Crónica de un espectador

Gloria, La Paz

Rolando Pérez Betancourt

Las historias de jóvenes superan en mucho el protagonismo que puedan tener los personajes adultos en cualquier cinematografía. Cuando se besan pasionalmente personajes mayores, o de la tercera edad, es habitual que la cámara recoja la escena bajo un manto de discreción, en parte por pudor, y en parte por aquello de que en la historia del arte amoroso lo predominante ha sido la juventud y su belleza.

Gloria, chilena, con una formidable Paulina García.

El chileno Sebastián Lelio desnuda a su protagonista (en los umbrales de los sesenta) y recoge escenas de sexo con un hombre todavía mayor. Lejos está de querer epatar mostrando lo que pocos se atreven a filmar, pero lo necesita como complemento fundamental del cuadro femenino que teje en Gloria, tragicomedia optimista acerca de una mujer de clase media, con hijos y nietos, que se ha quedado sola cuando todavía bullen en ella las ansias juveniles de ser feliz con una pareja.

Ya hubo una Gloria (1980) antológica, rodada por John Cassavetes y con Gena Rowlands en el papel protagónico, una mujer de armas tomar aquella; pero la Gloria de Lelio (magistral Paulina García) va por otros rumbos: todavía atractiva, atiende su físico, escucha música amorosa proveniente de su juventud, y gusta visitar un centro nocturno adonde acuden personas de su edad a bailar y a estar atentos a lo que "pueda presentarse".

Gloria liga, o la ligan, y a partir de ahí llegan los conflictos con un hombre mediocre so-metido a las ataduras de su familia. Un cuadro de encuentros y desencuentros al que se integran los parientes de ella y en el que afloran evocaciones de un pasado social.

Una de las excelencias de este filme es que teniendo nacionalidad chilena, se torna universal por cuanto trata un asunto presente en la intimidad de millones de mujeres. Sin embargo, lejos está de ser un clamor proselitista a las abuelas del mundo para que se olviden de la casa, los nietos, y se vayan a vivir en ligerezas.

Conocedor de que todo intento generalizador es fatal en el arte, Lelio construye una sensible historia en que la edad y la soledad son resortes decisivos para que la protagonista luche por lo que cree necesitar. En su personaje se aúnan el discernimiento de una mujer que ha cumplido parte de su papel en la vida (decisivas las escenas de la fiesta con la familia) y la muchachita sentimental que aún pervive en ella y llora y se emociona ante un horrible poema que le lee su pretendiente.

A su edad, Gloria emprenderá entonces un nuevo viaje de aprendizaje del que saldrá maltrecha, pero no vencida.

Cierto es que ya avanzado el metraje se adivina hacia dónde enrumba el final que necesita el filme, lo que no quita para asegurar que esta bellísima historia clasifica entre lo mejor visto en el Festival; además de que en ninguna otra película se ha visto a tantas mujeres salir bailando del cine, al compás de la bien recordada melodía Gloria, de Humberto Tozzi.

La Paz, del argentino Santiago Loza, vuelve a transitar el ritmo minimalista presente en la narración de algunos otros filmes vistos en el Festival. Historias intimistas y despojadas de sucesos trascendentes y, en el caso que nos ocupa, amparada en el hecho de que el protagonista acaba de salir de un sanatorio mental y por lo tanto la comunicación no es su fuerte.

Gradualmente y por capítulos, se nos presentan etapas de la vida del joven, mimado todo el tiempo por su madre y conducido con cierto rigor por el padre, mientras una doméstica boliviana parece encarnar toda la paz que él necesita.

No se exponen ni las causas ni las razones de su enfermedad, solo el presente y un cierre de historia que no deja de ser sorprendente en este filme de preciso pulso narrativo, siempre dentro del estilo por el que apuesta el director.

 

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