Bajo el mismo sol

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu  

FOTO: OTMARO RODRÍGUEZComo en el filo de una navaja, sin cortaduras pero sin complacencia, llega a su fin en Cubavisión Bajo el mismo sol, entrega dramática que se ha caracterizado por devolver en sus múltiples espejos las imágenes de algunos de los conflictos sociales, familiares e individuales más complejos de la realidad cubana contemporánea de las dos últimas décadas.

No ha sido esta una realización audiovisual —me temo que es difícil calificarla como la telenovela arquetípica— destinada al mero entretenimiento, aunque determinadas peripecias satisfagan los esquemas comunes al género y a los espectadores les haya sido dada la posibilidad de cruzar los dedos para que las almas buenas encuentren la redención.

Por encima de todo, Bajo el mismo sol exhibió como virtudes la honestidad de sus planteamientos y la consecuencia con que han sido fieles a estos —más la capacidad para sumar a técnicos y actores en el empeño— el guionista Freddy Domínguez (La otra cara de la luna) y los directores Jorge Alonso Padilla (Marx en el Soho) y Ernesto Fiallo.

Para ello renunciaron a una exposición sociologista de los problemas y se atuvieron, casi siempre, a desarrollar la lógica interna de los conflictos. En un abanico temático tan amplio que incluyó desde las dificultades para la reinserción social de las exreclusas hasta el abandono de los hijos, pasando por los prejuicios sexuales y la violencia doméstica, los realizadores prefirieron reflejar dramáticamente las situaciones en lugar de explicarlas.

Es al espectador al que corresponde reflexionar, enjuiciar, valorar, anatematizar, calificar, descalificar, y sacar a flote los ángeles y demonios. Es el espectador el que debe extraer balances de las historias que se cuentan y no dejarse confundir por la pretensión de que una teleserie tiene que resolverlo todo, situar causas, efectos y soluciones.

Ello deberá hacerlo no solo echando a un lado preconceptos convencionales en la apreciación y disfrute de los materiales dramáticos de factura nacional —no son pocos los que exigen una correspondencia unívoca irrestricta entre la realidad social y la realidad artística, ignorando que ambas difieren por naturaleza—, sino también las propias carencias y deslices de la realización, que tienen su origen en la segmentación de la teleserie por imperativos de la producción, en el disímil manejo de los tiempos por parte de los dos directores y en la excesiva verbalización de ciertos conflictos.

Otros colegas se han referido al notable nivel de las actuaciones como pivotes para la credibilidad y fortaleza de las tramas. No abundaré en esto, mas no puedo dejar de mencionar la extraordinaria carga de emociones y convicciones con que Blanca Rosa Blanco, Tamara Castellanos y Daylenis Fuentes armaron sus personajes. Ni de apuntar la paradoja a la que se vio sometido Raúl Pomares: sus soliloquios brillaron aun cuando en el contexto de la narración se hicieron, por momentos, innecesarios. Quien se las vio más difícil fue Julio César Ramírez. Pudo haber asumido un monstruo, pero le salió un ser real; así de talentoso es este actor que en las tablas y en la pantalla está haciendo época.

 

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