Solo un par de días después del encuentro de García Márquez en la
Casa Blanca, diplomáticos estadounidenses en La Habana se acercaron
a las autoridades cubanas. Tuvimos una serie de discusiones
centradas principalmente en lo que Estados Unidos había descubierto
acerca de planes terroristas contra aeronaves civiles y en la
advertencia que la Administración Federal de Aviación (FAA) se había
sentido obligada a emitir. Durante esos intercambios Estados Unidos
solicitó formalmente que una delegación de alto nivel del FBI
viniera a La Habana con vistas a recibir de su contraparte
información sobre la campaña terrorista que tenía lugar en esos
momentos. Durante la preparación de esa visita el secretario de
Estado asistente, John Hamilton, comunicó que "esta vez ellos
querían enfatizar la seriedad de la oferta de Estados Unidos de
investigar cualquier evidencia que [Cuba] pudiera tener".
Las reuniones tuvieron lugar en La Habana los días 16 y 17 de
junio de 1998. A la delegación norteamericana se le entregó
abundante información, tanto documental como testimonial. El
material entregado incluía las investigaciones relacionadas con 31
actos terroristas, que habían tenido lugar entre 1990 y 1998, muchos
promovidos por la Fundación Nacional Cubano-Americana, que también
organizó y financió las acciones más peligrosas llevadas a cabo por
la red de Luis Posada Carriles. La información incluía listas
detalladas y fotografías de armamentos, explosivos y otros
materiales confiscados en cada caso. Adicionalmente, 51 páginas con
evidencias relacionadas con el dinero aportado por la FNCA a varios
grupos para realizar actividades terroristas en la Isla. El FBI
recibió también grabaciones de 14 conversaciones telefónicas en las
cuales Luis Posada Carriles se refería a ataques violentos contra
Cuba. Se entregó una detallada información de cómo localizar al
notorio asesino, tales como direcciones de sus casas, lugares que
frecuentaba, y los números de placa de sus autos en El Salvador,
Honduras, Costa Rica, República Dominicana, Guatemala y Panamá.
El FBI se llevó los expedientes de 40 terroristas de origen
cubano, la mayoría de los cuales vivía en Miami y los datos para
encontrar a cada uno de ellos. La delegación norteamericana se llevó
también tres muestras de dos gramos cada una de sustancias
explosivas de bombas desactivadas antes de que pudieran explotar en
el Hotel Meliá Cohiba el 30 de abril de 1997 y en un ómnibus de
turistas el 19 de octubre de 1997, así como el artefacto explosivo
confiscado a dos guatemaltecos el 4 de marzo de 1998.
Al FBI también se le entregaron cinco cassettes de video y ocho
de audio y sus transcripciones con las declaraciones de los
centroamericanos que habían sido arrestados por colocar las bombas
en los hoteles. Ahí ellos hablaban de sus vínculos con bandas
cubanas y en particular con Luis Posada Carriles.
La parte norteamericana reconoció el valor de la información y se
comprometió a dar una respuesta lo más pronto posible.
Nunca tuvimos una respuesta. Nadie sabe con certeza lo que el FBI
hizo con las evidencias y con la pormenorizada información que
recibió en La Habana. Definitivamente no la utilizaron para arrestar
a ninguno de los criminales ni para abrir ninguna investigación.
¿Ya no estaba el Departamento de Estado preocupado por la
información que ellos mismos habían reunido acerca de ataques
terroristas a aviones comerciales? ¿Qué pasó con su preocupación por
las vidas y la seguridad de los pasajeros, incluyendo las de los
pasajeros norteamericanos?
¿Es esa la forma de "tomar medidas inmediatas" en un problema
"que merece la completa atención de su Gobierno, del cual ellos se
ocuparían urgentemente" como solemnemente prometieron en la Casa
Blanca? ¿O de "enfatizar la seriedad de la oferta de Estados
Unidos"?
Puede asumirse que el FBI compartió la información que obtuvo con
sus socios en Miami.
Si los hechos tienen algún significado ese fue sin duda el caso.
El 12 de septiembre de 1998, casi tres meses después de la visita a
La Habana conocimos a través de los medios de prensa de la detención
de Gerardo, Ramón, Antonio, Fernando y René, y de que el Sr.
Pesquera, jefe del FBI en Miami, estaba, ese sábado en la mañana,
visitando a Ileana Ros Lehtinen y Lincoln Díaz-Balart —los
Congresistas batistianos de Miami— para informarles del
encarcelamiento de los cinco cubanos.
La historia se repetía. En 1996 el Presidente Clinton dio
instrucciones de poner fin a las provocaciones aéreas de Hermanos al
Rescate, pero cuando sus órdenes llegaron a Miami la pandilla local
conspiró para hacer exactamente lo contrario. En 1998 el mismo
Presidente parecía estar dispuesto a poner fin a las acciones
terroristas contra Cuba —y también contra los norteamericanos—, pero
cuando sus intenciones se conocieron en Miami el FBI las voló en
pedazos.
El Sr. Pesquera ha reconocido en una entrevista de prensa que su
mayor dificultad fue lograr la autorización de Washington para
arrestar a los Cinco. Sin dudas debió haber sido así. ¿No se supone
que Washington esté del otro lado de la cerca en la lucha contra el
terrorismo?
El Sr. Pesquera y sus compinches ganaron. Ellos probaron ser
capaces de ignorar la ley y la decencia, y dejar en ridículo de
nuevo al Comandante en Jefe de Estados Unidos. ¿Recuerdan a Elián?