A sus 87 años, cumplidos el 5 de enero de este año, el mexicano
Antonio del Conde Pontones, El Cuate del Granma, atesora como los
más importantes de su vida, los recuerdos que le enlazan para
siempre a la historia de Cuba, pero sobre todo, a la de la
Revolución Cubana y a Fidel.

En el
Archivo Nacional, en julio pasado, dejó un ejemplar de su libro
Memorias del dueño del Yate Granma, editado en noviembre de 2012 en
México.
De ahí que cada vez que viene al país,
principalmente desde 1976 en que la histórica embarcación quedó
instalada para siempre en el Museo de la Revolución, es visita
cotidiana a los predios del Memorial Granma, para ver en su sitial
de honor el pequeño yate que había adquirido un tiempo antes de que
Fidel lo viera en Tuxpan y le dijera: Si usted arregla ese barco, en
ese nos vamos a Cuba.
Tengo el privilegio de conocerlo a partir de aquel año del
aniversario 20 del desembarco del Granma en que lo entrevisté en
México por primera vez y pude recorrer con él tantos sitios de
nuestra historia... y desde esa época supe de aquel encuentro
inicial con un joven al que conoció como "Alejandro", que se
presentó en su armería en Ciudad México entre julio y septiembre de
1955, preguntándole si tenía "acciones de mecanismos belgas"
(aditamentos, como suele reiterar, muy específicos para los
interesados en armamentos). Encuentro que, como afirma, le marcó
para toda la vida.
De él ha narrado Fidel en Guerrillero del Tiempo, el
indispensable libro de la periodista y escritora Katiuska Blanco,
que recoge sus conversaciones con el líder histórico de la
Revolución. En su capítulo sobre los preparativos en México de la
futura expedición del Granma, afirma:
"El Cuate nos fue muy útil, nos ayudó mucho. Él nos facilitó la
adquisición de las mirillas telescópicas, 50 mirillas belgas
compramos una vez. La mayor parte de los fusiles se los compramos a
él o a través de él; compramos también algunos fusiles
semiautomáticos, serían como 10 Remington; teníamos un fusil Garand
semiautomático igualmente, una Thompson calibre 45, única arma
automática de la que disponíamos.
"... y los compramos con la colaboración de aquel armero mexicano
a quien ganamos para la causa y que se portó con mucha lealtad y
seriedad. También participó en la compra del barco y la casa en
Santiago de la Peña, en Tuxpan...".
En una entrevista en 1996, El Cuate me comentaba: "Después de 40
años, el Gran-ma es mucho más de lo que pude haber pensado que iba a
ser. Hace 40 años navegaba en un mar nada calmo, con 82
expedicionarios a bordo que se habían comprometido a ser libres o
mártires aquel año de 1956, y ahora se encuentra en su Me-morial", y
afirmaba que tal remembranza le hacía pensar en Fidel, no en el de
entonces, sino en el de hoy, quien con solo su nombre, en cualquier
parte, es el Comandante Fidel Castro, un hombre que enseña a todo el
mundo lo que es guiar a un pueblo, no obstante el bloqueo, las leyes
Torricelli y Helms-Burton, las adversidades inimaginables que ha
tenido que enfrentar.
El Cuate, pseudónimo bajo el cual se ocultó la identidad de este
mexicano, una de las figuras clave en los preparativos de la
expedición, trabajó durante casi año y medio di-rectamente a las
órdenes de Fidel: primero, consiguiendo parte importante de las
armas y sus aditamentos; después parque, uniformes, botas, equipos
de campaña, por último —luego de haber fallado otras gestiones de
embarcaciones y hasta de una nave aérea—, en el acondicionamiento
del Granma, entre otras tareas vinculadas a la partida.
Puso en aquellas actividades trabajo, es-fuerzo, intereses,
ilusión de navegar en aquel barco y formar parte en aquella misión,
"pero las órdenes se acatan y mi jefe fue preciso: no vendría yo en
el Granma, tenía que quedarme en México porque le sería mucho más
útil como un soldado fuera de Cuba; recuerdo, que tuve ganas hasta
de llorar, pero me tuve que contener delante de él, y continuar con
los últimos detalles para que todo se llevara a cabo como era
necesario, como todos esperábamos que sucediera y sucedió: cumplí mi
parte en el empeño de que saliera el Granma (el 25 de noviembre de
1956) y la expedición, como se había comprometido el Comandante,
llegó, entró y triunfó".
Hace unos meses, estuvo en Cuba invitado a participar en las
actividades por el aniversario 60 del Moncada. Estuvo en La Habana y
en Santiago de Cuba.
Poco antes de partir me confesó dos momentos inolvidables de esta
ocasión, entre los muchos en que se le ha homenajeado por su
seriedad y lealtad a la Revolución (son decenas los reconocimientos
que le han sido conferidos).
Fue en la gala artística por el LX aniversario en Santiago,
contó, estaba lleno el teatro. "Yo estaba muy cerca de Raúl, y
cuando me ve, me saluda, le doy la mano, y me presenta con el
público. Quiero presentar a este viejito, dijo y me levantó el
brazo; este viejito, El Cuate, nos dio el Granma. Todo el mundo
aplaudió... No tengo palabras, fue más que emocionante, realmente no
me merezco eso... de ninguna manera. Tú sabes que el Granma yo no lo
di, me lo pidió Fidel, y siguiendo sus instrucciones arreglé el
Granma. Si yo aporté mi trabajo en el Granma, fue dirigido por
Fidel.
¿Y el segundo? Ocurrió en un encuentro de los moncadistas y
expedicionarios con jóvenes. Un muchacho se paró y me dijo: Bueno, y
Ud., ¿cómo y por qué se integró a la Revolución? Y le respondí: Te
lo voy a contestar rápidamente con tres palabras. Cuando conocí al
Comandante Fidel Castro, no tengo más que decirte, por eso me
integré, porque era Fidel.
Cada vez que nos vemos, aunque pasen los años, le hago la misma
pregunta, y siempre reitera su respuesta:
"Qué cosa mejor podría yo hacer en mi vida, sino luchar por un
ideal, que aunque no era un ideal original mío, sino de Fidel, fue
quizás intuición o simplemente eso: era Fidel Castro"
—Y hoy, ¿El Cuate haría lo mismo?
—Tienes que pensar que ha pasado el tiempo y hemos aprendido
mucho, y posiblemente me saldrían mejor las cosas. Indudablemente
que yo haría otro Granma, pero sería un Granma preciso y perfecto,
que no fallara un motor, que no se cayera Roque al agua, que pudiera
llegar a la playa de Las Coloradas, que no faltara comida, que no
hiciera agua el barco, porque ya todo eso lo evitaríamos, lo
probaríamos antes, y sería un Granma más perfecto.
"Este fue perfecto porque cumplió su cometido, pero si por algún
motivo a Fidel se le ocurre programarlo otra vez, seguro que lo
haría...".