Crónica de un espectador

Bocaccerías, Wakolda, Tanta agua

Rolando Pérez Betancourt

Tres filmes para disfrutar, cada uno en lo suyo.

Arturo Soto logró con Bocaccerías exactamente lo que se propuso: que el cine fuera reino de la risa, la risa a todo trance a partir de tres cuentos que toman de El Decamerón la facultad de seducir mediante la narración de un relator y los enredos que conllevan sus confidencias, regidas por el mismo impulso del deseo sexual que hizo grande a Bocaccio.


Tanta agua, uruguaya.

Como no estamos en la Edad Media, las tres historias son revestidas de sabroso costumbrismo local y salpiques críticos sociales, directos o insinuados, por lo general desprendiéndose de los conflictos y, otras veces, mediante subrayados en diálogos que "son puestos".

Las tres historias son sólidas aunque, como ya aprendimos en aquellos trípticos de la cinematografía italiana de los sesenta y setenta, siempre hay unas mejores que otras, lo que hace que los espectadores salgan del cine discutiendo preferencias y hablando de la galería de actores, y no actores, que en Bocaccerías aparecen.

Soto se da el lujo incluso de recurrir al "suspenso erótico" de corte policiaco en su último cuento, donde una mujer enamorada teje una urdimbre de enredos y acusaciones falsas con tal de llevarse el gato al agua.

Al principio del metraje, uno teme que ciertos recursos televisivos del chiste fácil se nos vendrán encima, pero no, lo fundamental -la solidez del guion, del propio Soto- termina por imponerse.

Será un taquillazo.

Y luego del sonado triunfo de El secreto de tus ojos, premiado en La Habana y finalmente ganador del Oscar al mejor filme extranjero, la cinematografía argentina acentúa un gusto por películas amparadas en los recursos del thriller de suspenso.

Wakolda, de Lucía Puenzo (tercera entrega después de XXY y El niño pez) va por esos rumbos a partir de una historia de ficción que se inspira en la estancia en Argentina del médico nazi Josef Mengele. Asesino nato que experimentaba con seres humanos y en especial niños para "mejorar la raza", se sabe que Mengele estuvo en Argentina bajo una identidad falsa. La Puenzo sitúa sus hechos en 1960, en la ciudad de Bariloche. Una historia que antes contó en una novela suya y que en el filme es narrada por una niña a quien el médico, amparándose en que no ha crecido lo suficiente, somete a un plan de desarrollo hormonal, luego de malamente convencer a los padres.

Armada bajo los presupuestos clásicos de ese tipo de cine, Wakolda evidencia oficio, principalmente en la trama humana del matrimonio que se instala en la zona de la Patagonia y acogen en su hostal a Mengele; pero en lo referente a la persecución del asesino y al papel de la espía israelí (o al servicio de ese país), no se aprietan lo suficiente las clavijas consustanciales al género.

Hermosa película la uruguaya Tanta agua (ópera prima), de Ana Guevara y Leticia Jorge. Y mujeres tenían que ser, y muy sensibles, para narrar esta historia acerca de un padre divorciado que se va de vacaciones con sus dos hijos a un lugar donde siempre parece llover. Relaciones tragicómicas que ponen de manifiesto la psicología de los implicados. Pero lo más resaltante de este filme de apariencia sencilla, concebido con escaso presupuesto y mucho talento, es el giro que da, a partir del cual se nos ofrece un cuadro exacto del "despertar a la vida" de la jovencita. Impulsos, vacilaciones, primer flechazo amoroso, traiciones... Una cinta que todo padre o madre con una hija adolescente debería ver, y que debe estar entre los premios.

 

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