Aunque
poco conocido por el silencio cómplice de los poderes mediáticos
occidentales, Estados Unidos ha creado un vasto imperio netamente
colonial en la cuenca del Pacífico, principalmente con fines
militaristas, mientras hipócritamente se autoproclaman campeón de la
democracia, los derechos humanos y la oposición al colonialismo.
Este entramado de pequeñas islas convertidas en bases militares
con abundante armamento atómico y polígonos para ensayos nucleares,
recepción de misiles balísticos y experimentos para la guerra en el
cosmos es estructuralmente consistente con la historia expansionista
de Estados Unidos, pues comenzó tras la ocupación de extensos
territorios de México y continúa hasta nuestros días.
Históricamente los primeros pasos del proceso se iniciaron a
mediados del siglo XIX cuando, en 1853, el comodoro Perry demandó
soberanía sobre las islas japonesas de Ogasaguara (Bonin) y tres
años después promulgaron la Ley del Guano un verdadero manifiesto
colonialista, en virtud de la cual exigían soberanía nada menos que
sobre 60 ínsulas del PacÍfico.
A partir de este momento y en confirmación de la consolidación de
Estados Unidos como una potencia imperialista aceleraron sus pasos:
En 1867 la Isla de Midway en el archipiélago de las Marianas fue
anexada y convertida en base naval, al igual que las cercanas
Palmyra y Wake transformada en centro de comunicaciones y comenzó la
conversión de Samoa Occidental en Polinesia en otro enclave militar
entre otras acciones a lo largo de toda la cuenca.
Al terminar el siglo XIX Estados Unidos ya ocupaba la isla de
Guam y el Archipiélago de las Filipinas y se anexaron a Hawai en el
centro del Pacífico, hoy el 50
de la unión y sede de la 7ma. Flota, la mayor de todas, tres puntos
de vital importancia estratégica para el sistema ofensivo
estadounidense.
El control sobre la excolonia española de Filipinas empero solo
fue posible tras años de guerra genocida que costó la vida a más de
un millón de combatientes y civiles locales según los historiadores
filipinos Manuel Arellano Remondo y E. San Juan Jr.
El dominio colonial sobre Filipinas, severamente denunciado por
el escritor Mark Twain y otras prestigiosas personalidades
norteamericanas se extendió hasta 1946 cuando le otorgaron la
independencia pero con una especie de enmienda Platt para mantener
por casi un siglo una veintena de bases en el archipiélago.
Durante la primera mitad del siglo pasado la voracidad imperial
prosiguió: En 1900 Washington proclamó soberanía plena sobre Samoa
Occidental con sus consiguientes enclaves militares, en 1922 la
marina se anexó el estratégico atolón Kingman y en 1934 y 1935 se
apoderaron de las islas Johnston, Howland, Barker y Jarvis, donde
establecieron bases aéreas y posteriormente almacenes de armas
nucleares.
Al término de la Segunda Guerra Mundial y la derrota de Japón el
desenfreno imperial fue total: Estados Unidos ocupó extensos
territorios del imperio del sol naciente que cubrieron de bases toda
la Micronesia y demandó además soberanía sobre 40 países y
territorios de la zona, incluidas las islas manus en Papua Nueva
Guinea, Guadalcanal en Solomón, Espíritu Santo en Vanuato partes de
Nueva Caledonia, Islas Cooks y Tokelau, Christmas y Kanton en
Kiribatí y Funafuti la capital de Tuvalu.
Este gigantesco esfuerzo expansionista tuvo y tiene objetivos
bien específicos: Disponer de bases lo más cercanas posible al país
considerado enemigo, desde las cuales junto a los medios de la 7ma.
Flota lanzar ataques demoledores sin exponer directamente al
territorio continental de Estados Unidos.
Basten algunos ejemplos: Desde la isla de Tinian en las Marianas
partieron los bombarderos que masacraron salvajemente a la población
civil de Hiroshima y Nagasaki, el primer ataque atómico en la
historia de la humanidad.
Desde las bases de Japón, Guam y las Filipinas planearon
devastadores bombardeos nucleares incluso sobre ciudades densamente
pobladas de Corea, China y la URSS durante la guerra de Corea
(1950-1953) con la aprobación del presidente Truman.
En 1954 diseñaron la opresión Vulture para bombardear con
armamento atómico al pueblo vietnamita tras la histórica victoria de
Diem Bien Phu.
Con esta agresión no pretendían tanto salvar al derrotado
ejército colonial francés como provocar una guerra con China y
tratar de impedir que el gigante asiático se consolidara y llegara
algún día a convertirse en un rival para Estados Unidos, según
reveló en su momento Arthur Radford, jefe de la Junta de Estados
Mayores.
Nuevamente contra Vietnam y luego de los bombardeos de saturación
sobre Hanoi y Hai Phong que no doblegaban al heroico pueblo, el
presidente Nixon ordenó estudiar variantes de ataques nucleares
contra la República Popular desde las bases en países cercanos y en
octubre de 1969 puso en máxima alerta nuclear a los bombarderos
B-52.
La obsesión contra China entre tanto los llevó a planear ataques
nucleares en mayo de 1954 y agosto de 1958 con la aprobación del
presidente Eisenhower aprovechándose de conflictos en el estrecho de
Taiwán.
Documentos recientes desclasificados por el Pentágono acaban de
confirmar la magnitud de esta demencial carrera nuclear: En 1971
Estados unidos almacenaba 7 300 armas nucleares en Europa y otras 12
mil en diversos sitios fuera de Estados Unidos, en varios casos sin
conocimiento y autorización de los estados correspondientes.
Los documentos informan en concreto de 27 lugares donde se
almacenaba ese armamento pero curiosamente solo identifican nueve, a
saber Alaska, la base naval de Guantánamo, Puerto Rico, Reino Unido,
Alemania y varios territorios del Pacífico (Hawai, Guam, Johnston).
Expertos señalan que entre los países que no fueron identificados
figuraban España, los miembros de la OTAN así como Japón, Corea del
Sur y Filipinas.
Las instalaciones en el Pacífico cumplen sin embargo otros
múltiples e inescrupulosos objetivos: Estados Unidos realizó 60
ensayos nucleares en las islas Marshall y 40 con bombas de hidrógeno
en la Isla Line de Kiribatí, con las consiguientes afectaciones de
salud para los pobladores locales.
También en las Marianas, específicamente en el atolón de Kwajalin
prueban la precisión de los misiles intercontinentales lanzados
desde bases en California y realizan diversas investigaciones para
la guerra que en y desde el espacio preparan desde hace años.
Frente a este abusivo sistema de dominación sobre minúsculos
países y poblaciones se han alzado los pueblos aborígenes de Guam,
Hawai e islas Marshall para encontrar la total indiferencia de las
autoridades norteamericanas y un impenetrable manto de silencio de
los medios de comunicación occidentales.
Historia viva pues construida a sangre y fuego con racismo y
cinismo increíbles, hoy plenamente vigentes con los renovados planes
de expansión militarista norteamericanos en el Pacífico Índico y
Oceanía enfilados contra China, Corea del Norte, Rusia y cualquier
país que consideren pueda llegar a convertirse en un rival de
Estados Unidos.