Ignacio Agramonte y Loynaz

A 170 años del natalicio de quien es considerado el más ilustre hijo del Camagüey, el ejemplo imperecedero de El Mayor sigue inspirando a su pueblo

SHEYLA DELGADO GUERRA

Hace 170 años, el llanto de un niño irrumpió en la casa número 5 de la calle Soledad, en la otrora villa de Santa María del Puerto del Príncipe (hoy Camagüey). Nacía así el pequeño Ignacio, fruto de la unión del abogado de ideas liberales Ignacio Francisco Agramonte con María Filomena Loynaz. Era el 23 de diciembre de 1841.

De su padre, Ignacio heredó la vocación por la Jurisprudencia, la autoridad y la valentía, y de su madre, la firmeza inquebrantable de espíritu. El vivir en una familia acomodada, le permitió disfrutar de los privilegios de su clase. Y lo hizo, pero no en el sentido de los enseñoramientos y los prejuiciosos códigos elitistas que tanto repudiaba, sino en el aprovechamiento del acceso a la cultura y la cultivación del intelecto.

Sus primeros estudios estuvieron a cargo del profesor español Gabriel Román, en Camagüey y asistía, también, a las conferencias didácticas de latín, griego, historia y literatura antigua, impartidas por el italiano Giuseppe Caruta, en los salones de la Sociedad Filarmónica.

Una de las anécdotas más conmovedoras de su niñez ocurrió el 12 de agosto de 1851. Ese día habían sido ejecutados el patriota camagüeyano Joaquín de Agüero y varios de sus compañeros, en las sabanas del poblado Beatriz Méndez.

Agramonte, con apenas nueve años, se hizo acompañar de una criada camino al cementerio. Al llegar, los centinelas del lugar trataron de impedir que se acercara. Uno de ellos le explicó el significado tan valioso de aquella sangre que había sido el precio de luchar por la libertad. Entonces, el niño se apresuró a responderle que esa era, justamente, la razón por la cual él quería estamparla en su pañuelo...

Ese hecho marcaría la vida de aquel niño que, años más tarde, ofrecería también su sangre en los campos de Cuba en aras del mismo ideal libertario.

Entre 1852 y 1855, cursó diversos estudios en Barcelona, España: desde los tres primeros años de Latinidad y Humanidades en el colegio que dirigía Isidoro Prats, hasta el primero de Filosofía Elemental en el encabezado por José Figueras, y el segundo de Filosofía Elemental en la Universidad de esa ciudad ibérica.

A su regreso a Cuba, un año después, matriculó en la carrera de Derecho Civil y Canónico en la entonces Real y Literaria Universidad de La Habana, graduándose de Licenciado el 11 de junio de 1865.

A pesar de su vastísima cultura, no la utilizó nunca en función de los intereses de la encumbrada cúpula de la sociedad principeña, sino, por el contrario, de los más humillados y vilipendiados.

EL ABOGADO QUE SE LANZÓ A LA MANIGUA

Fue precisamente en la etapa universitaria, en medio de la efervescencia de las llamadas juevinas y sabatinas —nombre con que se designaban las reuniones realizadas en esos días— donde afianzó su formación revolucionaria.

En 1868 regresa a su Camagüey natal y allí se integra a la logia masónica Tínima. Y cuando el 10 de octubre de ese año Carlos Manuel de Céspedes inició la lucha independentista en Yara, Agramonte dejó de defender los derechos de los cubanos desde los bufetes para conquistarlos en la manigua. Por eso organizó la caballería del Camagüey para incorporarse a la contienda. Y así fue.

El 4 de noviembre, en Las Clavellinas, se llevó a cabo el alzamiento en armas de ese territorio, pero sin su presencia, pues lo hizo siete días más tarde, en las cercanías del ingenio El Oriente de Luaces, próximo a Sibanicú.

La Reunión del Paradero de Minas, efectuada el 26 de ese propio calendario, probó el material del que estaba conformado. A la propuesta anexionista de Napoleón Arango y de algunos empeñados en cambiar la lucha emancipadora por posibles reformas, respondió sin titubeos: "Acaben de una vez los cabildeos, las torpes dilaciones, las demandas que humillan: Cuba no tiene más camino que conquistar su redención, arrancándosela a España por la fuerza de las armas".

Como dijo Fidel en el centenario de la caída en combate del líder camagüeyano, "ese fue el primer servicio extraordinario prestado por Ignacio Agramonte a la lucha por la independencia".

Apenas transcurridos dos días, tuvo lugar su primera acción de armas: el bautizo de fuego en el combate de Ceja de Bonilla, donde no le dejó otra alternativa que la retirada a las fuerzas del Conde de Valmaseda.

Abril de 1869: a solo diez días de esa fecha, se desarrolla la Asamblea de Guáimaro. Allí las ideas del joven abogado prevalecen y es nombrado —junto a su amigo y condiscípulo Antonio Zambrana— Secretario de la Cámara de Representantes, cargo al que renunciaría poco después —el 26 de abril— al ser nombrado Mayor General del Ejército Libertador y jefe de la División del Camagüey. Y el 3 de mayo de 1869 se estrena como jefe de las tropas con una importante victoria para las huestes mambisas.

EL DEBER Y LA AMISTAD A UNA MISMA VOZ

En más de cien combates se sintió el empuje del hombre que —a juicio de El Generalísimo Máximo Gómez— estaba llamado a ser "el futuro Sucre cubano". La toma del fuerte La Llanada (Sabana Nueva, en las inmediaciones de Puerto Príncipe), los combates de Minas de Juan Rodríguez, Lomas de Imías, La Gloria, El Rosario, La Matilde, así como el ataque a la ciudad cabecera, entre tantas otras acciones militares, dan fe de su valentía, intransigencia y decisión de lucha.

Sin embargo, fue el rescate del brigadier Julio Sanguily —el 8 de octubre de 1871— la que más ha conmovido a generaciones de cubanos. Y no es para menos.

Con solo 35 hombres el Mayor General Ignacio Agramonte, tras conocer la noticia de la captura del patriota mambí, se lanzó a liberarlo de las garras enemigas. Su orden fue clara: "Rescatar vivo o muerto a Sanguily o perecer todos en la demanda". Su osadía, más que la estrategia en sí, dejó perplejos a los peninsulares que no alcanzaban a creer la victoria mambisa.

En la avanzada cubana estaba, además, Henry Reeve, "El Inglesito", quien bautizara a Agramonte como El Mayor.

Inmortal ha sido igualmente la lacónica y contundente contestación de El Bayardo, como también se le conocía, ante la prepotente interrogante de que con qué contaba para continuar la lucha sin armas ni municiones: "¡Con la vergüenza de los cubanos!", afirmó, y con ella como arma siguió la guerra, convertido —como le llamaron los veteranos de la guerra— en "un paladín de la vergüenza".

UN AMOR QUE TRASCENDIÓ

"Tuyo para siempre y aún después". Así le juró en cuatro oportunidades a Amalia Simoni. Por eso, al lado del Ignacio héroe, vive siempre la imagen de la mujer fiel y apasionada, la "Amalia abandonada por la bala, la vergüenza, el amor... " de la que habló Silvio Rodríguez en su canción a El Mayor. Y es que unidos en amor y espíritu como estuvieron en vida, lo están en la historia.

Su amor (del que germinaron dos hijos: Ernesto, nacido en plena manigua, y Herminia, a quien el padre no llegó a conocer jamás), fue puesto a prueba una y otra vez, pero nunca claudicó. Por ello cuando las tropas españolas apresaron a Amalia y a su hijo, y le ofrecieron ponerlos en libertad si ella le pedía a su esposo que renunciara a la lucha, la Simoni aseveró tajante: "General, primero me cortará usted la mano, antes que escribirle a mi esposo que sea traidor".

PORQUE LA PATRIA OS CONTEMPLA ORGULLOSA, MAYOR

Tenía solo 32 años cuando cayó en combate, pero no pudieron impedir que se quedara definitivamente entre nosotros. El 11 de mayo de 1873 un balazo le atravesó la sien derecha, y él, más grande que siempre, cae sin vida.

Su cadáver, llevado al hospital San Juan de Dios, gracias a las réplicas desafiantes del Padre Olallo, fue luego convertido en cenizas por órdenes del gobernador español Ampudia. ¡Tanto le temían los españoles que, aun después de muerto, les "daba susto a los soldados del rey"!

Armado de "mortales ingredientes", como dijo Silvio Rodríguez en su genial canción-homenaje, a la distancia de 170 diciembres, Ignacio Agramonte y Loynaz resucita. "Va cabalgando, sobre una palma escrita", recorre las laberínticas calles de esa ciudad que lo sabe suyo y que, con toda justicia, se siente la "tierra de El Mayor", su Camagüey.

Agramonte tenía de Mayor cuanto de virtud y fuerza. Pues, como dijera nuestro Héroe Nacional José Martí: "Era como si por donde los hombres tienen corazón tuviera él estrella".

El Bayardo fue en su tiempo, y es hoy, la vergüenza y la dignidad con figura humana... "Hombre de hierro" —como lo calificó su ayudante y miembro de la escolta, el capitán Ramón Roa Garí— y de fibra, de pasión y de ternura.

Así vive, y lo hará por los siglos de los siglos, el "diamante con alma de beso".

 

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