Maceísta

PEDRO DE LA HOZ

Ilustración de Evelio ToledoUn término pretérito de honda raíz patriótica ha vuelto a cobrar fuerza: maceísta. Por Maceo, Antonio, el Titán. Espejo de verticalidad, consecuencia y coherencia revolucionaria, y en antiguas épocas, de refugio resistente y señal de proyecto inacabado, de promesa incumplida en una república frustrada por la intervención neocolonial y la subordinación de los intereses nacionales a los de la potencia vecina. Ser maceísta, entonces, significaba oponerse al ninguneo de los veteranos mambises de fila, a la victimización de la espiritualidad heredada de los ascendientes africanos, al zanjonismo de la politiquería imperante, a la marginación social, a la discriminación racial.

Dos imágenes definen simbólicamente el maceísmo de hoy. En la Plaza que lleva su nombre en Santiago de Cuba, ante la imponente escultura ecuestre moldeada por Alberto Lescay y los filosos machetes enhiestos concebidos por el artista Guarionex Ferrer, bajo una llovizna pertinaz, quedó sellado en la clausura del IV Congreso del Partido, en diciembre de 1991, el compromiso entre la vanguardia política, encabezada por Fidel y el pueblo para resistir los embates que se avecinaban ante el derrumbe del socialismo europeo y el recrudecimiento de la hostilidad imperial. Pocos años después, en el mismo escenario donde se produjo el histórico rechazo del General Antonio a las claudicantes condiciones del Pacto del Zanjón, el pueblo juró con la Proclama de Baraguá la decisión de no traicionar el rumbo y destino de la Revolución socialista.

No faltan, sin embargo, quienes interpretan el maceísmo a su manera, como una parcela particular desvinculada del legado histórico. Son aquellos que, antes y ahora, tratan de enfatizar los valores militares de Maceo por encima de sus valores políticos e ideológicos.

No basta con repetir la conocida frase de que Maceo poseía tanta fuerza en el brazo como en la mente. Hace falta sistematizar la divulgación de su pensamiento y atemperarlo a las exigencias actuales. Poner al día, es decir, en conocimiento diario, no solo en el ámbito académico sino en la escuela cubana y la práctica discursiva social, sus formidables contribuciones y los iluminadores estudios sobre su vida y pensamiento. En Santiago de Cuba fue fundado el Centro de Estudios Maceístas, urgido de mayor proyección pública e incluso de un local donde sus investigadores puedan promover su labor, pues el que ocupa actualmente se halla en ruinas.

Ser maceísta es también ser martiano. Personalidades complementarias y confluyentes a las que no se les puede escindir bajo ningún concepto. Inútil será escarbar en episódicas discrepancias, sin tomar en cuenta la plena coincidencia de propósitos y la plataforma común de objetivos patrióticos y anticoloniales. Ahí están los testimonios de respeto y admiración que ambos se profesaron.

Y si alguien pretende enarbolar a Maceo como pretexto para la desunión por motivos raciales —aun cuando sabemos que se nos presenta como tarea consustancial e impostergable desterrar definitivamente prejuicios para completar nuestra obra de justicia social—, bastan sus palabras: "En cuanto a mí, amo todas las cosas, y a todos los hombres, porque miro más a la esencia que al accidente de la vida: y por eso tengo sobre el interés de raza, cualquiera que ella sea, el interés de la Humanidad que es en resumen el bien que deseo para mi patria querida. La conformidad de la obra con el pensamiento: he ahí la base de mi conducta, la norma de mi pensamiento, el cumplimiento de mi deber."

 

| Portada  | Nacionales | Internacionales | Cultura | Deportes | Cuba en el mundo |
| Comentarios | Opinión Gráfica | Ciencia y Tecnología | Consulta Médica | Cartas| Especiales |

Subir

 

 

ecoestadistica.com