A fines del mes de julio de 1958, Delio Gómez Ochoa que había
sido designado dos meses antes por el Comandante en Jefe Fidel
Castro como jefe de las provincias occidentales, conoció por Gustavo
Mas Aguilar, responsable del Movimiento en Guanabacoa, a Alberto
Álvarez Díaz, a quien designó nuevo Jefe de Acción en el municipio,
el que por su prestigio y reconocido liderazgo se había ganado dicho
puesto.
Alberto era bajito y flaco, pero con un carisma y don de mando
por todos reconocido. Agradable y dicharachero, de ocurrencias
imprevistas. Uno de sus compañeros, Guillermo Díaz (Mito), relataba
que al conocerse el alzamiento de la ciudad de Cienfuegos el 5 de
septiembre de 1957, encontrándose en la bodega de Pepe en las calles
de Martí y la Piedra, este cambió un peso en monedas de cinco
centavos, las que colocó en la vitrola de dicho local para escuchar
por 20 veces consecutivas la canción de Benny Moré: "Cienfuegos es
la ciudad que más me gusta a mí".
A partir del momento en que es designado nuevo jefe del
Movimiento, las acciones revolucionarias se recrudecieron al igual
que la represión.
El ajusticiamiento del delator Manuel Sosa, conocido como "el
relojero", fue el detonante para que llegaran al pueblo los
conocidos asesinos, coroneles Ventura, Carratalá y Martín Pérez,
cada uno con un grupo de matones. A partir de aquel momento
allanaron decenas de casas, y los arrestos y golpeaduras sembraron
el terror. La policía consideró que los autores del atentado al
relojero eran Leonardo Valdés Suárez (Maño) y José Antonio Piñón (Popeye),
debido a la descripción física hecha por la esposa de Sosa.
Acudieron a la casa de Maño pero este no se encontraba. Molestos
por no encontrarlo detuvieron a su padre Serafín Valdés Moreno, al
que torturaron despiadadamente. Al enterarse de lo ocurrido, él
decidió ir al apartamento de Juanelo a reunirse con Alberto y
Reynaldo, verdaderos autores del hecho. Después de ejecutar a Sosa
se dirigieron a Guanabacoa a la casa de Mirian, hermana de Lidia
Doce Sánchez, la que había llegado a La Habana como mensajera de la
Sierra a finales de agosto, y que en ese momento se encontraba con
Clodomira Acosta Ferrales, que igualmente procedente de la Sierra
había llegado a La Habana el 9 de septiembre con mensajes del
Comandan-te en Jefe destinados al comandante Delio Gómez Ochoa.
Ambas decidieron acompañar a los jóvenes, a los cuales se habían
vinculado en su quehacer revolucionario.
Mientras tanto, la policía había detenido a Popeye y en otro
lugar también detuvieron a Gilberto Soliguera de la Rúa, por ser
cuñado de Maño, el que trabajaba en ómnibus que operaban en la
localidad. Después de torturarlo salvajemente, decidieron matarlo en
un punto de la Vía Blanca cerca de Guanabacoa, lo que hicieron en
presencia de Popeye. El cadáver lo lanzaron frente a la casa en que
fue ajusticiado el relojero.
Popeye, acobardado, confesó el paradero de los revolucionarios y
guió a los esbirros al apartamento de Juanelo. A las 4 y 20 de la
mañana en la puerta del apartamento de Juanelo repitió en alta voz
"Abran que soy Popeye". Al entreabrirse la puerta entraron al lugar
los asesinos Ramón Calviño Insua, José Sánchez Ramírez, Eladio Caro
y José Luis Alfaro, todos bajo las órdenes del coronel Esteban
Ventura Novo.
Después de ofenderlos y golpearlos, fueron ejecutados vilmente
Alberto, Reynaldo, Maño y Onelio. Clodomira y Lidia, heridas, fueron
igualmente golpeadas y trasladadas a la 11na. Estación de Policía.
Eladio Caro, antes de ser ejecutado por la justicia
revolucionaria, confesó que de la 11na. las llevaron él y Ariel Lima
a la 9na. Estación de Policía por órdenes de Ventura.
Encontrándose allí detenidas, Julio Laurent, jefe del Servicio de
Inteligencia Naval, llamó a Ventura para que les entregaran a ambas
mujeres. Este le dijo que "se las enviaba prestadas, pero que les
ha-bían pegado tanto que una se encontraba sin conocimiento y la
otra tenía la boca tan destrozada, que sólo se le entendían malas
palabras". En poder de Laurent y ya moribundas, las metieron en una
lancha al fondo del Castillo de La Chorrera, y en sacos llenos de
piedras las hundían en el agua y las sacaban, hasta que al fin, al
no obtener resultado alguno las dejaron caer al fondo del mar.
Como diría el comandante Faustino Pérez al describir la lucha
clandestina:
"Así se tejió la urdimbre de la clandestinidad en medio de una
gama de circunstancias y alternativas, de esperanzas y angustias, de
antagonismos y convergencias. Fue un crisol de forja depuradora que
hizo prevalecer la luz frente a las sombras, el heroísmo frente a la
cobardía o la traición, la grandeza frente a la ruindad, el coraje
frente a la tortura y la muerte".