Expansión colonial norteamericana en el Pacífico

José Luis Robaina García

Aunque poco conocido por el silencio cómplice de los poderes mediáticos occidentales, Estados Unidos ha creado un vasto imperio netamente colonial en la cuenca del Pacífico, principalmente con fines militaristas, mientras hipócritamente se autoproclaman campeón de la democracia, los derechos humanos y la oposición al colonialismo.

Este entramado de pequeñas islas convertidas en bases militares con abundante armamento atómico y polígonos para ensayos nucleares, recepción de misiles balísticos y experimentos para la guerra en el cosmos es estructuralmente consistente con la historia expansionista de Estados Unidos, pues comenzó tras la ocupación de extensos territorios de México y continúa hasta nuestros días.

Históricamente los primeros pasos del proceso se iniciaron a mediados del siglo XIX cuando, en 1853, el comodoro Perry demandó soberanía sobre las islas japonesas de Ogasaguara (Bonin) y tres años después promulgaron la Ley del Guano un verdadero manifiesto colonialista, en virtud de la cual exigían soberanía nada menos que sobre 60 ínsulas del PacÍfico.

A partir de este momento y en confirmación de la consolidación de Estados Unidos como una potencia imperialista aceleraron sus pasos: En 1867 la Isla de Midway en el archipiélago de las Marianas fue anexada y convertida en base naval, al igual que las cercanas Palmyra y Wake transformada en centro de comunicaciones y comenzó la conversión de Samoa Occidental en Polinesia en otro enclave militar entre otras acciones a lo largo de toda la cuenca.

Al terminar el siglo XIX Estados Unidos ya ocupaba la isla de Guam y el Archipiélago de las Filipinas y se anexaron a Hawai en el centro del Pacífico, hoy el 50mo de la unión y sede de la 7ma. Flota, la mayor de todas, tres puntos de vital importancia estratégica para el sistema ofensivo estadounidense.

El control sobre la excolonia española de Filipinas empero solo fue posible tras años de guerra genocida que costó la vida a más de un millón de combatientes y civiles locales según los historiadores filipinos Manuel Arellano Remondo y E. San Juan Jr.

El dominio colonial sobre Filipinas, severamente denunciado por el escritor Mark Twain y otras prestigiosas personalidades norteamericanas se extendió hasta 1946 cuando le otorgaron la independencia pero con una especie de enmienda Platt para mantener por casi un siglo una veintena de bases en el archipiélago.

Durante la primera mitad del siglo pasado la voracidad imperial prosiguió: En 1900 Washington proclamó soberanía plena sobre Samoa Occidental con sus consiguientes enclaves militares, en 1922 la marina se anexó el estratégico atolón Kingman y en 1934 y 1935 se apoderaron de las islas Johnston, Howland, Barker y Jarvis, donde establecieron bases aéreas y posteriormente almacenes de armas nucleares.

Al término de la Segunda Guerra Mundial y la derrota de Japón el desenfreno imperial fue total: Estados Unidos ocupó extensos territorios del imperio del sol naciente que cubrieron de bases toda la Micronesia y demandó además soberanía sobre 40 países y territorios de la zona, incluidas las islas manus en Papua Nueva Guinea, Guadalcanal en Solomón, Espíritu Santo en Vanuato partes de Nueva Caledonia, Islas Cooks y Tokelau, Christmas y Kanton en Kiribatí y Funafuti la capital de Tuvalu.

Este gigantesco esfuerzo expansionista tuvo y tiene objetivos bien específicos: Disponer de bases lo más cercanas posible al país considerado enemigo, desde las cuales junto a los medios de la 7ma. Flota lanzar ataques demoledores sin exponer directamente al territorio continental de Estados Unidos.

Basten algunos ejemplos: Desde la isla de Tinian en las Marianas partieron los bombarderos que masacraron salvajemente a la población civil de Hiroshima y Nagasaki, el primer ataque atómico en la historia de la humanidad.

Desde las bases de Japón, Guam y las Filipinas planearon devastadores bombardeos nucleares incluso sobre ciudades densamente pobladas de Corea, China y la URSS durante la guerra de Corea (1950-1953) con la aprobación del presidente Truman.

En 1954 diseñaron la opresión Vulture para bombardear con armamento atómico al pueblo vietnamita tras la histórica victoria de Diem Bien Phu.

Con esta agresión no pretendían tanto salvar al derrotado ejército colonial francés como provocar una guerra con China y tratar de impedir que el gigante asiático se consolidara y llegara algún día a convertirse en un rival para Estados Unidos, según reveló en su momento Arthur Radford, jefe de la Junta de Estados Mayores.

Nuevamente contra Vietnam y luego de los bombardeos de saturación sobre Hanoi y Hai Phong que no doblegaban al heroico pueblo, el presidente Nixon ordenó estudiar variantes de ataques nucleares contra la República Popular desde las bases en países cercanos y en octubre de 1969 puso en máxima alerta nuclear a los bombarderos B-52.

La obsesión contra China entre tanto los llevó a planear ataques nucleares en mayo de 1954 y agosto de 1958 con la aprobación del presidente Eisenhower aprovechándose de conflictos en el estrecho de Taiwán.

Documentos recientes desclasificados por el Pentágono acaban de confirmar la magnitud de esta demencial carrera nuclear: En 1971 Estados unidos almacenaba 7 300 armas nucleares en Europa y otras 12 mil en diversos sitios fuera de Estados Unidos, en varios casos sin conocimiento y autorización de los estados correspondientes.

Los documentos informan en concreto de 27 lugares donde se almacenaba ese armamento pero curiosamente solo identifican nueve, a saber Alaska, la base naval de Guantánamo, Puerto Rico, Reino Unido, Alemania y varios territorios del Pacífico (Hawai, Guam, Johnston).

Expertos señalan que entre los países que no fueron identificados figuraban España, los miembros de la OTAN así como Japón, Corea del Sur y Filipinas.

Las instalaciones en el Pacífico cumplen sin embargo otros múltiples e inescrupulosos objetivos: Estados Unidos realizó 60 ensayos nucleares en las islas Marshall y 40 con bombas de hidrógeno en la Isla Line de Kiribatí, con las consiguientes afectaciones de salud para los pobladores locales.

También en las Marianas, específicamente en el atolón de Kwajalin prueban la precisión de los misiles intercontinentales lanzados desde bases en California y realizan diversas investigaciones para la guerra que en y desde el espacio preparan desde hace años.

Frente a este abusivo sistema de dominación sobre minúsculos países y poblaciones se han alzado los pueblos aborígenes de Guam, Hawai e islas Marshall para encontrar la total indiferencia de las autoridades norteamericanas y un impenetrable manto de silencio de los medios de comunicación occidentales.

Historia viva pues construida a sangre y fuego con racismo y cinismo increíbles, hoy plenamente vigentes con los renovados planes de expansión militarista norteamericanos en el Pacífico Índico y Oceanía enfilados contra China, Corea del Norte, Rusia y cualquier país que consideren pueda llegar a convertirse en un rival de Estados Unidos.

 

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