El flautista maravilloso

En el centenario del nacimiento de Antonio Arcaño

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu  

Puedo imaginar la sonrisa socarrona de Antonio Arcaño cada vez que escuchaba, ya mayor y retirado de los reflectores, el célebre Oye como va, de Carlos Santana. Debe haber dicho dentro de sí: "Claro, esto es lo mío, yo me anticipé a esa clave, a esa síncopa". Pero tal como debieran ser las cosas de este mundo, el gran guitarrista mexicano nunca ha negado haber recibido benéficas influencias de la música cubana, por una u otra vía. Al contrario, las agradece. Y entre estas se halla en primerísimo lugar la huella de la renovación sonora protagonizada por Arcaño y sus Maravillas.

Al cumplirse este 29 de diciembre el centenario del nacimiento de Arcaño, la cultura cubana le debe un tributo a quien lideró una de las agrupaciones más representativas del entorno sonoro insular, desde finales de los años 30 hasta el inicio de los 50 del siglo pasado.

Del patrón danzonero a la eclosión del mambo y la anunciación de los nuevos aires aportados por el cha cha cha, transitó el flautista y director de orquesta, quien de muy joven se formó bajo la égida del precursor del jazz cubano, Armando Romeu, y de José Antonio Díaz Betancourt, en el aprendizaje del instrumento.

Su crecimiento profesional tuvo un punto de giro en 1935 al asumir la conducción musical de la orquesta Maravilla del Siglo, liderada por el popular cantante Fernando Collazo, de quien se separó dos años después para crear, sobre la base de aquella, su propia agrupación: la Maravilla de Arcaño, o como se le llamó después, Arcaño y sus Maravillas.

La charanga danzonera del maestro comenzó entonces a hacer época. Tremenda formación la de 1937: Jesús López, piano; Elizardo Aroche y Raúl Valdés, violines; Israel (Cachao) López, contrabajo; Ulpiano Díaz, timbal, y Oscar Pelegrín, güiro. Y luego las voces de Miguelito García, René Márquez, René Álvarez, Gerardo Pedroso, Rafael Ortiz, antes que entrara nada menos que Miguelito Cuní.

Después vinieron los tiempos en que la agrupación se llamó radiofónica, por lo de tener la primacía en ese medio a lo largo de los 40, ampliando los atriles de los violines, con la introducción del violonchelo y la inusitada inserción de una tumbadora. Por cierto, el segundo hombre en ocupar esa posición fue nada menos que el jovencísimo Federico Arístides Soto, Tata Güines.

Ya se ha esclarecido cómo en el seno de las Maravillas de Arcaño, hacia 1938, se plantó la primera piedra visible del mambo, que entonces era un danzón renovado o de ritmo nuevo, como se decía. La idea, que flotaba en el aire, la aterrizó Orestes López, hermano de Cachao y recién allegado como cellista a la agrupación, al componer una pieza justamente llamada Mambo.

Pero nunca será suficiente oír una y otra vez esos memorables danzones que Arcaño interpretaba con sus Maravillas. Cuando se le presta oído a lo que uno de sus baluartes en las cuerdas, Antonio Sánchez (Musiquita) hizo con el Concierto no. 1 para piano y orquesta, de Chaikovski, o la tremenda vuelta que le dio Cachao a la Rhapsody in Blue, de Gershwin, se convence uno cada día más de que la famosa intertextualidad de los teóricos postmodernos comenzó en Cuba, en un baile de salón, en la cabeza de hombres que, como Antonio Arcaño, vivían la maravilla de habitar una isla rodeada de músicas por todas partes.

 

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