Aniversario 52 de la FMC

Mujeres en ascenso

ANNERIS IVETTE LEYVA

Un día como hoy hay que elegir cuidadosamente qué escribir, para no sucumbir a lo manido. Es así que, aunque el tema del empoderamiento femenino ha ido cobrando visibilidad y sumando análisis, enfocar particularmente el acceso de la mujer a cargos de decisión política marca una diferencia.

foto: Juvenal BalánDiputada de la VII Legislatura de la ANPP.

Y es que no se trata de una arista más en el camino de la igualdad de derechos y oportunidades: el ámbito de lo político es el espacio desde el cual las mujeres pueden manejar herramientas de mayor efectividad para promover una "contracultura de género", más justa que el hegemónico enfoque patriarcal.

No es fortuito que, a inicios del presente año, la presidenta de ONU-Mujer, Michelle Bachelet, demandara "una mayor voluntad para resolver el problema de la baja representación de las mujeres en la vida política, asunto que calificó de la brecha más profunda en materia de igualdad de géneros en el mundo".

En tal sentido, son gratificantes los logros de nuestra sociedad en los últimos años, y no hay mejor día para comentarlos, evaluarlos sin grandilocuencias y apostar por más, que este 23 de agosto, cuando arriba a 52 años de fundada la Federación de Mujeres Cubanas (FMC).

Perseverar en el interés de superar lo alcanzado, es también respetar el legado de la "eterna presidenta" de la organización, Vilma Espín Guillois, quien fuera ejemplo de inserción femenina, temprana y plena, en la vida política de la nación (diputada a la Asamblea Nacional desde su primera legislatura, y miembro del Consejo de Estado desde su constitución).

En Cuba las mujeres tienen objetivamente las mismas posibilidades de acceder a cargos de implicación política que los hombres, en tanto las acompañen, como a ellos, aptitudes y condiciones. Pero la práctica sugiere que, una vez más, lograrlo precisa de un impulso, de una intención explícita para sobreponerse a los patrones sexistas que median nuestro razonamiento y apostar por ellas.

Recientes experiencias han demostrado que solo como resultado de estrategias gubernamentales de promoción a la mujer, siete organismos del país —Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Tribunal Supremo Popular, Fiscalía y Contraloría General de la República, Banco Central de Cuba, ministerios de Educación y de Finanzas y Precios— ubicaron en manos femeninas entre el 50 y el 70 % de sus cargos máximos y fundamentales.

Así, a raíz de intensificar una voluntad con enfoque de género, presente desde los años fundacionales de nuestra Revolución, se consiguió que entre el 2010 y el 2011 las presidentas de los Consejos de la Administración Provincial (CAP) aumentaran de 21,4 % a 53 %, y en los Municipales (CAM), aunque dieron un salto menor, partieron de mejores indicadores, pasando de 29 % a 30 % en el mismo periodo.

Por otra parte, según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), al cierre del pasado año las delegadas a las Asambleas Provinciales y Municipales representaban el 40,6 % y 33,4 %, respectivamente (composición que en 1976 inició con 17, 2 % y 8 % en cada caso).

En cuanto a la Asamblea Nacional del Poder Popular, Cuba logró ocupar el tercer lugar entre todas las naciones del mundo con más alta proporción femenina, con un 45, 2 % de su quórum constituido por mujeres en diciembre del pasado año (creciendo en 23, 4 puntos porcentuales respecto a las primeras elecciones). A la alegría por esta posición de avanzada se suma el reciente nombramiento, por primera vez, de una vicepresidenta del máximo órgano legislativo, la compañera Ana María Mari Machado.

Sin rechazar el lógico orgullo, este resultado en el escalafón internacional de diputadas no constituye una victoria absoluta en la que debemos descansar. Toda comparación toma como referente las características del otro elemento de la balanza, y según datos de la Unión Interparlamentaria, la situación a nivel mundial es bastante crítica, pues menos de uno de cada cinco escaños legislativos en el orbe es ocupado por mujeres.

De cualquier forma, el reconocimiento sí constituye un indicativo del buen rumbo, una expresión del punto de vanguardia en temas de justicia social al que nos ha acostumbrado nuestro proyecto revolucionario. Darle una continuidad digna es desafío y responsabilidad de todas y todos, e inicia por elegir y proponernos un enfoque de género.

 

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