Las elecciones del 2012 en Estados Unidos

Lo que nos dicen Iowa y New Hampshire

Ramón Sánchez-Parodi Montoto (*)

El 3 de enero, el partido republicano de Iowa anunció oficialmente que Mitt Romney había salido victorioso en los caucuses de Iowa, por el estrecho margen de ocho votos sobre su más cercano perseguidor, Rick Santorum (30 015 vs. 30 007).

Cuando echamos una mirada más detallada a estos resultados, vemos que la victoria de Romney no lo coloca como un verdadero triunfador. De los 122 255 votos depositados, Romney obtuvo solamente el 24,6 % mientras que los restantes seis candidatos sumaron en conjunto el 75,1 %; es decir, que Romney alcanzó en Iowa una cuarta parte de los votos depositados por el 19 % de los republicanos registrados y el 5,4 % de todos los residentes con derecho al voto en las elecciones generales. Por tanto, los obtenidos por Romney representan el 1,5 % de los electores de Iowa. Además, Romney ganó solo en 17 de los 99 condados del estado, de ellos cuatro de los cinco más populosos, mientras que Ron Paul triunfó en igual número, pero ninguno entre los de mayor población y, finalmente, Santorum se llevó la victoria en la friolera de 63 condados, pero solo en uno de los más populosos.

Romney logró ser el candidato con mayor número de votos en los comicios internos republicanos de Iowa, producto de su mayor capacidad financiera que le permitió intensificar en las últimas semanas previas al caucus el funcionamiento de su maquinaria de búsqueda de votos, concentrar los esfuerzos en los lugares de mayor población, simultaneándolo con un barrage de propaganda negativa contra quien en aquel momento era el delantero entre los contendientes, Newt Gingrich. Esta combinación le permitió relegar a un decepcionante cuarto lugar a este que era su más peligroso rival antes del caucus.

De todos, Romney pudo demostrar que era menos malo que cualquiera de los otros aspirantes y reforzó sus posiciones entre los líderes tradicionales republicanos y el aparato de su partido. De paso, dejó botada en la cuneta electoral a Michele Bachmann, quien en un tiempo se consideró la figura estelar del Tea Party, pero decidió abandonar la lucha luego del pobre desempeño en su nativo Iowa.

El pasado martes 10 de enero en las primarias de New Hampshire la victoria de Romney careció de la espectacularidad de la del caucus de Iowa, porque Romney mantuvo durante muchos meses la categoría de favorito vencedor en el estado. Aparte, era el único que contaba con los recursos financieros para mantener una activa campaña electoral. Haber ganado estos dos primeros comicios internos republicanos es un resultado no alcanzado por un candidato republicano que no estuviese en ejercicio de la presidencia desde que en el siglo pasado se reestructuraron las elecciones primarias y contribuye a resaltar su aureola como único candidato con posibilidades de presentarle batalla a Obama en las elecciones presidenciales de noviembre próximo.

Sin embargo, en New Hampshire se ha repetido la historia del caucus de Iowa aunque, como era de esperar, en proporciones menores. Romney obtuvo el 39,3 % de los votos (97 532), mientras los cinco rivales restantes alcanzaron el 59,3 %, para un total de 147 328 votos. El triunfador lo hizo en nueve de los diez condados del estado y solo perdió ante Ron Paul el norteño Coos por un margen de 101 votos de 4 733 depositados. En esta ocasión Paul fue su más cercano perseguidor con 56 848 votos (22,9 %), mientras que Rick Santorum fue relegado a un penúltimo lugar con un ínfimo 9,4 % de la votación. A diferencia de Iowa, donde no se adjudican en los caucus delegados a la Convención Nacional, en New Hampshire Romney conquistó siete delegados, que corresponde a menos del 1 % de los 1 144 necesarios para ser proclamado candidato a la presidencia de la república en la Convención Nacional que se celebrará en Tampa, Florida a partir del 27 de agosto próximo. Si Romney logra repetir este desempeño vencedor en las próximas primarias que se celebrarán el 21 de enero en South Carolina, es muy posible que la nómina de aspirantes en pugna se reduzca a dos o tres, y uno de ellos sea Ron Paul, quien ha dicho se mantendrá en la lucha, aunque hasta él mismo asegura que no tiene posibilidades de llegar a ser el candidato republicano a la presidencia.

Lo que nos enseñan los resultados de los dos primeros eventos de la etapa de primarias (o elecciones internas de los partidos) es que el proceso electoral del 2012 está marcado por el signo de la crisis de la sociedad norteamericana y el descontento de las bases tanto republicanas como demócratas por la actuación de los líderes, de los legisladores y de los encargados de las entidades del gobierno federal, incluyendo al Presidente de la República.

Los movimientos de base, como en gran medida lo es el Tea Party, no han mostrado la capacidad para imponer sus candidatos o preferencias a nivel nacional. Tienen el suficiente poder como para entorpecer el proceso de designación de candidatos provenientes de la cúpula tradicional de los partidos republicano y demócrata, pero carecen de la capacidad organizativa, el poder financiero o el "saber hacer" de la política a nivel nacional.

Algo similar sucede con el Ocupa Wall Street. Aunque tiene otra orientación y emplea tácticas diferentes, es reflejo del descontento e insatisfacción de la población con la actuación de la capa política dirigente. Carece igualmente de estructura, organización, programa, capacidad financiera y habilidad para actuar en el terreno de la lucha política pública. Ha enfrentado también, a diferencia del Tea Party, la represión sistemática e incesante de los cuerpos policíacos locales en todo el país.

A su vez, la cúpula dirigente bipartidista no ha mostrado la capacidad de poder valorar las circunstancias por las que atraviesa el país, ni ofrecer soluciones o ideas que respondan a los reclamos de la ciudadanía, pero sí cuenta con el dominio de los diferentes mecanismos de un sistema político que ha sido estructurado para precisamente defender los intereses de los grupos dominantes de la sociedad capitalista norteamericana.

Por eso, a la larga, y pese a que las bases del partido republicano y la propia población de Estados Unidos no se muestran inclinadas en su mayoría a elegir a un político tradicional, los poderes fácticos llegarán a imponer como única opción a quien sea propenso o proclive a mantener el "status quo".

Algo similar sucede en el Partido Demócrata donde por varias razones Obama es ya la única opción que se ofrece a las bases demócratas y al resto de la población. Primero, porque lo indica la tradición electoral norteamericana que ya impone que un presidente en funciones de su primer mandato deberá aspirar a un segundo término. No hacerlo, equivale a reconocer el fracaso de su gestión presidencial. Segundo, porque ningún grupo de poder o político reconocido del partido demócrata ha expresado la pretensión de enfrentar a Obama por la candidatura a la presidencia de la república. Tercero, porque el país se encuentra en una crisis económica, social y política que hace recomendable a los grupos de poder aglutinados en ese partido darles continuidad a las medidas mediante las cuales pretenden poner punto final a la crisis.

Tal como están hoy las cosas, y en dependencia de lo que suceda en las primarias de South Carolina y de Florida, esta última el 31 de enero, al concluir este mes podrá haberse despejado el camino para definir los candidatos presidenciales de cada partido y se ampliarán los tiempos políticos electorales de una campaña que parece abocada a un ritmo lento por la temprana culminación del periodo de elecciones internas entre los dos partidos dominantes en el escenario político norteamericano. Los únicos que se lamentarán son los medios de difusión, los anunciantes y los profesionales que hacen su agosto con la industria electorera de Estados Unidos.

(*) Fue Jefe de la Sección de Intereses de Cuba en Washington (1977-1989) y Viceministro de Relaciones Exteriores.

 

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