestros cuerpos de seguridad, realmente eficientes?

Sí, lo son. Al principio de los años 60 creamos una Seguridad con un gran potencial de cuadros y medios, de acuerdo con los problemas que se nos presentaban. Hoy sigue siendo fuerte.

Pero los órganos de Seguridad, al igual que Inmigración y el resto de las dependencias del Ministerio del Interior, tienen que irse transformando idénticamente como se transforma la sociedad.

Lo que ocurre es que la sociedad va más rápida que la mentalidad de nuestros cuadros.

Transformar una mentalidad no es fácil. La mente del hombre es lo que más tarda en evolucionar en un cambio social.

¿Ha estado muy unido a Raúl Castro?

Desde que subí a la Sierra Maestra en 1957 he estado bajo sus órdenes. Llevamos cuarenta y nueve años juntos.

Raúl ha desempeñado un papel muy importante en el desarrollo de las Fuerzas Armadas y en la educación y formación de sus oficiales; dando el palo cuando hay que darlo y tirando la mano cuando hay que tirarla.

Raúl inspira confianza. Es un revolucionario con el que se puede discutir todo tipo de problemas.

En ocasiones me ha criticado por algo que he hecho indebidamente, pero nunca más me ha vuelto a hablar del tema. Es un hombre de paciencia, de mucho detalle, respeta profundamente a la familia y, sobre todo, buscando siempre la manera de ayudar a Fidel.

¿Se siente un hombre realizado?

Cuando salgamos del periodo especial.

¿Sus sueños se han hecho factibles?

Más que eso. ¿Qué era antes del triunfo de la Revolución? Un cargador de sacos de café Pilón con 16 años de edad.

¿A qué podía aspirar si no había terminado ninguna carrera, no tenía ningún oficio? Mis sueños se han hecho más que realidad.

¿Ha olvidado sus raíces?

Como las voy a olvidar si están tan cerquita. Nada más que tengo que ver a la vieja y acordarme de la peseta que ahorraba diariamente para ayudar al sustento de la casa.

Los revolucionarios admiramos su modestia, sencillez y calidad humana. ¿Por qué es así?

Es parte de mi carácter, idiosincrasia. La formación al lado de Fidel y de Raúl tiene también que ver con eso. ¿Quieres personas más sencillas y humanas que ellos dos?

Además, estoy seguro de que si cambiara, la vieja me volvería a dar una pela.

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