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Ofrecer el corazón
Diana Ferreiro
Uno no encuentra en los rostros huellas de compasión o lástima.
Teté cuenta hasta cuatro. El cinco es el silencio. Al principio a
uno se le oprime el corazón, hasta que las canciones y los bailes y
las risas de los niños se le hunden en el alma y entonces se
aprietan los ojos para controlar las lágrimas. Porque allí todo es
alegría. Los niños de la escuela nacional Solidaridad con Panamá,
para discapacitados físico-motores, le gritaban al mundo, des-de sus
sillas, que se están preparando para la vida. Y la vida, que tan
dura puede ser con la gente especial, parecía premiar esa mañana el
increíble amor, la paciencia y la per-severancia de los educadores.

Los
niños de la escuela Solidaridad con Panamá, celebraron el 24
aniversario de la institución.
Teté es la directora desde hace 23 años, uno menos de los que
cumplió la escuela en el día de ayer. En realidad no se llama Teté,
sino Esther María La O Ochoa, y recuerda que la adaptación a esta
enseñanza fue muy difícil: "Me pasó lo mismo que a los padres: un
primer sentimiento de lástima, de compasión, ese dolor tan fuerte al
ver a los niños tan chiquitos sentados en una silla de ruedas".
Pero hoy ya no. Y es que los niños tienen más voluntad que uno
—reconoce— y cuando salen a la vida real tienen que enfrentar
barreras psicológicas y arquitectónicas, "por eso la escuela tiene
el deber de prepararlos para la vida, para que logren una
independencia tal que no necesiten de la persona mayor, aunque hay
niños que la van a necesitar siempre".
Solidaridad con Panamá tiene tres enseñanzas: primaria,
secundaria y atención a niños con retraso mental. Además, a través
del programa "Educa a tu hijo" ofrecen herramientas a los padres
para convivir con el niño. Entonces hay dos objetivos principales en
la escuela: la rehabilitación física y la psicológica, explicó
Esther María La O.
INSTRUIR PUEDE
CUALQUIERA, educar...
Martí dijo, les cuenta Teté, que uno tiene dos madres, la
naturaleza y las circunstancias. Y la naturaleza nos hizo
discapacitados, les dijo, pero las circunstancias nos hicieron vivir
en Cuba. Nosotros hoy vamos a brindar por eso. Pero en silencio Teté
también brinda por el beso que le exigen todas las mañanas, por
Verónica que ya es abogada, o por los tres "niños" que están en la
UCI, o por las llamadas contándole: "Teté, soy mamá".
"Pudieran estar tristes, porque no corren como otros niños, y sin
embargo te reciben todos los días con una sonrisa, ese es el mayor
premio que uno puede recibir como di-rectora".
¿Y los maestros Teté? ¿Cómo debe ser un educador para enfrentar
una enseñanza especial?
"Primero tiene que primar el amor, la solidaridad, nunca la
lástima o la compasión, sino aprender a crecerte como maestro ante
las dificultades que puede presentar el niño. Hay que tener
paciencia, entrega, dedicación. Y acudir a las potencialidades que
tiene el niño".
Y luego está la familia, que debe aprender también a educarlos de
acuerdo con su discapacidad, pero sin crearle más limitaciones, sino
ayudándolo a enfrentarlas. Es por ello que en el centro se realizan
reuniones o talleres con las familias para estrechar los lazos entre
ambos.
Si no creyera en algo
puro...
En el coro, Kenny es el tercero de derecha a izquierda. Teté
habló de béisbol y los ojitos le brillaron. Todo el mundo sabe que
Kenny Matos es holguinero y que le gusta la pelota. Pero a Kenny lo
que más le gusta es cantar. Eso y las Matemáticas, claro.
Luego de interpretar una canción dedicada a Martí y La maza,
de Silvio Rodríguez, los niños recitaron, bailaron, leyeron y
aplaudieron a sus compañeros. Al finalizar la actividad lo busqué
con la vista y lo esperé pacientemente. Kenny, debo decirlo, no
camina como los demás niños, porque corre a la par con las piernas y
con el alma, como si en ello le fuera la vida.
Desde sus escasos diez años me aseguró que allí era feliz y que
las maestras a veces daban clases que "le tocan a uno el corazón".
¿Qué quieres ser cuando seas grande?, le pregunté. "Yo voy a
estudiar en el pre, y luego voy a ir a la universidad a hacerme
cantante", me aseguró. Y me dio un beso. De esos que te hacen
esconder las manos para ocultar un temblor. De esos que te queman la
epidermis y se te incrustan en la vida. |