Masacre de Lídice

La monstruosidad que no pudo ser borrada

ALIANA NIEVES QUESADA

Los habitantes de Lídice vivían con relativa lobreguez en la Checoslovaquia asediada por los nazis. Como en la mayoría de las villas campestres, sus jornadas transcurrían entre el cuidado de las plantaciones y las excavaciones mineras. Pero un día, el 10 de junio de 1942, la vida en el poblado se detuvo. Casi por azar, pero siempre por aversión, cada uno de sus 483 habitantes fue despojado de la existencia que hasta entonces conocía y enfrentó el terror en su máxima expresión.

En la villa se erige un monumento en memoria de los 82 niños que perdieron la vida durante la matanza.

En este pequeño pueblo de las afueras de Praga, fueron asesinados todos los hombres, las mujeres trasladadas a campos de concentración junto a los niños —donde la mayoría murió en cámaras de gas— y el resto quedó reducido a cenizas. La orden de desaparecer del mapa a esta localidad fue dispuesta por Karl Hermann Frank, secretario de Estado de Bohemia y Moravia, como respuesta tras el atentado contra el teniente general de las SS Reinhard Heydrich, considerado uno de los hombres más temidos y odiados en Checoslovaquia.

En el informe oficial sobre las ejecuciones, se afirmaba que durante las indagaciones sobre el asesinato de Heydrich, se comprobó que la población de la aldea había brindado ayuda a los culpables y que, además, tenía en su poder un depósito clandestino de municiones y de armas.

Pero investigaciones históricas demuestran que la realidad era muy distinta. En Lídice ni había almacenes de armas, ni ninguno de sus habitantes prestó ayuda alguna a los dos paracaidistas checos que acabaron con la vida de Heydrich. Expertos consideran que la matanza fue más bien el resultado de la infructífera pesquisa llevada a cabo por la policía nazi para atrapar a los autores del atentado, y, en tales circunstancias, cualquier indicio bastaba para desencadenar represalias.

Los nazis aplicaron constantemente reglas que violaban todas las convenciones internacionales. El sistema más aberrante fue el empleado en este caso. En el vano intento de impedir que surgiera en los pueblos oprimidos un movimiento patriótico de liberación nacional, instituyeron científicamente el sistema de matar a diez, veinte o cien ciudadanos inocentes por cada mili-tar

alemán que muriera de manos de guerrilleros. Es un sistema bárbaro, pero los alemanes lo practicaron duran-te toda la Segunda Guerra Mundial, sin impedir con ello a los pueblos oprimidos organizarse para combatir en nombre de su propia independencia nacional.

Hoy el poblado ha recuperado la vida que le fue arrebatada en 1942. Habitada por cerca de 400 personas, entre ellas siete sobrevivientes, la nueva villa se encuentra a 500 metros de la anterior. El edificio más alto, la iglesia de San Martín, aún permanece en pie, y la antigua escuela nunca ha sido reemplazada. En memoria de los 82 niños que perdieron la vida, se erige un monumento de bronce que es visitado anualmente por miles de personas, y numerosos municipios y mujeres en todo el mundo han sido bautizados con el nombre de Lídice.

El pueblo checo se ha volcado en rendir tributo a las víctimas y conmemorar la masacre que este año llega a su aniversario 70, para que este momento no sea nunca borrado de la historia del país.

 

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