En el tono más familiar y campechano que pueda imaginarse, dijo:
"Compadre, qué clase de hombre es el ponchero ese que trabaja por
cuentapropia allí en Las Tunas; me llamó mucho la atención el
servicio gratuito que les ha ofrecido a las ambulancias, y la
prioridad que les da. Cuando lo veas, salúdalo de mi parte, dale un
abrazo".
¿De qué modo Gerardo Hernández, uno de nuestros Cinco héroes
injustamente condenados en Estados Unidos por combatir el
terrorismo, había conocido de este hombre? Rápidamente "caí en
cuenta": lo supo por medio de una breve entrevista publicada semanas
atrás en este diario, con el título Aires de bien.
Cuánta sensibilidad lleva dentro el Héroe encarcelado para, en
medio del fugaz diálogo telefónico, evocar al noble ponchero que ni
siquiera conoce y hasta enviarle un abrazo.
Y qué estímulo para Juan Carlos Labrada Figueredo, el sencillo
ponchero tunero, cuya modestia impresionó a Gerardo allá, en el
vientre de la Prisión Federal de Victorville, California, donde a
veces las horas parecen arrastrarse, y la mente en el encierro da la
impresión de volar¼ quizás desafiando las 90 millas de océano o de
vacío que median entre el grisáceo litoral de la injusticia y las
costas de una dignidad tricolor que nada ha podido ni podrá ahogar.
Todavía me parece escuchar la voz de Gerardo Hernández, mediante
el teléfono. Nos habló del béisbol nacional, de su amigo Bill Ryan
(canadiense devenido fabricante de bates que hacen llegar a
destacados peloteros y equipos cubanos), de la caricatura, de la
Bienal Internacional del Humor, y de otros muchos asuntos de su
cotidianidad.
Así van los hombres grandes: cargados de detalles aparentemente
pequeños, pero que los hacen gigantes en su humanidad.