Tomar en cuenta a Gisela Hernández

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

La mejor manera de tomar en cuenta ahora y por mucho tiempo a Gisela Hernández no pasa solo por recordar el centenario de su nacimiento —vino al mundo el 15 de septiembre de 1912 en Cárdenas— sino por mantener vigente en la educación musical de los niños cubanos, de prescolar a secundaria, sus canciones dedicadas a esas edades y utilizar sistemáticamente como medio de iniciación la formidable obra que ella creó junto a su gran amiga Olga de Blanck, Juegos pedagógicos musicales.

Gisela Hernández.

Sin lugar a dudas, Gisela ocupa un puesto jerárquicamente encumbrado en la historia de la pedagogía musical cubana. La avalan sus largos años dedicados a la docencia en el conservatorio Hubert de Blanck, y luego del triunfo revolucionario en la formación de los primeros instructores de arte y educadoras de círculos infantiles y la asesoría de los planes del Ministerio de Educación y el Consejo Nacional de Cultura hasta su deceso el 23 de agosto de 1971.

Pero también debemos ponderar como parte sustancial de nuestro patrimonio sonoro su obra autoral, tal como aconteció el domingo pasado en la Casa del ALBA Cultural en una velada en la que, según conocimos, estuvieron implicados, entre otros, la maestra Alicia Perea, la soprano Bárbara Llanes, el dúo Pro Música y el compositor Juanito Piñera.

Debe reconocerse a Alicia Perea como responsable en buena medida de que una de las piezas más sólidas y definitorias de Gisela Hernández, Zapateo cubano (1954), pueda ser disfrutada una y otra vez al integrarla a su repertorio de hitos de la escritura pianística insular.

Aunque la obra lírica de Gisela es abundante y grávida de valores, no desmerecen sus obras para piano y formatos de cámara. Ciertamente en la primera parcela aludida pesan, y de qué modo, sus canciones con textos de José Martí, Nicolás Guillén, Mirta Aguirre, Mariano Brull, Ángel Gaztelu, Cintio Vitier, Cleva Solís, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Dulce María Loynaz y Rabindranath Tagore. Fuera de Cuba, la

mezzosoprano española Ana Hasler las ha grabado en un disco de excelente factura. Inobjetablemente, Gisela Hernández marcó pautas en el desarrollo del lied cubano, sin olvidar que en otras zonas de la música vocal cosechó éxitos, como lo demostró en 1942 al ganar un certamen internacional en Montevideo con la Suite coral, para cuatro voces, sobre poemas de García Lorca.

Mas será oportuno y gratificante repasar algunas de sus piezas para piano —pienso en la Sonata, de 1941, celebrada por su maestro José Ardévol, o en Estudio en son (1953)— y Cubana no. 3, para conjunto de cuerdas y maderas.

Hacer sonar con mayor frecuencia la música de Gisela Hernández y contarla como aliada en la educación integral de las nuevas generaciones será el mejor homenaje a su memoria.

 

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