|
La semilla del desarrollo de la salud pública en Cuba
JOSÉ A. DE LA OSA
En un texto fundador de la historiografía contemporánea, La
historia me absolverá, que trazó en Cuba el programa de la
definitiva liberación nacional antimperialista, se encuentra también la
simiente de lo que con el devenir de estos años se ha convertido en un
sólido desarrollo asistencial de la salud pública y de las investigaciones
biomédicas en función de la salud.
Durante las últimas décadas, situados ahora en los albores del siglo XXI,
se ha fomentado en el país una fuerte rama científica dedicada a la
investigación y elaboración de productos médico-farmacéuticos, obtenidos
por vía de la ingeniería genética y la biotecnología; una moderna
industria de medicamentos y de equipos para uso médico general; y se han
aplicado programas científicos en salud con procedimientos y tecnologías del
más alto nivel científico.
Corría el mes de septiembre de 1953 cuando en el Palacio de Justicia de
Santiago de Cuba —en un aposento rectangular de 15 metros de largo por 7 de
ancho— se celebraba el juicio más trascendental de la historia republicana.
Fidel Castro, en su alegato de defensa ante el Tribunal que lo juzgó por su
participación en el asalto al Cuartel Moncada, anunció las cinco leyes
revolucionarias que serían proclamadas inmediatamente después de tomar la
fortaleza del Moncada, y citó entre ellas la reforma agraria y la reforma
integral de la enseñanza, con la intención de dar solución al problema de
la tierra, de la industria, de la vivienda, el desempleo, la educación y al
problema de la salud del pueblo, junto con la conquista de las libertades
públicas y la democracia política.
La situación prevaleciente en Cuba en la década del 50 del pasado siglo
XX se caracterizaba por el latifundio, con una población mayoritariamente
campesina y con muy poco desarrollo industrial; el sistema de enseñanza era
débil, existían pocas escuelas técnicas y de artes industriales.
El escenario en que se desenvolvía la infancia era no menos sombrío. El
90 por ciento de los niños del campo se encontraban devorados por los
parásitos, miles morían cada año por falta de recursos; crecían
raquíticos, y a los 30 años no tenían un diente sano en la boca. El acceso
a los hospitales del Estado sólo era posible mediante la recomendación de
políticos.
“De tanta miseria sólo es posible librarse con la muerte, y a eso ayuda
el Estado, a morir”, resumía Fidel no sin un dejo de dolor.
Las actividades científicas y técnicas, antes del triunfo de la
Revolución cubana en 1959, eran pocas y de alcance reducido, porque la
subordinación al colonialismo español primero, y al imperialismo
norteamericano después, limitó y ahogó las iniciativas creadoras de muchos
científicos de su tiempo.
En la república neocolonizada no existían incentivos para el desarrollo
de la ciencia ni de la técnica, y el desarrollo tecnológico se subordinó a
los intereses de los monopolios.
Una mirada a la situación de la salud pública imperante al triunfo de la
Revolución nos muestra un cuadro sanitario caracterizado por tétanos,
difteria, sarampión, tos ferina, poliomielitis, tuberculosis y otras
enfermedades. Los niños morían de gastroenteritis y enfermedades
respiratorias como las primeras causas de muerte. La tasa de mortalidad
infantil era superior a 60 por mil nacidos vivos y una expectativa de vida de
apenas 60 años, para una población en 1959 de alrededor de 6 millones y
medio de habitantes.
El país contaba con unos 6 000 médicos, concentrados fundamentalmente en
la capital y cabeceras de provincias, con un presupuesto estatal de salud de
$3.00 per cápita.
Un lema revestido de un acendrado cinismo que se exhibía en carteles
colocados en muchos centros asistenciales de la época —“el enfermo es la
persona más importante de este hospital”—constituía uno de los
instrumentos para el uso de los políticos de la etapa prerrevolucionaria, de
espaldas a las humillantes realidades nacionales.
Los hospitales, además de centros de politiquería, eran focos de desorden
e inhumanidad que alcanzaban características ciertamente inenarrables. Un
hospital de enfermos de la capital, Mazorra (actualmente Hospital
Psiquiátrico de La Habana) por las condiciones infrahumanas de vida y
asistenciales que prevalecían en esa institución, constituía un ejemplo
desgarrador de la situación social imperante en el país.
En los centros asistenciales en general, a la falta de asistencia médica y
de medicamentos, habría que agregar la falta también de los alimentos.
Llegó el momento en que el presupuesto de manutención y medicinas de un
enfermo era de apenas 10 centavos.
Obviamente la atención privada, fundamentalmente el mutualismo, estaba
orientada al sector de la población con suficientes ingresos monetarios para
sufragarla, pero la gran mayoría de la población, sobre todo la campesina y
trabajadores asalariados, prácticamente carecían de los más elementales
servicios de salud pública en la Cuba de los años 1950.
No habría, por tanto, que reflexionar mucho para comprender lo que
sucedía en realidad en las áreas rurales de la isla, siempre olvidadas y
preteridas.
PENSAMIENTO DE CONTINUIDAD CON EL MONCADA
En un pensamiento de continuidad con el Programa del Moncada, con el
triunfo de la Revolución el nuevo gobierno se planteó entre las tareas
inmediatas la elevación del nivel de conocimiento de la población, la
erradicación del analfabetismo, la expansión de la escolaridad y la reforma
universitaria, así como la formación masiva de técnicos.
Hoy el Hospital Psiquiátrico de La Habana
es una institución que sus trabajadores llaman arco iris de esperanza,
lo cual habla en grande del significado humanista de la Revolución
Quizás el primer gran aporte de la Revolución en salud pública, que
posibilitaría los ambiciosos programas educacionales desarrollados en las
ciencias médicas en más de cuatro décadas, lo constituya la introducción
del concepto de universalización de la docencia médica, al integrar a los
estudiantes de Medicina y enfermería durante su proceso de formación a las
unidades asistenciales docentes, lo que ha permitido, además, alcanzar la
masificación de los programas de formación de los recursos humanos en la
esfera sanitaria.
También en los primeros años del gobierno revolucionario se orientó la
creación de centros científicos para la atención sistemática de las
actividades de la ciencia, cuyas investigaciones respondieran a las
necesidades del país, a corto y largo plazo; se trazaron los lineamientos
generales y se aseguraron los recursos materiales y humanos para el éxito de
estas tareas.
Los resultados de los esfuerzos realizados en los primeros 15 años de vida
de la Revolución se plasman en el informe presentado durante el primer
Congreso del Partido en 1975 para la aprobación de sus Tesis y Resoluciones,
y concretados en la elevación del nivel cultural del pueblo, el
establecimiento de planes para a calificación de la fuerza de trabajo, la
existencia de decenas de miles de profesionales y técnicos de nivel
universitario, y el establecimiento de los sistemas de grado científico,
categorías docentes y de investigadores.
En estos primeros años se determinó que era necesario ampliar y
perfeccionar el sistema nacional de salud creado, el de atención médica y
hospitalaria, desarrollar la medicina preventiva, impulsar la medicina rural,
incrementar los estudios de medicina del trabajo y su aplicación al
tratamiento de enfermedades profesionales, elevar el nivel de la cultura
sanitaria del pueblo y poner énfasis en preservar el medio ambiente y los
bienes naturales.
Asimismo se plantean los presupuestos metodológicos que configuran a la
Escuela Cubana de Medicina, estableciendo la prevención como concepto
primordial del sistema sanitario en el cuidado de la salud, a fin de eliminar
los rezagos de la vieja Medicina que atendía a la enfermedad y no al enfermo.
Ya en los primeros años de quehacer del gobierno revolucionario comienzan
a quedar muy atrás la gastroenteritis y las enfermedades infecciosas,
abonadas por el terreno fértil de la desnutrición y los programas de
diagnóstico prenatal de enfermedades congénitas constituían otro de los
pasos de trascendencia humana y social a favor de los cuidados de la madre y
el niño.
En el año 2002, con una población que sobrepasa los 11 millones de
habitantes, el cuadro de salud cubano ha cambiado radicalmente en poco más de
cuatro décadas de quehacer a favor de la salud de la población: hoy la
mortalidad general no se produce por las llamadas “enfermedades de la
pobreza”, sino, como en los países altamente desarrollados, las principales
causas la constituyen las afecciones del corazón, el cáncer y los accidentes
vasculares.
Cuba cuenta con más de 65 000 médicos, distribuidos equitativamente por
todo el país, lo que representa un medico por cada 169 habitantes, según
datos del Anuario Estadístico del Ministerio de Salud Publica, del año 2000.
El articulado de la Constitución de Cuba consagra la voluntad de que la
ley de leyes de la República esté presidida por el profundo anhelo del
héroe de la independencia cubana, José Martí, quien afirmo que “yo quiero
que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la
dignidad plena del hombre.
Y en letra viva, en su artículo 49 se consigna que todos tienen derecho a
que se atienda y proteja su salud. El estado garantiza este derecho: con la
prestación de la asistencia médica y hospitalaria gratuita, mediante la red
de instalaciones de servicio médico rural, de los policlínicos, hospitales,
centros profilácticos y de tratamiento especializado; con la prestación de
asistencia estomatológica gratuita; con el desarrollo de los planes de
divulgación sanitaria y de educación para la salud, exámenes médicos
periódicos, vacunación general y otras medidas preventivas de las
enfermedades.
OPERACIÓN MATEMÁTICA EN EL SIGLO XXI
Una sencilla operación matemática a comienzos del siglo XXI nos coloca
ante una realidad social en Cuba en verdad sorprendente, teniendo en cuenta
además las adversas condiciones que vive el país bloqueado durante décadas
por el Gobierno de los Estados Unidos: la tasa de mortalidad infantil ha sido
reducida de más de 60 por mil nacidos vivos antes del triunfo de la
Revolución en 1959, hasta llegar a 6 en el 2001, lo que sitúa a Cuba, junto
a Canadá, como el país de las Américas con más baja tasa de mortalidad
infantil. Estados Unidos, con 7 por cada mil nacidos vivos, tiene una
mortalidad infantil mayor que Cuba.
Este indicador internacional mide, de forma sintética, el bienestar y
desarrollo de un país, y es expresión de las condiciones sociales,
económicas, biológicas, políticas, demográficas y sanitarias de la
población.
Entre los factores que han contribuido a este favorable indicador de
mortalidad infantil los expertos reconocen, en primer lugar, la voluntad
política del Gobierno revolucionario de proteger y atender la salud de
nuestro pueblo, en especial de la madre y el niño; la existencia de un alto
grado de escolarización de la población; un programa de vacunación que
abarca 13 enfermedades, con una cobertura que sobrepasa el 98% de los niños;
un sistema de salud universal, accesible y gratuito para toda la población,
sustentado en una amplia red de centros asistenciales e instituciones de
atención primaria, con el medico y enfermera de familia que, junto a las
campañas de promoción y prevención sanitaria, permiten hoy alcanzar una
cultura popular de salud.
Fue la doctora Gro Harlem Brundtland, directora general de la Organización
Mundial de la Salud (OMS), ante un foro internacional que reunió a cientos de
Pediatras en La Habana (14 de junio del 2001), quien afirmó que “la alta
mortalidad infantil es muestra de la desigualdad social” y recordó que en
1999 más de 10 millones de niños menores de cinco años murieron, y el 99%
de ellos vivía en países en desarrollo.
“En Cuba —reconoció— ya han demostrado que si todas las familias
pueden tener acceso a la atención infantil esencial, las primeras causas de
muerte infantil pueden superarse”.
En esa propia reunión, Pediatría 2001, el presidente Fidel Castro
anunciaba al mundo que en lo referido a la atención al niño, Cuba estaba
introduciendo un nuevo concepto que dejaba a un lado las estadísticas, para
ofrecer atención individual a los problemas de cada niño, concepto que se
iría extendiendo a los ancianos y a todo ciudadano que así lo requiriera.
Puso como ejemplo de lo expresado, que en el país en ese momento había
alrededor de 180 niños con padecimiento de fibrosis quística, una enfermedad
que demanda muchas atenciones (dieta muy especial y medicamentos que no deben
faltar), y ya se habían localizado a los 180 pacientes con esta enfermedad
para brindarles la atención especializada.
COLABORACIÓN MEDICA Y DESARROLLO SOSTENIBLE
La semilla de la tradición internacionalista de la salud pública en
Revolución, iniciada a principios de la década de los 1960 con el envío a
Argelia de una brigada médica, nos lleva también por el hilo conductor
histórico a La historia me absolverá, donde Fidel traza las proyecciones
para el desarrollo socioeconómico y sanitario y declara entonces “que la
política cubana en América sería de estrecha solidaridad”.
Luego del triunfo revolucionario y en no pocas de sus intervenciones, el
Presidente cubano ha subrayado una y otra vez que aunque somos un país pobre
y subdesarrollado, consideramos nuestra obligación más sagrada cooperar con
otros pueblos que están menos desarrollados y son más pobres que nosotros.
“Ese es un principio sagrado de la Revolución cubana, eso es lo que
nosotros llamamos internacionalismo, porque consideramos que todos los pueblos
somos hermanos y antes que la Patria está la humanidad”.
Bajo estos principios la colaboración médica a otros países se ha
desarrollado en dos sentidos esenciales:
s La
atención médica a poblaciones necesitadas, y
s Las
acciones en materia de formación de recursos humanos para garantizar el
desarrollo sostenible de la salud en otros países.
Son miles los trabajadores de la salud —y esta son cifras que crecen
continuamente— que en las zonas más inhóspitas de países en prácticamente
todos los continentes, han ofrecido su colaboración solidaria en la
asistencia y también en la docencia. Y se cuentan por millones los habitantes
de nuestro planeta que han recibido hasta hoy los beneficios de esta cruzada
de amor que realiza el personal de salud cubano.
Históricamente, la acción de la colaboración médica cubana ha estado
marcada por los requerimientos humanos y solidarios de dar respuesta a las
necesidades de salud de países que han sufrido catástrofes y desastres
naturales, o con carencias de personal de salud para ofrecer atención a sus
pobladores, o por ausencia de condiciones de instalaciones medico-sanitarias
para llevar la asistencia a los lugares más apartados.
La idea cubana de desarrollar un Programa Integral de Salud tiene su
expresión más concreta y objetiva en la aplicación de una estrategia para
la ayuda médica gratuita a la región, extendida después a África y Asia,
y, para la formación de profesionales que garanticen el desarrollo sostenible
de esta colaboración. A este fin se creó en La Habana la Escuela
Latinoamericana de Medicina (ELAM).
Esta concepción nació para dar respuesta a las consecuencias de dos
terribles huracanes, el Georges y el Mitch, que azotaron al Caribe y
Centroamérica, causando un impresionante número de víctimas humanas e
incalculable daño material.
El 28 de septiembre de 1998, y luego del reciente paso por el Caribe del
ciclón Georges, el presidente Fidel Castro planteó la idea de un programa
integral de salud para Haití en el que participarían —según se afirmó en
ese momento— no menos de 200 médicos cubanos, que según estimados serían
capaces de salvar a unos 20 000 niños cada año sólo reduciendo a 35 la
mortalidad de los menores de cinco años, que ascendía a finales del pasado
siglo a 135 por mil nacidos vivos.
Con posterioridad surgió el ofrecimiento de enviar gratuitamente, como
mínimo, 2 000 médicos cubanos a Centroamérica, víctima también del peor
desastre natural ocurrido en esa región en los últimos dos siglos como
consecuencia de los azotes del Mitch.
Paralelamente, y en correspondencia también con una larga tradición
política de ayuda educacional, el Gobierno cubano mostró su disposición de
acoger como mínimo a 5 500 jóvenes de la región en un período de diez
años, para que cursaran sus estudios en los 21 Institutos y Facultades de
Medicina del país, con capacidad para unos 30 000 estudiantes.
“Esa es nuestra ideología, proclamó entonces el Presidente cubano, y
eso es lo que predicamos, no con palabras sino con el ejemplo”.
La ELAM fue inaugurada en 1999, y ya en este 2002 estudiaban en Cuba más
de 5 000 estudiantes procedentes de más de 25 países, principalmente de
América Latina y el Caribe, pero también de África y de los Estados Unidos.
Los principios de formación que se imparten son los mismos que se aplican a
los estudiantes cubanos, con idénticos planes de estudio y el mismo rigor
académico. Uno de los conceptos básicos descansa en la formación de
valores, en lo ético, en lo moral, en la solidaridad, en el humanismo, que
hay que sembrarlos y cultivarlos.
Es conocido que en los sectores con más carencias de médicos en América
Latina y el Caribe mueren cada año más de un millón de personas, de ellos
500 000 niños por enfermedades prevenibles y curables.
Por ello, salvar millones de vidas, brindar salud segura y óptima a los
más de 500 millones de habitantes de nuestra América, y también de África,
sólo podría ser tarea de cientos de miles de médicos.
El 2 de noviembre de 1998 un pequeño grupo de 12 colaboradores iniciaron
el Programa Integral de Salud en Honduras, que fue a prestar sus servicios en
la zona de La Mosquitia, con mayores afectaciones como consecuencia del
huracán Mitch, según se estimó al principio. Pero al conocerse cabalmente
la magnitud de los desastres en todo el país, se continuaron enviando
brigadas médicas que sumaron en aquel momento 119 colaboradores.
A mediados de este año (2003), con cifras en constante y creciente
evolución, más de 2 500 colaboradores de la salud se desempeñaban en 18
países: 6 de América Latina y el Caribe, 11 de África y uno en Asia
(Cambodia).
La topografía de los lugares donde se encuentran las brigadas médicas
cubanas, en general los sitios más inaccesibles, mantiene entre sí puntos de
semejanza y algunas diferencias. Sin embargo, el denominador común de esta
labor de médicos, enfermeras y técnicos en los parajes donde prestan
asistencia, es ciertamente la misma: visión social y vocación irrenunciable
de luchar por aliviar el dolor de los más necesitados, entrega sin límites y
disposición de compartir, asimismo, el saber científico con los demás,
inmersos en el rostro hiriente de la pobreza en un mundo donde prevalece la
injusticia.
La experiencia acumulada en el desarrollo asistencial y de los recursos
humanos en el sector de la salud en Cuba revelan, en los inicios del tercer
milenio, la esencia del humanismo que emana de la Revolución cubana, dentro y
fuera de nuestras fronteras, como ejemplo de la posibilidad de que prevalezca
un mundo más solidario y justo.
Bibliografía:
· Álvarez,
J. y De la Osa, J.A. Senderos en el corazón de América: apuntes sobre salud
y ciencia en Cuba. –Madrid: Sangova, 2002.—182 p.
· Castro,
Fidel. La historia me absolverá. –La Habana: ediciones políticas, 1967.—34
p.
· Constitución
de la República de Cuba.—La Habana: Editorial Política, 1982.—55 p.
· Cuba.
MINSAP. Dilección Nacional de Estadística. Anuario Estadístico, 2000. La
Habana: MINSAP, 2000.—171 p.
· PCC.
Informe Central Tercer Congreso.—La Habana, Editora Política, 1986.—136
p.
· Rojas,
Marta. El juicio del Moncada.—La Habana, Ediciones Políticas, 1988.—357
p.
· Tesis y
Resoluciones del Partido Comunista de Cuba.—La Habana: editorial de Ciencias
Sociales, 1978.—675 p.
|