Y echóse a andar Vallejo entre nosotros

MADELEINE SAUTIÉ RODRÍGUEZ
madeleine@granma.cip.cu

Todos los hombres del mundo tenemos un espacio garantizado en la obra de César Vallejo, ese peruano universal que tocó con la fuerza de sus versos las más recónditas fibras humanas para erigirse, por ese esencial legado, como un poeta imprescindible.

Ahora, cuando a 120 años de su nacimiento (marzo de 1892-abril de 1938), sigue intacto su mensaje de esperanzada honestidad, debe acudirse a su encuentro para dialogar con él desde el enigma de esta excepcional poesía, que no por "rara" llega menos, y que tiene en su creador al más grande vanguardista del siglo XX en lengua hispana.

Su infancia en su natal Santiago de Chuco fue pobre, pero bien dotada de entrañables afectos, bendecidos por la presencia materna que abrigó a once hijos entre los que el poeta fue el más pequeño.

Sin embargo, fue la cárcel de Trujillo, donde sufrió arbitrario encierro junto a uno de sus hermanos durante 112 días —suficientes para lacerar el espíritu del autor de Poemas humanos, que tenía entonces 28 años— la que le mostró esa siniestra faz que hallaría después con tanta frecuencia a su paso por el mundo, y contra la que lucharía, fundamentalmente con su palabra y desde el arte, hasta el último de sus días. ¿Las razones del encarcelamiento? El arresto de algunos de los que se hallaban contemplando un conflicto local devenido incendio en el cual nada tuvo que ver el poeta.

En los talleres de la propia penitenciaría, donde nacieran muchas de las piezas que lo conformaron, vio la luz Trilce, el poemario donde la voz vanguardista de nuestra lengua alcanza sus más elevadas resonancias.

Ahí están los desgarradores dramas del poeta: la muerte de su madre, su "muerta inmortal"; un fracaso amoroso; la pérdida de su amigo Abraham Valdelomar y la cárcel despiadada e inmerecida, desmadejados en versos de una irrefutable angustia:

"El libro ha nacido en el mayor vacío. Soy responsable de él. Asumo toda la responsabilidad de su estética. Hoy, y más que nunca quizás, siento gravitar sobre mí, una hasta ahora desconocida obligación sacratísima, de hombre y de artista: ¡la de ser libre!"

Y está ahí también, sólidamente constatada, su misión de poeta, donde la renovación del lenguaje, la ruptura del canon, la estructura distinta convida a la nueva emoción, como las nuevas realidades convocan, según cree, a "despertar nuevos temples nerviosos, profundas perspicacias sentimentales, ampliando videncias y comprensiones y densificando el amor: la inquietud entonces crece y se exaspera y el soplo de la vida se aviva".

Vallejo irá, no en busca de gloria, ni siquiera de mejoras económicas, a París, donde podrá estar libre de absurdas persecuciones. Irá sin saberlo al encuentro de sí mismo pues es el escenario europeo el que será testigo de su maduración política y de su faena como militante que fungirá como el sentido de su vida. Allí conocerá al poeta chileno Vicente Huidobro; al español Juan Larrea, y al pintor español Juan Gris, con quien sostendrá una profunda amistad, y conocerá también a la que será después su esposa, la escritora francesa Georgette Philippart.

Entrar en contacto con los fenómenos sociales y políticos de la época y tomar partido en favor de los humildes fue un acto de vocación para el bardo amante de la justicia. Estudia el marxismo y viaja en varias ocasiones a la Unión Soviética donde se entrevistará con el poeta Vladimir Maiakovski.

Su propia labor de izquierda lo conducirá también a España, en 1930, y conocerá allí al poeta Gerardo Diego, quien prologará con un poema liminar la segunda edición de Trilce. Estando nuevamente en París se ve obligado a partir, pues ha sido definitivamente expulsado por sus actividades revolucionarias y regresa a España para ingresar, a la vez que ve nacer la República española, en su Partido Comunista.

Pero una angustia, mayor incluso que su ya melancólico temperamento, socava su conciencia, le consume las fuerzas y adopta la forma de una permanente interrogante: ¿Cuál es su contribución humana a la vida de los hombres?

La Guerra Civil Española tendrá en Vallejo a un caro colaborador que al lado del pueblo se erige en contra del fascismo. En 1937 asistirá como delegado del Perú al Congreso de Escritores Antifascistas en Madrid. Su voz se escucha en mítines, en artículos que acusan al franquismo, pero sobre todo quedará eternizada en 15 poemas escritos en los últimos meses de 1937 que conforman el libro España, aparta de mí ese cáliz, considerados como la obra artística más cabal que ese episodio de la humanidad pudo inspirar.

En esos versos está en medio de la crudeza virulenta de la guerra, la esperanza, la que infaltable se adhiere a las peores zozobras, la que venció a la muerte en uno de sus más grandes poemas, cuando al ruego común de todos los hombres de la tierra "el cadáver, emocionado, incorporóse lentamente, abrazó al primer hombre" y "echóse a andar".

 

 

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