Cuba

La literatura cubana es una de las más relevantes e influyentes de América Latina y de todo el ámbito de la lengua española, con escritores de gran renombre como José Martí, Gertrudis Gómez de Avellaneda, José María Heredia, Nicolás Guillén (Poeta Nacional de Cuba), José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante, Virgilio Piñera y Dulce María Loynaz, entre tantos otros.

La primera obra literaria escrita en la isla data del siglo XVII, cuando en 1608, Silvestre de Balboa y Troya de Quesada (1563 - 1647) publica Espejo de Paciencia, un poema épico-histórico en octavas reales, que narra el secuestro del obispo Fray Juan de las Cabezas Altamirano por el pirata Gilberto Girón.

Poesía

La poesía inicia, pues, la historia de las letras cubanas.

No fue hasta 1739 que aparece en Sevilla la primera obra teatral escrita por un cubano: "El príncipe jardinero y fingido Cloridano", de Santiago Pita.

A pesar de que las letras insulares ya contaban con un Espejo de Paciencia, escrito más de siglo y medio atrás, la verdadera tradición poética cubana comienza con Manuel de Zequeira y Arango y Manuel Justo de Rubalcava, a finales del siglo XVIII. Esto se puede afirmar por su tipicidad insular ya distante de lo español. El canto a la naturaleza autóctona iba siendo el tono y el tema primado de la poesía de Cuba; los poemas inaugurales con mayor calidad son la oda "A la piña", de Zequeira, y la "Silva cubana", de Rubalcava.

Entre 1790 y 1820, se extiende el lapso del neoclasicismo, caracterizado por el empleo de formas clásicas semejantes a las preferidas en la Metrópoli. Un poeta que podemos situar a medio camino de lo "culto" y lo "popular" fue Francisco Pobeda y Armenteros, quien con su estilo logró ser de los iniciadores del proceso de "cubanización" de la lírica. Poco tiempo después, Domingo del Monte intentará lo mismo que Pobeda, proponiendo la "cubanización" del romance.

El Romanticismo madurará en Cuba gracias a una figura de rango continental, José María Heredia el primer gran poeta romántico cubano, fue también ensayista y dramaturgo. Otros románticos notables son Gabriel de la Concepción Valdés “Plácido" y Juan Francisco Manzano. Entre los seguidores del regionalismo americano se contó con José Jacinto Milanés; en tanto, una de las figuras descollantes del romanticismo hispanoamericano fue Gertrudis Gómez de Avellaneda.

El siguiente hito de gran importancia para la poesía cubana sobreviene con la aparición de dos poetas excelentes: Juan Clemente Zenea (1832 – 1871) y Luisa Pérez de Zambrana: Cuando irrumpe la llamada generación del Modernismo, ya existe una tradición poética cubana, en la que pudiera decirse que apenas faltaba el grado de universalidad que se alcanzó brillantemente con José Martí (1853 – 1895).

Las influencias foráneas, sobre todo francesas, vinieron a reunirse en otro poeta esencial: Julián del Casal. Una de las ganancias más notables que la poesía cubana obtiene con su obra, consiste en la elaboración intelectiva, artística, de la palabra como arte, no exenta de emociones, de tragicidad, de visión de la muerte.

El siglo XIX cubano contó, además, con filósofos e historiadores como Félix Varela, José Antonio Saco y José de la Luz y Caballero, surgió también una novela antiesclavista con Cirilo Villaverde, Ramón de Palma y José Ramón Betancourt. Asimismo floreció la literatura costumbrista con José Victoriano Betancourt y José Cárdenas Rodríguez y un romanticismo tardío con la “reacción del buen gusto”: Rafael María de Mendive, Joaquín Lorenzo Luaces y José Fornaris. En la crítica merece recordarse a Enrique José Varona.

El siglo XX se inicia una República mediatizada por la ocupación norteamericana, la literatura cubana, en la primera mitad de ese siglo, va estar marcada por el influjo de dos grandes escritores: Julián del Casal y José Martí, los primeros modernos.

Nombres como Regino Boti, José Manuel Poveda, Rubén Martínez Villena, José Zacarías Tallet, Dulce María Loynaz y Nicolás Guillén marcan detalladamente las tendencias de esta época.

Antes de la llegada definitiva de las Vanguardias, la década de 1920 supuso el desarrollo de una poesía que anticipó las agitaciones sociales y humanas de la década posterior. En ella destacan Agustín Acosta, José Zacarías Tallet y Rubén Martínez Villena.

En el progreso de las vanguardias se diferencian dos líneas casi divergentes: la realista, de temática negra, social y política, donde destacó Nicolás Guillén, y la introspectiva y abstracta que tuvo en Dulce María Loynaz y Eugenio Florit a sus más reconocidos representantes.

En 1940 apareció el grupo de la Revista Orígenes, de preocupación cubanista, cuyo líder fue José Lezama Lima, y en el cual se integran Ángel Gaztelu, Gastón Baquero, Octavio Smith, Cintio Vitier, Fina García Marruz y Eliseo Diego.

Otros destacados poetas de esa generación fueron: Lorenzo García Vega, Samuel Feijóo y Félix Pita Rodríguez, pero sin dudas fue José Lezama Lima (1910 – 1976) la figura central de la poesía cubana en la mitad del siglo. La obra de Lezama Lima abarca varios volúmenes de poesía donde se destacan Muerte de Narciso (1937), Enemigo rumor (1947), Fijeza (1949), y Dador (1960). Entre esas dos décadas (1940 – 1950), se alcanzó una creación a la altura de lo mejor que se escribía en lengua española.

La llamada "Generación del Cincuenta" (autores nacidos entre 1925 y 1945), tuvieron como maestros a poetas "del patio", como Lezama Lima, en tanto partieron de variadas corrientes, incluso la neorromántica, para ir acrecentando lo que en la década de 1960 será la última corriente del siglo XX, ampliamente aceptada por numerosos poetas: el coloquialismo.

Sin embargo, es preciso observar el tono existencial de Virgilio Piñera; el sentido de lo criollo en Eliseo Diego y Fina García Marruz; el diálogo con el hombre del pueblo de la segunda parte de "Faz", de Samuel Feijóo; la intertextualidad alcanzada por Nicolás Guillén en “Elegía a Jesús Menéndez”.

En los años iniciales de la Revolución parecía insuficiente para la lírica el tono intimista predominante en las décadas precedentes, e incluso la anterior poesía social (de protesta, denuncia y combate), se convertía en impropia para las nuevas circunstancias sociales.

Casi todos los integrantes de la promoción nacida entre 1930 – 1940: Fayad Jamís, Pablo Armando Fernández, Heberto Padilla, César López, Rafael Alcides, Manuel Díaz Martínez, Antón Arrufat, Domingo Alfonso, Eduardo López Morales y otros, fueron esencialmente coloquialistas.

Una primera promoción de los poetas de la "Generación del Cincuenta", nacidos entre 1925 y 1929, en sus obras dejó advertir fuentes neorrománticas, origenistas y hasta surrealistas (Cleva Solís, Carilda Oliver Labra, Rafaela Chacón Nardi, Roberto Friol, Francisco de Oráa, entre otros).

Una tercera promoción, nacida entre 1940 y 1945, no se diferencia mucho de los poetas más radicalmente prosaístas, incluso algunos de ellos prefirieron este término para identificarse. Con Luis Rogelio Nogueras, Nancy Morejón, Víctor Casaus, Lina de Feria, Delfín Prats, y otros, el coloquialismo sobrevivió con fuerza al menos hasta la mitad de la década de 1980.

Una nueva generación de poetas se da a conocer en la segunda mitad de los ochenta, esta generación se identifica también por su diversidad, y convive en igualdad de condiciones con las precedentes. Es un fenómeno interesante este: la confluencia de poetas nacidos después del 59, con muchos de los nacidos entre las décadas cuarenta y cincuenta — quienes continúan tributando una poesía revitalizada.

El signo estilístico y formal más distintivo de esta última generación de poetas ha sido influenciado decisivamente por la poesía de dos maestros José Lezama Lima y Virgilio Piñera, se pueden mencionar los nombres de: Sigfredo Ariel, Jesús David Curbelo, Antonio José Ponte, Rita Martín, Emilio García Montiel, Carlos Alfonso, Frank Abel Dopico, Damaris Calderón, Teresa Melo, Nelson Simón, Juana García Abas, Ronel González, León Estrada, Reinaldo García Blanco, Rito Ramón Aroche, Caridad Atencio, Ismael González Castañer, Carlos Esquivel Guerra, Alpidio Alonso Grau, Alberto Sicilia Martínez, Ricardo Alberto Pérez, Manuel Sosa, Sonia Díaz Corrales, Norge Espinosa, Pedro Llanes, Edel Morales, Arístides Vega Chapú, Francis Sánchez, Ileana Álvarez, Rigoberto Rodríguez Entenza, Berta Kaluf, Luis Manuel Pérez Boitel, Laura Ruiz, Odette Alonso, Dolan Mor, Alberto Lauro, William Navarrete, Carlos Pintado, Alfredo Zaldívar, Yamil Díaz, Edelmis Anoceto Vega, entre otros.

Narrativa

Sin dudas, la figura cimera de la narrativa cubana en el siglo XX es Alejo Carpentier (1904 – 1980). Novelista, ensayista y musicólogo, influyó notablemente en el desarrollo de la literatura latinoamericana, en particular a través de su estilo de escritura, que incorpora todas las dimensiones de la imaginación — sueños, mitos, magia y religión — en su idea de la realidad. Fue Premio Cervantes de Literatura y estuvo nominado al Premio Nobel. Otros importantes novelistas cubanos de talla universal fueron José Lezama Lima y Guillermo Cabrera Infante.

A finales del siglo XIX, con la publicación de Cecilia Valdés (1882) de Cirilo Villaverde, y Mi tío el empleado (1887), de Ramón Meza, la novela cubana terminó de adquirir un semblante propio.

A mediados del siglo XX tuvieron gran significaron las publicaciones de El reino de este mundo (1949) y El siglo de las luces (1962), de Alejo Carpentier, pueden arrimársele obras como las de Lino Novás Calvo, Enrique Serpa, Carlos Montenegro, Enrique Labrador Ruiz, Dulce María Loynaz, y Virgilio Piñera. Junto con el realismo mágico y lo real maravilloso; también confluía el realismo social en las obras tempranas de Lisandro Otero, Humberto Arenal, Jaime Sarusky, Edmundo Desnoes y José Soler Puig.

Otro momento importante de la novelística cubana ocurrió en 1966, al publicarse Paradiso de José Lezama Lima, pero en los años sesenta no deben dejar de destacarse otras novelas de mérito como Pailock, el prestigitador, de Ezequiel Vieta, Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas, Adire y el tiempo roto, de Manuel Granados y el testimonio llevado a novela, Biografía de un cimarrón, de Miguel Barnet.

Cuento

El cuento también tiene un espacio importante en la literatura cubana, el primer libro íntegramente de cuentos de un autor cubano fue “Lecturas de Pascuas”, de Esteban Borrero, publicado en 1899.

La etapa de madurez comienza en la cuarta década del siglo XX, con narradores como Virgilio Piñera y sus “Cuentos Fríos” (1956); Alejo Carpentier con “La guerra del tiempo” (1958) y Onelio Jorge Cardoso con “El cuentero” (1958); éste último autor un genial recreador de la vida sencilla del campo y que ha sido nombrado "El Cuentero Mayor".

Hasta 1960, es importante destacar obras como: “Cayo Canas” (1942), de Lino Novás Calvo; “El gallo en el espejo” (1953), de Enrique Labrador Ruiz; y “Así en la paz como en la guerra” (1960), de Guillermo Cabrera Infante. Completan en los años 70 obras como “Al encuentro” (1975), de Omar González; “Noche de fósforos” (1976), de Rafael Soler; “Todos los negros tomamos café” (1976), de Mirta Yáñez; “Los lagartos no comen queso" (1975), de Gustavo Euguren; “Acquaria” (1975), de Guillermo Prieto; “El arco de Belén” (1976), de Miguel Collazo; “Acero” (1977) de Eduardo Heras León y "El hombre que vino con la lluvia" (1979), de Plácido Hernández Fuentes.

En los años ochenta continuó el ascenso de la cuentística cubana. Relevantes son los libros: “El niño aquel” (1980), de Senel Paz; "Tierrasanta" (1982), de Plácido Hernández Fuentes; “Donjuanes” y "Fabriles" (1986), de Reinaldo Montero; “El diablo son las cosas” (1988), de Mirta Yáñez; “Noche de sábado” (1989), de Abel Prieto Jiménez, y “La vida es una semana” (1990), de Arturo Arango.

Ensayo

Cuba cuenta con una tradición ensayística importante, iniciada en la primera mitad del siglo XIX, y en la que destacan muchos autores célebres. Familiares a las letras universales son los nombres de Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante, Ramiro Guerra, Emilio Roig de Leuchsenring, Cintio Vitier, Jorge Mañach, Graziella Pogolotti, Roberto Fernández Retamar, entre otros.

Hasta 1959 se destacaron fundamentalmente el etnógrafo Fernando Ortiz, que escribió obras como Azúcar y Población de las Antillas (1927) y Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940); Emilio Roig de Leuchsenring con obras como Cuba no debe su independencia a los Estados Unidos (1950); José Lezama Lima con Analecta del reloj (1953) y Tratados en La Habana (1958), y una larga lista que incluye autores como Jorge Mañach, Ramiro Guerra, Juan Marinello, Medardo Vitier, José Antonio Portuondo, Carlos Rafael Rodríguez y Raúl Roa.

En la segunda mitad del siglo XX y lo trascurrido del XXI, el desarrollo de la ensayística no se detiene, y el género cuenta con decenas de cultivadores entre escritores, poetas e investigadores. Imprescindibles son los nombres de Cintio Vitier, Fina García Marruz, Roberto Fernández Retamar, Ambrosio Fornet, Graziella Pogolotti, , Virgilio López Lemus, Enrique Ubieta Gómez, entre otros.