Pancho, te devuelvo tu ropa de teatro

AMADO DEL PINO

Las casualidades, las coincidencias, los azares son a menudo de una gran fuerza. Me llega la noticia de la muerte de Vicente Revuelta —maestro esencial de todos los que hacemos teatro en Cuba en los últimos 55 años— y al atardecer de ese mismo día de enero nos hace saltar de alegría que —no puedo dejar de exclamar ¡al fin!— el gran actor, el completo teatrista, el paradigma de artista Pancho García ha recibido el Premio Nacional de Teatro 2012.

Pancho García en un personaje de Final de partida.

Raquel Revuelta, Pancho García y Michaelis Cue en la memorable puesta de Madre Coraje, de Vicente Revuelta.

Buena parte de la carrera de Pancho está unida a esa ejemplar compañía que fue durante décadas el grupo Teatro Estudio, fundado por Vicente, junto a su hermana Raquel, en 1958. Los que hemos tenido el placer de estar muchas veces en casa de este hombre bueno y apasionado, del gran anfitrión que es Pancho García, hemos visto en un lugar preferente de la sala —en la que se habla de todo, pero sobre todo y sin aburrirse, de teatro— la foto de la ya histórica puesta en escena de Madre Coraje y sus hijos, entre los muchos clásicos montajes de Vicente. Junto a Pancho en la foto, Raquel y otra de las imprescindibles, Berta Martínez. De la mano de Berta, Pancho formó parte del elenco de Bodas de sangre, de los grandes momentos de nuestra escena en el siglo XX.

Antes de llegar a Teatro Estudio, García había formado parte del momento mejor del movimiento de artistas aficionados. Por esos días lo dirigió Yony Amán, una figura que merece respeto y más conocimiento de su trayectoria. En la arrancada de su vida profesional estuvo en el equipo de Los juegos santos, un texto y puesta en escena de Pepe Santos Marrero, que marcó época en cuanto a las búsquedas de la década de los sesenta.

La lista de espectáculos que Pancho ha protagonizado, dirigido o escrito es larga y enjundiosa. También bajo la dirección de Berta asumió un Macbeth que la crítica aplaudió y en la legendaria Sala Hubert de Blanck dio pruebas de lo variado y completo de su talento al escribir, dirigir y protagonizar El primo de La Habana, un unipersonal que retoma y amplifica el personaje lorquiano de Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores. De Lorca hablamos mucho a unos pasos de la casa del poeta en Fuente Vaqueros. En la noche en que el virtuoso intérprete asumiría Lorca —entre otros varios personajes— en mi obra Reino dividido, con puesta en escena de Carlos Celdrán. No tengo que extenderme en lo que significó para mí escuchar en su voz, ver poblarse de la preciosa cadena de su gestualidad textos que un día fueron visiones sueltas o signos en la computadora que mi Tania —entrañable amiga de Pancho— me ayuda a domesticar.

Más quiero extenderme en la relevancia del encuentro de Pancho con Celdrán y Argos Teatro. Se trata de los —lamentablemente escasos— encuentros generacionales. Aquí se da la combinación de un teatrista con muchos años de carrera, que no se encierra en el pasado, y uno bastante más joven que mira a la obra de sus maestros. La presencia de Pancho en el repertorio de Argos es más cercana y buena parte de nuestro público la ha disfrutado. En Vida y muerte de Pier Paolo Pasoloni, de Azama; en Stockman, de Ibsen, o en Chamaco, de González Melo, el aporte de Pancho ha resultado esencial dentro de estos formidables espectáculos.

Una deseable y feliz circunstancia de este Premio Nacional de Teatro radica en que Pancho García recibe la máxima distinción de nuestras tablas en un momento de plena labor. Hace poco pudo verse la versión televisiva —a cargo de Consuelo Ramírez, tan cercana a Pancho y su obra— de En el túnel, un pájaro. La puesta en escena teatral (no he podido ver el resultado audiovisual) significó uno de los mejores momentos de García como director. Marca, además, un punto alto en el diálogo creador entre nuestro teatrista y la dramaturga española Paloma Pedrero. En este mismo mes en que recibirá el Premio Nacional está dando funciones del reciente montaje de Aire frío, otra vez dirigido por Celdrán con Argos Teatro.

Procuro ir terminando este recordatorio salpicado de pasión por todos lados. No puede quedarse fuera La legionaria. Ese espectáculo de Pancho en solitario va por cientos de funciones y más de 15 años de vida. ¡Y con cuánto amor encara cada reposición! ¡Qué manera de desplegar respeto por el público, complicidad e inteligencia en cada representación!

Por último, una anécdota que constituye un estreno en saludo a su Premio Nacional. En una de las funciones de la gira española de Reino... Pancho se sintió súbitamente enfermo. Estuvo ingresado unas horas. A escasas tres horas de "abrirse el telón", Celdrán y su tropa buscaban soluciones. Desde su cama Pancho nos mandaba a decir que haría la función pero, por si acaso, se fueron buscando variantes de urgencia para no suspender. Aterrorizado —ya se sabe que he hecho mis cosas de actuación en cine o la tele pero el teatro lo respeto demasiado— me metí dentro de la sotana que Pancho usaba para dar una disertación de su rigor actoral en una escena casi final y decisiva de la obra. José Luis Hidalgo —el actor contraparte y protagonista de Reino¼ — me "dio" pacientemente la letra. Para crecimiento de mi angustia era la escena de toda la obra en la que menos claro tenía yo el texto. Tal vez porque la admiración, el arrobo por la forma en que Pancho resolvió ese cura (el padre Almarcha) no facilitaba que memorizara aquellas palabras que ahora eran más suyas que mías.

Al final, Pancho dio la función con un vigor, una energía y una belleza que no hacían suponer malestar alguno. Lo cuento ahora y es como si le devolviera su vestuario, como acción física; una tarea escénica que me haga más fluido y natural el decirle que seguiré cerca de su vida y su teatro.

 

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