La familia de Wanda y Leonel

PEDRO DE LA HOZ

Hubo un tiempo en que Ernán y Ruy eran los hijos de Leonel López- Nussa. Este era el nombre reconocido, uno de los más incisivos críticos de arte de la Isla, dibujante de sobradísimos méritos y con el aval de haber incursionado en la novela —incluso con un texto de corte policial que convendría a estas alturas redescubrir— y en la crítica de cine en el periódico Hoy bajo el seudónimo de Alejo Beltrán. Wanda, la madre de los muchachos, con una sensibilidad especial para la música, estimulaba al igual que Leonel, el camino emprendido por sus vástagos.

Foto: Yander ZamoraHarold y Pachequito, en la sesión de La Academia, compartieron improvisaciones en el teclado.

Ruy y Ernán se hallaban inmersos por entonces en un fecundo periodo de formación académica, pero ya se sabía que junto al conocimiento y vocación por el lenguaje de los llamados clásicos, ambos se perfilaban como promesas de la nueva cosecha del jazz cubano.

Con los años, a fines de los 90, al saber a los dos jóvenes hechos y derechos y en plena madurez, alguien se acercó al viejo Leonel, en una de sus frecuentes visitas a la Casa de la Prensa y le dijo: "Lo que es la vida, haz pasado a ser el padre de Ernán y Ruy López-Nussa".

Ahora, con la familia ramificada en la cúspide del panorama sonoro insular —Harold y Ruy Adrián, hijos de Ruy, figuran entre los pianistas y percusionistas, respectivamente, de mayor pegada en la generación emergente—, Wanda y Leonel, ausentes pero presentes, recibieron el honor de la memoria enaltecida, durante un concierto que reunió a su descendencia —con excepción de Ernán— en el escenario de la sala Covarrubias del teatro Nacional.

Como pianista, Harold trata de no parecerse a nadie y muestra su personalidad más convincente en la medida en que se aleja de los tópicos del jazz a lo funky, cuerda en la que es brillante (complementado por el trompetista Maykel González y el bajista Gastón Joya), pero no tan original como cuando incursiona en otros territorios, tales los casos de la sentida balada dedicada a su madre, con frases de un transparente lirismo que cobra en intensidad a medida que el tema se desarrolla, y sobre todo en Cimarrón, impresionante despliegue de toda su potencialidad pianística, en función de una expresión de resonancias telúricas, que halla su necesario complemento en el virtuosismo de Ruy Adrián en el golpeo del cajón, instrumento al que extrae secuencias y colores rítmicos insospechados. Por su concepción e interpretación, Cimarrón trasciende los tópicos del jazz para inscribirse como una pieza medular de la música contemporánea cubana de concierto.

En el intermedio de la jornada, Ruy y Ruy Adrián encararon una obra difícil pero sumamente atractiva para dos baterías, escrita por el primero para ejercitar a su hijo en el instrumento en años de aprendizaje. Solo que Ruy, al escribirla, olvidó felizmente que se trataba de una pieza con intenciones pedagógicas y legó una partitura exigente para cualquier ejecutante.

La otra mitad del concierto la cubrió Ruy López-Nussa —invitando, claro está, a sus hijos— con su más reciente experiencia profesional, el conjunto La Academia, en la que cuenta con ese tremendo intérprete de la trompeta y el fliscorno que se llama Roberto García y un grupo de talentosos músicos entre los que se halla otro joven y adelantado pianista, Pachequito, y una pléyade de maestros en la percusión afrocubana.

El valor del trabajo de La Academia radica en que ha tratado de establecer una relación muy particular con las referencias originales —cantos procedentes de las prácticas litúrgicas del panteón yoruba y de otras etnias africanas transplantadas a Cuba—, al margen de lo que han logrado otras agrupaciones lideradas históricamente por los extraordinarios logros del Irakere de Chucho Valdés. Una primera audición impide entrar en detalles específicos, pero se aprecia un modo diferenciado de organizar el diálogo entre la trama de la percusión y la de los restantes instrumentos.

Como complemento de la fiesta —porque esa fue la tónica de la velada—, un invitado hizo las delicias del público: el trovador Kelvis Ochoa. Primero con la formación de Harold y al final con La Academia, patentizó su orgánica manera de tender puentes entre los linajes de la trova, el son y el jazz afrocubano, hasta rematar con su increíble, nocturnal y luminosa La conga se me sube a la cabeza.

 

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