Flamenco con aire clásico

MICHEL HERNÁNDEZ

Ellos, de pie, en las afueras de la Sala Villena de la UNEAC, conversaban animadamente con el maestro Guido López Gavilán, quien los había invitado a presentarse en la instalación. Ella pianista; guitarrista él, los músicos traían bajo la manga un proyecto que conserva mucho de exploración y de descubrimiento. Tanto como lo tiene una iniciativa que busca acercar los mundos de la música clásica y el flamenco, un cruce de caminos que, a pesar de algunas aproximaciones, aún permanece como una tierra ignota ante los ojos del gran público.

Foto: Ismael BatistaSerge López en la guitarra y Natalie Marín al piano.

Serge López fue el primero en subir al íntimo y cálido escenario. Saludó al público con gestos nerviosos— que se revelaron más tarde como una de las marcas de su identidad— y comenzó a repasar su repertorio con una proyección escénica trabajada con la austeridad de un bardo que prefiere los espacios pequeños a las multitudes. Armado únicamente con su voz y la guitarra, el intérprete y compositor apenas conversaba entre tema y tema, como si no quisiera perder el hilo anecdótico de esas canciones, contadas sobre todo a ritmo de bulerías, a las que ancló sus sueños, sus reivindicaciones y sus andanzas por la vida.

Serge, en efecto, encarna el paradigma del artista flamenco que va por el mundo sin rumbo fijo para ofrecer un retrato de sus orígenes, de sus incansables búsquedas espirituales y de su relación con las diferentes culturas universales de las que ha formado parte para dejarlas grabadas luego en su obra.

Desde los primeros instantes el público quedó prendido de sus historias. Tristes, nostálgicas, de despedidas y reencuentros. Canciones que parecen hechas a la medida de esos seres noctámbulos —en los que muchos nos hemos convertido alguna vez— que apuran la noche entre recuerdos, copas, deseos de aventuras y melodías llenas de soledad.

Natalie Marín lo acompañó en la segunda parte de la velada. La pianista eligió recrear, entre otras, obras de Debussy y Ravel mientras Serge la secundaba desde la guitarra. En principio, quizás, no se percibía con lujo de detalles cómo sería el resultado final de la unión entre ambos lenguajes definidos por sensibilidades y orígenes tan distintos.

Pero a medida que acoplaban sus diversas maneras de entender el arte sonoro, los instrumentistas demostraban que habían realizado una de sus mejores jugadas individuales al embarcarse en un proyecto que rompe fronteras entre el flamenco y la llamada música culta, y ofrece múltiples posibilidades para un diálogo solvente entre ambos géneros.

Esta idea volverá a ser retomada por ambos en un futuro cercano. Ya la habían mostrado con antelación en otros escenarios internacionales donde, según Natalie, despertó el interés del público y la crítica. Y en La Habana no fue la excepción.

 

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