Excusas para callar

YAIMA PUIG MENESES

"¿Para qué contrariar si la orientación viene desde arriba?", aducen con frecuencia algunos cubanos en los más insospechados espacios y lugares. Con semejante cuestionamiento encuentran la "mejor" excusa para callar en el momento de emitir un criterio, aunque luego, extraoficialmente, hablen hasta por los codos contra lo que ellos mismos aprobaron. Hay quienes levantan incluso sus dos manos para ratificar un sí, aun cuando consideran que antes debía indagarse mejor, volver a sacar cuentas o analizarse otros aspectos.

Resulta lamentable que en calles o pasillos alguien murmure o grite a los cuatro vientos lo que debió decir a su jefe o compañero de trabajo cuando le pidieron opinión. Y entonces, por no contrariar a un superior, o a la mayoría, a veces se desvanecen importantes puntos de vista que de tenerse en cuenta permitirían aplicar mejores soluciones y ampliar las alternativas ante un hecho.

Quizás el silencio sea para muchos el camino más fácil. Quizás todavía algunos se amilanen con las variadas anécdotas que podamos encontrar en el día a día sobre personas que han sido tildadas de "problemáticas" por ir "contra la corriente". Pero lo cierto es que resulta un imperativo pasar de las "habladurías" de aceras para emitir opiniones en el escenario y momento apropiados. Entonces sí quedará a un lado el camino del silencio.

No por casualidad en numerosas ocasiones el General de Ejército Raúl Castro Ruz se ha referido a la necesidad de no temer a las discrepancias pues, como ya se ha demostrado, siempre que el criterio se ejerce con responsabilidad y sanos propósitos, el intercambio de opiniones divergentes deja las mejores soluciones.

La unanimidad absoluta generalmente es ficticia y por tanto dañina. La contradicción, cuando no es antagónica, es motor del desarrollo, ha reiterado también el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros. Los resultados finales generados en los debates sucedidos en los más variados escenarios durante los últimos años constituyen muestra fehaciente de ello.

Sin embargo, hay quienes continúan "mordiéndose la lengua" en vez de opinar, y asienten mecánicamente cuando la respuesta debía ser "vamos a analizar". Junto a ellos aparecen también quienes se trastrocan en simuladores, y para no contrariar, a todo dicen "¡sí, jefe!" como un eslogan, lo cual realmente daña mucho más de lo que beneficia.

¿Por qué pensar que un juicio valida por sí solo la eficacia de una decisión o punto de vista? ¿Por qué creer que un criterio es infalible o absoluto? ¿Por qué dar por sentado que nadie escuchará nuestros criterios? A debatir y emitir criterios sin temores estamos llamados desde hace mucho tiempo. ¿Por qué continuar murmurando entonces a espaldas de la sociedad, a espaldas del país, a espaldas de nosotros mismos?

Sin embargo, callar resulta solo una parte de la historia. La responsabilidad de aprovechar mejor los sobrados espacios que tenemos para opinar sobre nuestros problemas cotidianos o sacar a la luz nuestros puntos de vista no solo recae en quienes prefieren hacer silencio en una asamblea o ante el buró de su jefe.

También los del otro lado tienen un papel importante que desempeñar en este sentido, pues no siempre están preparados para pedir criterios y aceptar análisis o críticas sobre el tema a debate. Para ello urge aprender a valorar, a analizar, a crear un verdadero ambiente de confianza en el cual se escuchen cada una de las opiniones sin prejuicios, acertada fórmula a la que en más de una ocasión hemos sido convocados.

Solo en un marco de respeto y compromiso, la expresión de ideas y conceptos diversos permite siempre que las discrepancias se asuman como algo natural. Solo así, la diversidad de criterios contribuirá realmente a enriquecer y perfeccionar, sin fomentar bajo ningún precepto el efecto contrario.

 

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