Destacó la juventud de dos autores, Víctor García Pelegrín y
Alberto Rosas. Defendida por la violinista Karen Yamilé García,
Cadenza y algo más... (2012), de García Pelegrín va mucho más
allá del mero ejercicio formal y se prefigura como paso previo de
una obra mayor para violín y orquesta, que muy bien podría
enriquecer el repertorio cubano de concierto para ese instrumento.
Sonata resurgir (2012), de Rosas, está hecha a la medida de
sus propias y muy amplias y seguras posibilidades como flautista,
aun cuando la intención de conjugar poesía y música oscurezca el
mensaje.
Atendiendo al virtuosismo y la singularidad del Cuarteto de
Laúdes de La Habana, el maestro Roberto Valera versionó para ese
formato uno de sus formidables Estudios caribeños.
La velada nos trajo la actual faena de Jorge Garcíaporrúa, quien
escribió para el dúo A Piacere (Lourdes Cepero, piano; Ariel Negrín,
contrabajo) Tríptico (2010), pieza de intensas e interesantes
variaciones dinámicas, expresión de una poética consolidada.
Mucho más aventurado, por la manera intrépida de reciclar la
estética postweberniana, fue el estreno por A Piacere de otra obra
dedicada a esos excelentes músicos camagüeyanos, Doppertutto
(2011), del maestro italiano Adriano Galliussi, a quien debe
incluirse por su activa vida musical entre nosotros entre los
autores del patio.
Diferentes estilísticamente pero rigurosas en su escritura, las
obras asumidas por A Piacere apuntan a una de las facetas que deben
ser potenciadas por el Festival: la ampliación del repertorio de
nuestros intérpretes. Estoy seguro de que Lourdes y Ariel las
tendrán presentes en sus recitales habituales.
Galliussi protagonizó otra de las novedades, sobre la base de su
dilatado trabajo con el talentoso flautista guantanamero Axel
Rodríguez. Parecería una broma incluir en su Trío no. 4
(junto a Axel los jóvenes y prometedores flautistas Carlos Miguel
Prieto y Lorena Benítez) una botella, un recipiente de hojalata y
una botella para ser percutidos, o al menos un guiño a la hermosa y
rabiosa vanguardia de los años sesenta. Pero no, la obra es muy
seria, muy exigente en su desarrollo, muy coherente en sus planteos
temáticos. Un verdadero reto para los intérpretes y el auditorio.